Los sucesos inesperados del Gobierno
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Vicente Vallés

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Los sucesos inesperados del Gobierno

PSOE y Podemos se ven a la vez como socios de gobierno y como rivales electorales, y ahora intentan —sin esfuerzo y con éxito rotundo— que sepamos que no se soportan

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i), conversa con la vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz (d). (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i), conversa con la vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz (d). (EFE)
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A principios de octubre, en la desesperada búsqueda de su ‘yo’ político en la que está enfrascada y abstraída Yolanda Díaz, la vicepresidenta segunda lanzó una ofensiva ante el gobierno europeo para conseguir lo que el gobierno español al que pertenece no le concede: la equiparación con la vicepresidenta primera, Nadia Calviño. Asistía Díaz en Luxemburgo a la reunión del consejo de ministros de Empleo de la Unión (conocido como EPSCO), y ante sus homólogos comunitarios planteó que "el EPSCO se coloque en pie de igualdad con el ECOFIN (que reúne a los ministros de economía y finanzas, entre ellos Calviño), es decir, que equilibremos". Nadie hizo caso a esa voluntad de equilibrar el poder de la vicepresidenta segunda con el de la vicepresidenta primera, porque no suele estar bien visto en Bruselas utilizar —abusar de— las instituciones europeas en la forja de carreras políticas personales. Y en España, la intentona apenas mereció medio titular en los medios. Fue una prédica en territorio desértico. Ahora, casi un mes después, la ofensiva de Yolanda Díaz para ampliar su jurisdicción alcanza la plenitud con las acometidas por la reforma laboral.

En los dos primeros años de legislatura, PSOE y Podemos han intentado que pareciera que colaboraban. Pero, con la salida del anterior líder de Podemos, el creciente protagonismo de Yolanda Díaz, y casi llegados al ecuador de la legislatura, PSOE y Podemos se ven a la vez como socios de gobierno y como rivales electorales, y ahora intentan –sin esfuerzo y con éxito rotundo— que sepamos que no se soportan. Y, además, la propia Díaz tiene que construir su liderazgo peronista en la izquierda populista, pretendiendo que Podemos se diluya gustosamente y de mil amores en favor de una candidata que ni siquiera es militante del partido. Arenas movedizas.

Tampoco hay nada que provoque más debate sobre un adelanto electoral que escuchar al presidente negarlo con determinación

Nada, tampoco los bríos de Yolanda Díaz, hace presagiar que estemos cerca de un adelanto de las elecciones generales y, como consecuencia, esta campaña intensiva de autopromoción se le puede hacer tan larga a la vicepresidenta segunda, que corre el riesgo de llegar desfondada al día en que nos citen con las urnas. Pero tampoco hay nada que provoque más debate sobre un adelanto electoral que escuchar al presidente negarlo con determinación, como ha hecho esta semana en presencia de su homólogo portugués, António Costa, al que le acaban de tumbar los presupuestos sus socios de extrema izquierda, equivalentes a los que sostienen a Pedro Sánchez en Moncloa.

En diciembre de 2015, Sánchez perdió sus primeras elecciones como candidato socialista. Llevó al PSOE a un suelo histórico de 90 diputados (en junio de 2016 lo bajó a 85). Pero Sánchez había visto que, apenas unos días antes, el socialista Costa había alcanzado el poder en Portugal después de perder sus elecciones y gracias a un acuerdo inédito con las fuerzas a su izquierda. Si tal cosa era posible en el parlamento de Lisboa, ¿por qué no podía ocurrir en el de Madrid? Sánchez —ágil y temerario, como acostumbra— se presentó en la capital portuguesa para hacerse una foto con Costa y demostrar a sus compañeros del PSOE que "sí se puede", aunque el Comité Federal —que en aquel momento ejercía de contrapeso al secretario general— le había prohibido expresamente negociar con Podemos mientras mantuviera su propuesta de autodeterminación de Cataluña —propuesta a la que nunca ha renunciado y, a pesar de la cual, comparte gobierno con los socialistas—. En aquel momento, la voluntad de Sánchez no prosperó. Pero sí alcanzó ese objetivo en 2018, cuando le aupó al poder una mayoría de izquierda, extrema izquierda, nacionalistas e independentistas.

Incluso Lincoln llegó a reconocer: "no he podido controlar los sucesos inesperados; los sucesos inesperados me han controlado a mí"

Ahora, con Portugal en riesgo de ir a elecciones, los más ansiosos quieren pensar que si António Costa mostró el futuro a Pedro Sánchez en 2015, quizá también se lo esté mostrando en 2021. Pero Sánchez quiere ser presidente cuando en junio de 2022 se celebre la cumbre de la OTAN en Madrid, y quiere seguir siéndolo en el segundo semestre de 2023, cuando le corresponda por turno ostentar la presidencia de la Unión Europea. Sería, precisamente, en medio de esa presidencia de la UE cuando Sánchez convocaría elecciones, siempre que su plan se sostenga con éxito en el tiempo.

Moncloa no quiere que esas fotos dependan de unos socios extremistas imprevisibles, ni de que el FMI y otras instituciones propaguen augurios pesimistas sobre nuestra economía, ni de que los precios se disparen hasta el 5,5% para sufrimiento de las clases populares, ni de que eso provoque a su vez un descuadre de las cuentas públicas por el gasto suplementario en las pensiones y en el sueldo de los funcionarios, ni de los crecientes temores sobre un posible desabastecimiento.

Pero, incluso Abraham Lincoln llegó a reconocer que "no he podido controlar los sucesos inesperados; los sucesos inesperados me han controlado a mí".

A principios de octubre, en la desesperada búsqueda de su ‘yo’ político en la que está enfrascada y abstraída Yolanda Díaz, la vicepresidenta segunda lanzó una ofensiva ante el gobierno europeo para conseguir lo que el gobierno español al que pertenece no le concede: la equiparación con la vicepresidenta primera, Nadia Calviño. Asistía Díaz en Luxemburgo a la reunión del consejo de ministros de Empleo de la Unión (conocido como EPSCO), y ante sus homólogos comunitarios planteó que "el EPSCO se coloque en pie de igualdad con el ECOFIN (que reúne a los ministros de economía y finanzas, entre ellos Calviño), es decir, que equilibremos". Nadie hizo caso a esa voluntad de equilibrar el poder de la vicepresidenta segunda con el de la vicepresidenta primera, porque no suele estar bien visto en Bruselas utilizar —abusar de— las instituciones europeas en la forja de carreras políticas personales. Y en España, la intentona apenas mereció medio titular en los medios. Fue una prédica en territorio desértico. Ahora, casi un mes después, la ofensiva de Yolanda Díaz para ampliar su jurisdicción alcanza la plenitud con las acometidas por la reforma laboral.

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