Hong Kong y la nueva guerra del opio

Hoy, Hong Kong vuelve a ser el escenario donde las grandes potencias dirimen sus luchas comerciales

Foto: Un estudiante con mascarilla pasa delante de un mural pintado en la Universidad de Hong Kong que recuerda a 12 hongkoneses detenidos en la ciudad china de Shenzhen. (EFE)
Un estudiante con mascarilla pasa delante de un mural pintado en la Universidad de Hong Kong que recuerda a 12 hongkoneses detenidos en la ciudad china de Shenzhen. (EFE)
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Ya en el siglo XIX, Hong Kong fue uno de los teatros en los que se encuadraron las guerras del opio (1839-1860), que enfrentaron a Reino Unido, Francia y Rusia —por un lado— y a China —por otro—, y cuya causa fueron los intereses sobre el comercio del opio. Como consecuencia de la segunda guerra, Hong Kong pasó a manos británicas. Hoy, Hong Kong vuelve a ser el escenario donde las grandes potencias dirimen sus luchas comerciales.

En 1997, Reino Unido cedió a China el control del territorio cantonés con una serie de condiciones entre las que se encontraba la autonomía de la región bajo el principio 'un país, dos sistemas'. Así, Hong Kong pasó a ser una región administrativa especial dentro del territorio chino. Desde entonces, China ha participado, cada vez de forma más activa, en la política interna de Hong Kong. Prueba de ello es la reciente adopción por parte de Beijing de la ley de seguridad que erosiona la independencia de Hong Kong en materia de seguridad.

En medio de la tensión entre China y su región administrativa especial, la Administración Trump ha revocado privilegios económicos en materia fiscal, aduanera y financiera que apuntalaban Hong Kong como 'hub' comercial y financiero de la región. Si al plano comercial sumamos las sanciones a altos cargos del Gobierno de Hong Kong y China, la inclusión de grandes empresas chinas como Huawei en la Designated Entity List del Departamento de Comercio o la adopción de China de normas antídoto que dejan sin efecto las anteriores medidas norteamericanas en su jurisdicción, nos encontramos ante una situación de alarmante inseguridad jurídica y previsible escalada de tensión entre las dos potencias.

La ralentización del crecimiento chino, junto el fracaso de los esfuerzos del Ejecutivo para evitar la desaceleración, ha generado el clima propicio para que el Gobierno chino haya puesto todavía más énfasis en el desarrollo del mayor proyecto de infraestructura de la historia, que consolidará su influencia en Asia Central, Europa, África y el Sudeste Asiático. Este nuevo Plan Marshall chino, conocido como One Belt One Road, es el eje sobre el que pivota la diplomacia económica china, que no solo pretende afianzar su influencia geopolítica sino también abrir y consolidar su posición en nuevos mercados. Con el fin de poder acometer esta ingente tarea, el Gobierno chino requiere socios estratégicos y acceso a un amplio mercado financiero que le permita acceder a los fondos necesarios para implementar este macroproyecto, y es aquí donde Hong Kong se ha posicionado como el centro idóneo para acometer la ambiciosa hoja de ruta de su diplomacia económica.

Debido a su trato preferente, su condición de excolonia británica y su competitivo entorno fiscal, Hong Kong se había convertido en el acceso natural a China para los inversores y capitales extranjeros, que encontraban seguridad bajo el paraguas que ofrece el sistema jurídico del 'common law' y la marca HK en los mercados financieros y de capitales. Por otro lado, los grandes grupos chinos usaban Hong Kong no solo como punto de encuentro con los capitales foráneos sino también como acceso a los mercados internacionales, entorno jurídico idóneo para vehicular inversiones chinas al exterior. Así, la Bolsa de Hong Kong es considerada una de las plazas más importantes y seguras del mundo; su diseño y seguridad es comprable a la Bolsa de Londres. Hong Kong era, por tanto, para hongkoneses, chinos y extranjeros, el lugar de encuentro natural para cerrar operaciones extranjeras hacia China y de China al mundo. Instituciones como el banco británico HSBC (que debe su origen a la segunda guerra del opio) son un claro ejemplo de prosperidad cuajado sobre el ahora cuestionado principio 'un país, dos sistemas'.

Todo este rompecabezas geopolítico ha cogido en fuera de juego a quien probablemente sea el mayor perjudicado después de China: el Reino Unido, quien presencia la crisis en el peor momento posible. Por un lado, necesita reforzar y afianzar sus relaciones con EEUU y, por otro, mantener un buen tono con China (donde sus empresas tienen importantes inversiones). Al mismo tiempo, Reino Unido necesita cerrar en un tiempo récord un buen acuerdo con la UE que —a su vez— está inmersa en políticas proteccionistas que buscan blindar sus mercados al desembarco de empresas públicas y subsidiadas chinas, así como limitar la inversión en sectores estratégicos por razones de orden público y seguridad nacional. La nueva política europea puede llevar a que las autoridades chinas adopten 'contramedidas' frente a las empresas europeas, hecho que, sumado a la actual tensión comercial, sanciones norteamericanas y normas antídoto chinas, puede convertir su operativa en Hong Kong en un auténtico campo de minas jurídico.

Las protestas de Hong Kong, las medidas de la Administración Trump, los conflictos territoriales en el Mar de China, la lucha por la supremacía tecnológica, el siempre tema pendiente de Taiwán o la ambición del Gobierno chino de crecer en influencia política, económica y comercial han situado Hong Kong en medio de la tormenta perfecta y como candidato idóneo a convertirse en daño colateral. Hong Kong corre el riesgo de perder su condición de 'hub' regional a favor de otras plazas emergentes como Singapur. En medio de esta madeja inacabable, parecería que Hong Kong vuelve a ser el campo de batalla y punto de mira de las grandes potencias que otrora guerrearon por el control del opio y ahora compiten por el control comercial y financiero de la región.

*José María Viñals Camallonga. Socio de Squire Patton Boggs.

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