El cambio en Cataluña no se producirá solo

El cambio en Cataluña exige trabajo político urgente de cuantos lo desean. Cuando llegue, si llega, no será un amanecer entre cantos de respeto a la convivencia y a la legalidad

Foto: El presidente de la Generalitat Quim Torra. (EFE)
El presidente de la Generalitat Quim Torra. (EFE)

Hace unos días compareció Macron en Biarritz para dar cuenta de las conversaciones entre los asistentes al G-7. Hablaba como si estuviera en un 'off the record', y en ese tono de cierta complicidad compartida una periodista le preguntó por Trump, con notable desprecio hacia el invitado americano. El anfitrión del G-7 no hizo lo que era más fácil en ese momento, que hubiera sido seguirle la corriente a su interlocutora. Sin perder su educada sonrisa, la cortó: "El señor Trump es el presidente de los Estados Unidos". Es un recordatorio similar al que se impone ya en Bruselas cuando aparece el nuevo histrión nacionalista instalado en Downing Street.

En Barcelona tenemos también un gobernante que provoca bochorno. Un hombre tan gris como irresponsable, sectario y populista, con muchos puntos personales en común con aquello que resulta más vergonzoso y lamentable en líderes como Trump o BoJo, aunque Torra no tenga el pelo teñido de naranja o melena amarilla. Un gobernante que, según él mismo reconoce abiertamente, se encuentra cómodo actuando básicamente como títere, como marioneta en el sentido casi literal del término: esto es, como "muñeco movido por otros mediante hilos u otro mecanismo". Un gobernante que no ha logrado ni una sola mejora social desde que llegó a su despacho, que se dedica sistemáticamente a despreciar en su discurso y en su acción de gobierno (si sus pasatiempos cotidianos merecen esa digna calificación) a más de la mitad de los ciudadanos a los que debería servir; un falso profeta que sigue moviéndose entre fantasías oníricas que un día le llevan a compararse con Ghandi y otro a presentar al pueblo una imagen de Cataluña como un Hong Kong oprimido junto al Mediterráneo. Todo esto mientras lanza soflamas de resistencia a la Ley o al Estado que le mantiene en el poder.

El cambio en Cataluña no se producirá solo

Sin embargo, y desgraciadamente, esas y otras muchas sandeces, combinadas con los gestos y discursos que llegan del otro telepredicador desesperado afincado en Waterloo, no se pueden tratar solo como vergonzosas salidas de tono de un triste personaje televisivo. Hoy me parece importante recordar una obviedad: aunque haga todo lo posible por cargarse la reputación de su cargo y de la institución entera, Quim Torra i Plà es el Muy Honorable Presidente de la Generalitat de Cataluña. Está al frente de un Gobierno con influencia directa sobre las vidas personales de 7.600.267 ciudadanos (a 1 de enero de este año según el Idescat), de los que 1.498.196 son pensionistas, y 300.662 están en período escolar; sobre un territorio de 32.108 km² con un PIB de 61.605 millones de euros (superior al de varios Estados de la Unión Europea). Y está ahí con el apoyo de millones de personas a través de la representación parlamentaria, donde cuenta con una exigua pero cierta mayoría

Otro día hablaremos de cómo es posible que millones de catalanes todavía sigan crédulamente a este vendedor de falso crecepelo o continúen comprando con fervor religioso un pase que les dé acceso al cielo de su república de ensueño. El porqué de esa persistente realidad electoral y demoscópica —que ofrece soluciones falsas y simplonas a problemas en parte muy serios y reales; y manipula sentimientos muy nobles y emociones muy legítimas— merece reflexiones serias de las que quizá no saldrán bien parados líderes, partidos e instituciones de fuera de Cataluña. Pero dejemos hoy los 'porqués': esos votos están ahí. Son reales y democráticos. Como es real y democrático el apoyo a Trump. Como es real el 27,5% de la extrema derecha de hace unos días en Brandemburgo. Como será real —ojalá me equivoque en esta— el buen resultado de Boris Johnson en las próximas elecciones británicas.

Para salir de esta fase de degradación profunda y progresiva de la vida política catalana existe un único remedio: hacer política y ganar elecciones

Por eso, para salir de esta fase de degradación profunda y progresiva de la vida política catalana, y con ella de la de España en su conjunto, existe un único remedio posible en democracia: hacer política y ganar elecciones. Sí, hay que echarle del poder. A él y a los suyos. Cuanto antes. Por el bien de todos. También de aquellos que les mantienen, a quienes llevan años mintiendo y engañando, gente por quien siento una compasión y respeto similares a lo que sentía por las víctimas del Fórum Filatélico o por los compradores de preferentes de Bankia. La culpa no es de ellos.

Pero hay que echarles en las urnas. No queda otra. No hay atajos, ni judiciales ni de ninguna otra clase. No sirven discursos graciosos desde tal o cual tribuna; no bastan gestos de dignidad rechazando acudir a tal evento organizado por los sectarios, como será el caso en la próxima Diada. No bastan lamentos estériles acompañados de gestos de repugnancia ante cada discurso desleal, ante cada 'tuit' llamando a la desobediencia a las leyes, o cada nuevo insulto a la inteligencia de la portavoz gubernamental. Y, por supuesto, no basta con mirar hacia otro lado con hastío y resignación, como quien se resigna a una enfermedad incurable o espera sentado a que los dioses envíen lluvias ante la sequía.

El cambio en Cataluña exige trabajo político urgente de cuantos lo desean. Cuando llegue, si llega, no será un amanecer entre cantos de respeto a la convivencia y a la legalidad. Tampoco necesitará que nadie renuncie a Satanás y a sus obras en un pseudobautismo constitucional. Será el resultado de la movilización del voto de algunos y del cambio (convencido o resignado y pragmático) de otros. De miles, no de millones. No llegará por el éxito electoral de un único partido, aunque alguien deberá liderarlo. Y solo será posible tras pactos difíciles y renuncias generosas entre sensibilidades y ofertas electorales distintas. Quizá también alguna oferta nueva si es capaz de crear una oferta respetable sin personalismos vergonzantes y de ofrecer ilusión y esperanza a una parte del electorado que hoy no tiene referentes.

Cataluña merece otros gobernantes. Es urgente trabajar por esa colaboración fundamental que permita el cambio. Yo no me quiero resignar.

Atando cabos
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