Ganar, ganar y volver a ganar

Las mentes que piensan para Sánchez han mostrado una formidable capacidad para 'meter pierna larga' a los adversarios, evitar los amagos del contrario y ganar batallas políticas

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y su vicepresidente, Pablo Iglesias, en el Congreso de los Diputados. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y su vicepresidente, Pablo Iglesias, en el Congreso de los Diputados. (EFE)
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Cuenta la cultura popular que más sabe el perro por viejo que por perro. Eso, la experiencia, es lo que cautivaba de Luis Aragonés a los jugadores que habían servido a sus órdenes, ya fuera en los equipos a los que entrenó o en la selección nacional. Sus frases son legendarias, y sirven igual para el fútbol, que para la vida o la política. “Hay que meter la pierna larga”: dícese de estirar bien la extremidad, casi más lejos de lo que físicamente puede alcanzar, para robar el balón al rival. “Yo aquí no me trago un amago”: dícese de evitar que te regateen (o engañen). Y la más conocida: “el fútbol es ganar, ganar, ganar, ganar y volver a ganar”.

Las mentes que piensan para el presidente del Gobierno han mostrado en estos años una formidable capacidad para 'meter pierna larga' a los adversarios, evitar los amagos del contrario, y ganar, ganar y volver a ganar batallas políticas. Quien haya tenido la posibilidad de conocer en primera persona las tácticas que se manejan en los despachos del poder, habrá escuchado de boca de sus creadores la expresión inglesa 'win-win' ('ganar-ganar'). En realidad, esta no es una conducta inventada para la política sino para los negocios, y consiste en realizar una transacción cuyo resultado sea que ambas partes salgan ganando con el acuerdo.

Se prevé un gasto público que alcanzará la no despreciable suma de 200 mil millones de euros, de la que, obviamente, algún día habrá que dar cuenta

Pero cuando el 'win-win' se ha trasladado a la política, quienes lo ejecutan han optado prioritariamente por utilizarlo en el sentido al que se refería Luis Aragonés: ganar, ganar y volver a ganar. Por supuesto, en ningún caso se ha aplicado con la intención de alcanzar pactos que beneficien a todas las partes sino que, ocurra lo que ocurra, siempre gana el mismo.

Llegados al décimo mes de legislatura, Pedro Sánchez gestiona un desastre sanitario con decenas de miles de muertos y centenares de miles de enfermos, al tiempo que una catástrofe económica con varios millones de parados e innumerables negocios destruidos. Sin embargo, enfila un futuro político en el que no aparecen sombras amenazadoras para su poder. Hasta ahora, ha conseguido establecer en el imaginario de los entusiastas del gobierno PSOE-Podemos que la responsabilidad principal de que España haya liderado los datos de la pandemia en el mundo es de la Comunidad de Madrid. Y la culpa de que tengamos los peores datos económicos de toda Europa es de la pandemia, no de la gestión política que el Gobierno ha hecho de ella. Por tanto, según esta tesis, el Gobierno Sánchez-Iglesias hace todo lo que puede, da todo lo que tiene y no podría haberlo hecho mejor.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto a los vicepresidentes Carmen Calvo y Pablo Iglesias. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto a los vicepresidentes Carmen Calvo y Pablo Iglesias. (EFE)

Ahora, Moncloa espera con impaciencia la llegada de los fondos europeos. Se prevé un gasto público que alcanzará la no despreciable suma de 200 mil millones de euros, que pretende relanzar nuestra economía y de la que, obviamente, algún día habrá que dar cuenta. Este es el supuesto 'win-win' económico aunque, como bien recuerdan siempre los economistas, nada es gratis.

En el ámbito político, Sánchez ha sabido mantener atenazados a sus adversarios. El PP apenas levanta la cabeza episódicamente en batallas insustanciales, para tener que bajarla de nuevo ante la dura certeza de su debilidad. Hacer oposición nunca ha sido fácil.

Pero, aún más importante para el presidente: Sánchez tiene a Podemos y a su líder Pablo Iglesias ocupados en acometidas contra los jueces. Es una realidad que estamos ante la primera y, desde luego, la más intensa presión que la Justicia haya tenido que sufrir desde el Gobierno de la nación. Un vicepresidente dice, anclado en las alturas de su responsabilidad como miembro del Poder Ejecutivo, que es “inconcebible” que el Tribunal Supremo, el Poder Judicial, investigue si ha podido cometer algún delito. Y el presidente del Gobierno asegura que Iglesias cuenta con “todo mi apoyo”. Sin duda que será así. Porque nada interesa más a Sánchez que una situación como la actual: que el líder de Podemos esté en el Gobierno, pero maniatado.

Se cumple esa máxima del presidente americano Lyndon B. Johnson (también atribuida a su secretario de Defensa, Robert McNamara) de que es mejor tener al enemigo dentro meando hacia fuera, que fuera meando hacia dentro. Pablo Iglesias ya ha elevado el tono de sus declaraciones para amedrentar a los jueces, y sus colaboradores más estrechos lanzan invectivas campanudas contra la extrema derecha que nos invade por tierra, mar y aire, así en lo político, como en lo económico, en lo mediático y en lo judicial. Se entretienen.

Pero mientras el líder de Podemos se enreda en ese laberinto, Sánchez tratará de sacar adelante sus presupuestos para así asegurarse lo mucho que todavía puede quedar de legislatura. Porque, incluso si las cosas le fueran tan mal a Iglesias como para verse obligado a dimitir improbable o para ser destituido y que Podemos rompiera la coalición —igual de improbable—, el presidente se podría dar el gusto de volver a gobernar en solitario hasta el final de este mandato porque seguiría sin haber, como no hay ahora, una mayoría alternativa real que pudiera reunirse en una moción de censura. 'Win-win'.

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