El Brexit nos cambia a todos

No creo que veamos ningún otro "exit" en muchos años. Pero lo impensable, lo que parecía en realidad imposible, se ha materializado ante nuestros ojos

Foto: Reino Unido se prepara para la salida de la Unión Europea. (EFE)
Reino Unido se prepara para la salida de la Unión Europea. (EFE)
Adelantado en

"Juntos hemos corrido por las laderas y recogido con gusto sus margaritas; pero desde los viejos tiempos hemos caminado juntos con pies cansados. Ambos hemos remado contra la corriente, desde el amanecer hasta el momento de cenar; pero desde los viejos tiempos los mares entre nosotros no han dejado de rugir".

Hace pocos días, más de 700 hombres y mujeres se levantaron de sus asientos en el hemiciclo del Parlamento Europeo para cantar con emoción estos versos del himno escoces 'Auld lang syne', ese entrañable homenaje a la amistad conocido con múltiples versiones en diversas lenguas (en España, 'El Vals de la Velas'). Acababan de confirmar con su voto la salida ordenada del Reino Unido de la Unión Europea, poniendo así fin a 47 años de viaje conjunto. Probablemente, fue uno de los momentos donde esa Cámara europea fue más fiel a su mandato original: asumir, concentrar, transmitir la representación de cientos de millones de europeos de distintas trayectorias culturales, de distintas geografías, de diversas ideologías y pertenecientes a distintas generaciones.

En esos escasos minutos incorporados ya al archivo icónico de la historia política de nuestro continente nadie pensaba en cuotas pesqueras, en permisos de aterrizaje, en licencias bancarias, en aranceles al vino, en el reconocimiento de diplomas o en el acceso a los fondos de investigación. Todo eso, ciertamente, forma parte de una larguísima lista de asuntos que a partir de esta misma semana van a ser objeto de complejísimas negociaciones entre ambos miembros de la pareja tras confirmarse definitivamente el divorcio. Hablaremos de todo ello. Pero es muy importante que los arboles no nos hagan imposible ver el bosque: de la misma manera que en el Reino Unido el principal componente en favor de esta ruptura ha sido de orden emocional y político, también para la Unión Europea las consecuencias más graves y duraderas de la salida británica no son solo jurídicas. Las más importantes van a ser de orden emocional y de naturaleza política.

No será sencillo que ninguna tabla ni gráfico de resultados empíricos alcance a medir el impacto real de esta ruptura en tantos otros ámbitos

Como es obvio, este componente intangible va a resultar mucho más difícil de medir que las consecuencias del Brexit en las bolsas, en los flujos comerciales, en el crecimiento económico, en el empleo o en la circulación de personas y capitales. No cabe duda: según como resulte esa negociación, y en función de los términos de esos acuerdos que hay que cerrar bastante antes del 31 de diciembre de 2020, esos impactos perfectamente medibles serán catastróficos o más o menos contenidos en cada uno de esos ámbitos. Pero no será sencillo que ninguna tabla ni gráfico de resultados empíricos alcance a medir el impacto real de esta ruptura en tantos otros ámbitos.

Un primero impacto intangible es, sin duda, el directamente emocional que ya han empezado a sufrir millones de ciudadanos europeos que de repente se sienten tratados como extraños, como forasteros tolerados —en el mejor de los casos—, cuando creían que estaban en su casa. Un sufrimiento personal que no será nunca del todo reciproco para los británicos que están entre nosotros, por más que en aspectos muy concretos sí deberemos aplicarles cuantas limitaciones imponga su Gobierno a nuestros conciudadanos.

Intangible pero inmensa, aunque parezca hoy una enorme paradoja, ha sido también la influencia que ha tenido el Reino Unido en lo que podríamos llamar el formateo, la inspiración última de sectores muy importantes de la legislación europea. Sus diputadas y diputados, sus ministros y sus funcionarios participando en votaciones o sentados en mesas de negociación legislativa han enriquecido durante décadas una cantidad innumerable de reglas que hoy integran el Derecho europeo en materia mercantil, de consumo, e incluso civil. Muchos que nos consideramos bastante francófilos debemos agradecer a los británicos que nos hayan protegido tantas veces de los excesos del intervencionismo francés en muchas de esas materias. ¿Quién ocupará en el futuro ese vacío?

También la política exterior, toda ella; eso que llamamos la geopolítica, esta también construida sobre intangibles cargados de emociones, de sentimientos de lealtad, complicidad y confianza… o de sus contrarios. Nuestra relación con los países de Iberoamérica (y me refiero tanto nuestros amores como a nuestras broncas) es la que es por muchísimas razones que no tienen nada que ver con tratados ni con acuerdos jurídicos de ninguna clase. Y de alguna manera, nuestra entrada en la entonces Comunidad Europea en 1986 incorporó ese extenso bagaje al proyecto europeo y —a través de España, de su diplomacia, de sus estructuras y complicidades sociales, de sus empresas…— enriqueció así la influencia geopolítica de Europa y cada uno de sus miembros en esa parte del mundo. Lo contrario va a ocurrir ahora con la salida del Reino Unido: en la India o en tantos rincones de Asia o de África, buena parte de "nuestra" presencia y capacidad de diálogo político como europeos se beneficiaba notablemente del conocimiento, la experiencia y las relaciones de los británicos. A partir de ahora, no solo deberemos reconstruir formas nuevas de relación con esos países y con sus sociedades, sino que deberemos prepararnos para encontrar pronto por el mundo a nuestros vecinos como directos competidores de nuestros intereses colectivos.

Debemos entender que esta amputación del proyecto europeo lo transforma. Y dependerá de nosotros, de nuestros gobernantes, reforzarlo

Y dejo para el final el impacto político más intangible de todos: la salida del Reino Unido ha roto el hechizo. El proyecto europeo es reversible. Y no creo que vaya a ocurrir, ni creo que veamos ningún otro 'exit' en muchos años. Pero lo impensable, lo que parecía en realidad imposible, se ha materializado ante nuestros ojos. Y ya ninguno de nosotros es capaz de decir qué impacto puede tener a medio o largo plazo esa decisión en otros Estados, con futuros gobiernos, mayorías o circunstancias políticas y sociales o liderazgos que no están todavía descritos por nadie.

Por eso, sí, a partir de ahora deberemos negociar bien y con urgencia cuotas pesqueras o aranceles, y fijar los términos de relación con el nuevo vecino. Pero también debemos entender que esta amputación del proyecto europeo lo transforma. Y dependerá de nosotros, de nuestros gobernantes, reforzarlo y repensarlo al menos para los próximos cincuenta años.

Atando cabos
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
4 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios