Cataluña no es binaria

Somos millones los que nos negamos a que los catalanes estén condenados a escoger entre estar contra España, o estar contra Cataluña

Foto: El presidente de la Generalitat, Quim Torra. (EFE)
El presidente de la Generalitat, Quim Torra. (EFE)
Adelantado en

Sueño en que llegará un día en el que se pueda mantener una conversación política sensata sobre Cataluña basada en la realidad.

Para el independentismo, el principio de realidad exige admitir la realidad jurídica, en la que no caben Consejos para la República, ni Asambleas de electos, ni inventos similares propios de adolescentes con ganas de jugar a las cosas de los mayores. O reconocer que no hay en Cataluña un único "pueblo" que comparta sus objetivos de ruptura, sino una sociedad profundamente dividida.

Entender que en las 29 convocatorias electorales en las que los catalanes hemos sido llamados a votar a lo largo de los últimos 43 años, los partidos con propuestas de ruptura no han obtenido jamás la representación mayoritaria. Entender que gobiernan solo porque, al igual que en otras democracias y en aras del equilibrio entre territorios, en Cataluña aceptamos que se pusiera en cuarentena el principio de "una persona, un voto". Así, en las elecciones al Parlament, los votantes de la provincia de Barcelona, que suman nada menos que el 74% de la población, saben que su papeleta es, por decirlo así, más pequeña, de menor valor que la que introducen en Girona o Lleida. Lo hemos aceptado, al menos hasta ahora. Pero no lo deberían ignorar.

En Cataluña, a lo largo de los últimos 43 años, los partidos con propuestas de ruptura no han obtenido jamás la representación mayoritaria

Los independentistas, con la ayuda inestimable de TV3, se esfuerzan en presentar a todo el que rechace a su imaginaria República no solo como traidor, sino como cómplice y defensor de una cierta España que solo busca oprimir y que trata a Cataluña como una colonia. Les resulta muy cómodo jugar con esa imagen binaria, para la que han importado frívolamente la terminología del conflicto irlandés. Ellos son "republicanos", los demás somos "unionistas". Ellos son patriotas, quieren lo mejor para Cataluña. Los demás somos traidores, colaboradores de intereses y postulados que no pueden ser buenos para Cataluña ni respetar su identidad política ni cultural. O estás con la República o estás con España y contra Cataluña. No hay espacio para más.

Pero es muy triste comprobar que esa llamada a regresar al principio de realidad debe dirigirse no solo a los independentistas. Ignorando tanto la historia como la demoscopia y esos mismos resultados electorales de las últimas décadas, significados representantes del PP y de Ciudadanos actúan de forma simétrica, cuando según ellos solo cabría una forma legítima y patriótica de ser catalán.

Los independentistas se esfuerzan en presentar a todo el que rechace a su imaginaria República como defensor de una España que solo busca oprimir

Algunos se comportan como si la verdadera alternativa a las banderas esteladas, a los lacitos y a todo lo que huela a 'procés' fuera un regreso al pasado. Cada vez más voces empezando por la propia Portavoz y candidata popular, sostienen sin pudor que todo lo que se ha hecho y construido desde la Generalitat y desde el catalanismo político en los últimos 40 años (especialmente en materia de lengua, o en la escuela, pero también en las instituciones) no sería más que el prolegómeno de la enfermedad que hoy ha llegado a metástasis.

El líder catalán Quim Torra hace un gesto mientras se reúne con los alcaldes de la región de Cataluña. (EFE)
El líder catalán Quim Torra hace un gesto mientras se reúne con los alcaldes de la región de Cataluña. (EFE)

Se equivocan. Y se auto engañan. Porque resulta absurdo pensar que todos o gran parte de quienes rechazan —rechazamos— romper con España y construir un nuevo Estado nos hemos reconvertido de golpe en admiradores ciegos de Don Pelayo. Están lejos de la realidad si pretenden que quienes rechazamos la quimera republicana hagamos una especie 'de mea' culpa por no haber sido fieles aznarianos en el pasado. Se engañan si creen que al distanciarnos de la CUP, de ERC y de la vergüenza que nos provocan los delirios de Torra o Puigdemont vamos a renegar del esfuerzo y la lucha centenaria de tantos catalanes que nos precedieron para alcanzar un profundo reconocimiento y respeto no solo cultural, sino también político a la identidad colectiva catalana dentro de España.

Somos millones los que nos negamos a que los catalanes estén condenados a escoger entre una opción binaria: o estás contra España, o debes estar contra la Cataluña políticamente fuerte que se empezó a recuperar con la llegada de la democracia, y resignarte a dejar las cosas como están.

No entienden que hay millones de personas en Cataluña que —aunque quieren (o simplemente aceptan, que ya es suficiente) seguir siendo españoles—, no están dispuestos a que eso suponga dar ni solo un paso atrás en su voluntad, también política, de ser reconocidos como catalanes, en tantísimos aspectos que no afectan para nada a la igualdad entre españoles. Al actuar así, tanto el PP como Cs empequeñecen la Constitución, presentándola como un marco en el que solo quedaría espacio para ellos y para su modelo unitario y uniforme de país.

Porque una cosa es rechazar la ruptura con España y otra muy distinta aceptar o dar por bueno el actual 'statu quo' de nuestro modelo territorial o de cómo se distribuye y ejerce el poder o cómo se reparten los recursos en nuestro país. Una cosa es exigir pleno respeto al uso del castellano en Cataluña, o incluso entender que su enseñanza debería reforzarse en algunas escuelas, y otra poner en cuestión la inmersión lingüística que el propio Tribunal Constitucional ha admitido que encaja sin problema en el marco de la Carta Magna. Esta lista podría ser muy larga. Y les guste o no (principio de realidad), el apoyo político que estas afirmaciones reciben entre catalanes es mayoritario desde hace décadas.

Quienes somos de verdad demócratas defendemos también el derecho a defender un modelo jacobino. O incluso a ser nacionalista español en Cataluña. Faltaría más. Pero quienes apuestan por esa línea han de saber que están causando el mismo daño a España que el inquilino de Waterloo si presentan sus postulados como la única alternativa constitucional para un catalán no independentista. Y solo cuando lo entiendan será posible empezar a trabajar juntos y en serio entre todos los que deseamos poder levantar un proyecto de país que pueda seguir siendo atractivo para los millones de catalanes que no lo quieren romper.

Atando cabos
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