Covid-19, en retirada: viva el estado de alarma

Hemos salido del túnel o estamos a punto de salir. Los errores del mando único decaen frente a la conquista del objetivo mayor: frenar la cifra de muertos

Foto: Minuto de silencio por el luto nacional. (EFE)
Minuto de silencio por el luto nacional. (EFE)

Pedro Sánchez perdió la oportunidad de adherirse a la doctrina Robles sobre la gestión de la crisis. "Lo hemos logrado y, si se cometieron errores, fueron míos y solo míos", dice la ministra de Defensa respecto a la cooperación de las Fuerzas Armadas en la guerra contra el coronavirus. El presidente del Gobierno, menos generoso en el noble oficio de hacer algo por los demás, prefiere encabezar la explotación del éxito ("Ya podemos decir que lo peor ha pasado") y culpar a otros de los errores cometidos en el empeño. Es lo que hay.

No obstante, con autocrítica o sin ella, nos guste o no la noticia, le venga bien o mal a Moncloa, hemos salido del túnel o estamos a punto de salir. Los fallos del mando único y la reprobada gestión de la crisis decaen frente a la conquista del objetivo mayor: frenar la cifra de muertos. Nadie con independencia de juicio puede negarlo. Ya estamos percibiendo el fin de la pesadilla, si no hay contraataque que nos pille con la guardia baja.

Sánchez perdió la oportunidad de adherirse a la doctrina de Margarita Robles sobre la gestión de la crisis: "Si se cometieron errores, fueron solo míos"

Se abren paso los datos sobre el acorralamiento del virus. Un solo fallecido en las últimas veinticuatro horas. Datos indiscutibles y verificables. No opiniones. A punto de completar los últimos tramos de la desescalada asimétrica con acumulación de buenas noticias tras los 83 días del pesado cautiverio. El covid-19 pierde carga viral —dicen los expertos—, el esfuerzo se desvía hacia la recuperación económica, sube el número de afiliados a la Seguridad Social, se dispara la bolsa, los españoles recuperan progresivamente la movilidad y nadie puede negar que el estado de alarma ha salvado vidas.

Pero sigue alzada la barricada política, aunque a uno y otro lado se reconoce el fin de la pesadilla sanitaria. A pesar del Gobierno, según el bando de los que quieren tumbarlo. Gracias al Gobierno, según quienes quieren que dure tres años más y, como Pedro Sánchez, defienden su relato apelando a que si algunas cosas salieron mal fue por culpa de quienes, como el PP, "hicieron de la bronca su seña de identidad" y "nunca quisieron arrimar el hombro". Aún ayer claveteaba ese mensaje la ministra portavoz, María Jesús Montero.

El virus pierde carga viral, el esfuerzo se centra en la economía, suben los afiliados a la S.S., se dispara la bolsa, los españoles recuperan la movilidad…

Es la eterna lucha por el poder que, en este caso, pedía a gritos una tregua para unirse ante el desafío de un insidioso enemigo común. Fue imposible porque el titular del poder, el más obligado a tomar la iniciativa, nunca tuvo ni tiene la intención real de consensuar una remada conjunta con el principal partido de la oposición. Lo que quiere es confinarle en la ultraderecha. Los llamamientos de Sánchez a la "concordia" siempre fueron retóricos, porque pretendían el alistamiento del PP a los planes de Moncloa, no la unidad de acción concertada.

De ahí que las sucesivas renovaciones del estado de alarma instalaran en los plenos del Congreso "un clima cada vez más irrespirable", como denunció Iñigo Errejón (Más País) en el del miércoles pasado (sexta y última prórroga). Porque tan bárbaro es culpar al Gobierno de los miles de muertos del coronavirus, según Pablo Casado, como acusar al PP de "querer socavar la democracia", última pedrada de Pedro Sánchez, en su cruce del miércoles con Casado.

Y lo malo es su inexorable reflejo en una población civil que ha descubierto las redes sociales como vertedero de toda clase de basura verbal.

Al Grano
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