Feminismo y salud pública en el lance de Irene Montero

El Gobierno cierra filas con Marlaska y Montero. Moncloa no piensa regalar a la oposición la imagen de un Gobierno roto

Foto: La ministra de Igualdad, Irene Montero. (EFE)
La ministra de Igualdad, Irene Montero. (EFE)

La pillada de la ministra Irene Montero (ETB) decayó ante la de Grande-Marlaska (El Confidencial). Cuando, gracias a un micrófono furtivo, acabábamos de encontrar la prueba audiovisual de que al Gobierno le importó más la pancarta feminista que la vida de los españoles, el escándalo se perdió en la polvareda de una segunda entrega del caso Marlaska.

Que la ministra recelase de los apretones durante la manifestación del 8 de marzo porque ya teníamos encima el virus —"hola, bonita, dame un beso, tía, muac muac, pero, claro, no lo voy a decir, por prudencia, o sea"—, se ha sobrevalorado como prueba irrefutable de que el Gobierno conocía de sobras el riesgo de contagio, pero las motivaciones políticas le llevaron a ocultarlo a la ciudadanía y le impidieron ser más resolutivo en vísperas del estado de alarma decretado cinco días después.

La pillada de Montero es un episodio menor al servicio de un objetivo mayor: tumbar al Gobierno. Pero la desproporción es notoria

Aunque los dirigentes del PP incluso exigen responsabilidades políticas y judiciales, con inmediata comparecencia de Montero en el Congreso, estamos ante un episodio menor de la reyerta política permanente entre los que mandan y los que quieren mandar. Un lance irrelevante al servicio de un objetivo de mayor cuantía: tumbar al Gobierno. La desproporción es evidente. Y no hace falta forzarla frente a un Gobierno tan generoso dando facilidades al adversario.

¿Hasta el punto de exigir la dimisión de Montero? Ah, no. Ni la de Marlaska. Ambos han sido expresamente respaldados en las últimas horas por Moncloa. Sánchez no piensa regalar a la oposición la imagen de un Gobierno roto. Aunque sea un secreto a voces que la postración de Carmen Calvo ha pasado factura en la cohesión de los equipos, que Calviño e Iglesias son incompatibles y se desautorizan mutuamente, que Garzón y Reyes Maroto no se entienden, que Marlaska y Robles no se soportan, que Yolanda Díaz está cada vez más cerca de Sánchez y más lejos de Iglesias, que Marlaska y Escrivá se han enfrentado por temas de inmigración, que Adriana Lastra (portavoz en el Congreso) ha desaparecido… y por ahí.

Es disparatada la sospecha de que el Gobierno jugó con la vida de los españoles a sabiendas, con base en el desahogo de la ministra ante una cámara

Pero, a lo que íbamos: la disparatada sospecha de que el Gobierno jugó con la vida de los españoles a sabiendas, con base en el desahogo de Irene Montero frente a una cámara traidora. Si Sánchez, Illa y Simón pusieron en peligro la salud de los ciudadanos, no lo hicieron a sabiendas, cuando era notoria la división de la opinión pública entre la indolencia de los negacionistas (entre los que yo mismo me encontraba en aquellas fechas, mea culpa) y el apremio de los más conscientes respecto a la gravedad del peligro que se nos venía encima. Los segundos tenían razón, pero entonces no lo sabíamos, Ahora, sí.

El miedo y la desidia estaban repartidos. Por cierto, en el bando de los negacionistas estaba la propia presidenta de la Comunidad de Madrid, Díaz Ayuso, abanderada del PP en el hostigamiento al Gobierno central por su forma de gestionar la crisis sanitaria. Y de esto también hay prueba audiovisual ante un micrófono amigo: “Madrid no se va a cerrar. Y si se cierra no será por orden del Gobierno de la comunidad”. No eran micros o cámaras ocultos. Eso dijo para todos los públicos el 11 de marzo, tres días después de la manifestación feminista y tres días antes de decretarse el estado de alarma.

¿Estamos seguros de que es la salud publica lo que preocupa a quienes reprochan a balón pasado la indolencia del Gobierno por no haber impedido el acto de reafirmación feminista del 8 de marzo?

Uno tiene sus dudas.

Al Grano
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