Discursos reales y silencios clamorosos

Es también fundamental que como Jefe del Estado no pierda de vista una visión igualmente "realista y completa" de cómo y hacia dónde va o puede ir España

Foto: Fotograma del discurso del rey Felipe VI. (RTVE)
Fotograma del discurso del rey Felipe VI. (RTVE)
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Quienes hemos disfrutado con las sucesivas temporadas de 'The Crown' hemos visto bien representadas las dificultades que plantea construir los discursos reales y darles el tono y forma que correspondan a la audiencia específica y a cada momento histórico. En uno de esos capítulos memorables se narra lo ocurrido cuando en 1957 la Reina, joven, inexperta y mal aconsejada, ha pronunciado un pésimo discurso ante los trabajadores de una fábrica de automóviles en el corazón industrial del país. Sus palabras han sonado arrogantes, frías, sin la mínima empatía hacia las dificultades de esos trabajadores y sin haber entendido nada del entorno social que les rodea. Aquél habría sido un discurso más si no hubiera provocado la sana indignación de un político y periodista que, aun formando plenamente parte del “sistema”, tuvo el coraje de criticar a Su Majestad con dureza en prensa y en televisión. Y lo hizo no para dañarla, sino porque temía que sin un cambio de rumbo en su comunicación e imagen era la institución misma lo que estaba en peligro. Décadas después nadie discute que los consejos del Barón Altrincham, que fueron progresivamente aplicados por la Reina y sus equipos, contribuyeron a salvar la Corona ante fortísimas pulsiones republicanas.

Quizá debería proclamar ahora que todo parecido de aquella situación con la España que arranca 2020 es pura coincidencia, usando esa cláusula que protege a directores y productores de pleitos y conflictos. Porque efectivamente ni nuestra Monarquía es aquélla, ni nuestra sociedad es la que allí se retrata. Nuestra sociedad está hoy muchísimo más tensionada y rota de lo que nunca conoció el Reino Unido (al menos hasta el Brexit); y en España el Jefe del Estado está sometido a un nivel de crítica, también por parte de representantes democráticos, que no tiene parangón en ningún sistema político comparable.

Discursos reales y silencios clamorosos

El discurso navideño de Felipe VI ha generado una combinación de reacciones políticas digna de análisis. Desde el independentismo han afilado sus lenguas para intentar presentar al monarca como representante inútil de la derecha más extrema, de nuevo sin mantener siquiera el mínimo respeto o cortesía institucional. Ya se ha destacado, y comparto esa crítica, el lamentable silencio del Gobierno ante semejantes ataques hacia quien no tiene capacidad alguna de auto defenderse. Al tiempo, y para sorpresa de muchos, hemos escuchado a voces de la izquierda más crítica con la monarquía que se esforzaban en destacar las frases más sociales y de tonos reformistas del mensaje real.

A mí me gustó mucho lo de “no debemos caer en … una autocomplacencia que silencie nuestras carencias y errores”. Y estoy convencido de que el Rey comparte que ese importante consejo (que en su discurso se acompaña de una llamada a huir de toda “autocrítica destructiva”) debe aplicarse no solo a España en su conjunto como sociedad; también a las instituciones del Estado… incluyendo sin duda a la propia Casa Real. Y en particular, a su forma de aproximarse a la muy combustible realidad política de nuestro país.

Pero resulta que nuestro problema colectivo no es solo cuestión de una banda de políticos felones

No, no estamos en tiempos que permitan autocomplacencia de ninguna clase. Y por eso ha de resultar posible combinar el máximo respeto con la crítica constructiva. Y resaltar lo que algunos -personas que nos encuadramos plenamente dentro de lo que se ha llamado lealtad constitucional- creemos que son errores serios de la Corona en su forma de dirigirse colectivamente a los ciudadanos. Errores de omisión. Errores que están no en lo que dicen discursos y gestos reales, sino en lo que callan. En lo que no dicen. En lo que no expresan. Y como sabemos todos, en la comunicación política es tan relevante lo que se dice como lo que se ha decidido silenciar o – y quizá sería todavía peor- lo que no se menciona porque no se percibe como importante… pero lo es.

En su famoso y trascendente discurso del 3 de octubre del 2017, y en otras ocasiones después, el Rey supo dirigirse con firmeza a quienes se sintieron amenazados en sus derechos como españoles. Como dijo Javier Cercas, “nos dijo a quiénes nos hallábamos del lado de la legalidad democrática que no estábamos solos”. Y lo que dijo estuvo muy bien. Pero lo que no dijo estuvo mal.

Comparto la crítica del lamentable silencio del Gobierno ante semejantes ataques hacia quien no tiene capacidad alguna de auto defenderse

Porque resulta que nuestro problema colectivo no es solo cuestión de una banda de políticos felones. Resulta que hay en España varios millones de personas que no solo no reconocen la legitimidad del actual Jefe del Estado: son millones que proclaman a voces, también por vías limpiamente democráticas, que quieren dejar de ser españoles. Y a ellos, el Rey, ¿qué les dice? ¿Puede de verdad actuar el Rey como si esos trabajadores, estudiantes y profesores, amas de casa, policías, profesionales urbanos o campesinos, intelectuales o funcionarios, no existieran? Yo pienso que no. Que no debe. Y no puede. Que es esencial y urgente que el Rey incluya explícitamente en su comunicación a la realidad social española toda entera, tal como es, y deje de dirigirse solo a la parte más afín o a las zonas más confortables. Con sutileza, con generosidad, con diplomacia, buscando la empatía, con las formas específicas de gesto y lenguaje de que dispone la Corona. Sin buscar enfrentamiento alguno. Pero distinguiendo entre políticos irresponsables a los que la Corona puede aplicar la crítica o el silencio; y millones de ciudadanos desencantados o cabreados a quienes no puede ignorar.

Destacaba Felipe VI en Nochebuena la importancia de tener presente una “visión lo más realista y completa de cómo y hacia dónde va el mundo”. Y llevaba toda la razón. Pero es también fundamental que como Jefe del Estado no pierda de vista una visión igualmente “realista y completa” de cómo y hacia dónde va o puede ir España. Es obvio que no le corresponde a él solo rectificar nuestro peligroso rumbo colectivo. Pero va a ser más difícil o imposible hacerlo sin la implicación consciente de quien “arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones”.

Atando cabos
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