9N en el Parlament: Cataluña se hace a sí misma la secesión

A la CUP, últimamente, sólo se le nota que es de izquierdas en el vicio de repartir y retirar los carnets de identidad

Foto: Diputados del PPC muestran banderas españolas y catalanas tras aprobarse en el Parlament de Cataluña la resolución conjunta de Junts pel Sí y la CUP. (Efe)
Diputados del PPC muestran banderas españolas y catalanas tras aprobarse en el Parlament de Cataluña la resolución conjunta de Junts pel Sí y la CUP. (Efe)

Mi día de la independencia comienza conmigo recostado en la consulta del proctólogo y un dedo metido por el culo. Mal, Polonia, recibes a un extranjero. Pero el día sigue: este lunes se produce la declaración unilateral de independencia que, por necesidades de cosmética política ante una mayoría insuficiente, ha terminado por llamarse de una forma que no necesitamos a escribir aquí.

A las puertas del Parlament y aplastándose contra las vallas de seguridad están los refugiados. Refugiados de un estado que Raül Romeva quiere inaugurar a las 10:16 de la mañana mientras sopla el viento entre las esteladas que traen, gregarios, los forofos de la independencia. Hay megafonía en el parque de la Ciudadela que rodea el Parlament. Que nadie se quede sin oír las palabras del pueblo, hoy que el pueblo está dentro de la cámara.

Un pueblo dividido, claro. Dentro del edificio me encuentro un Cristo considerable porque los periodistas del mundo entero afluyen a Barcelona y no quedan tarjetas físicas de identificación. Se gastan también muchos pañuelos. Cada vez que Romeva se refiera a la mayoría democrática que justifica el proceso, se oirán estornudos en la sala de prensa.

Exterior del Parlament. (Efe)
Exterior del Parlament. (Efe)

Después de que Romeva cuadre el círculo llega Anna Gabriel, de la CUP. Aparece en la tribuna con una camiseta que dice “Mi cuerpo, yo decido”. Desde que las candidaturas de unidad popular han deschaquetizado la política, convivimos con una política de pechos consumados. Mirando a las bancadas peperas, se refiere Gabriel a “la legalidad que nos hace imposible ser pueblo y al fundamentalismo constitucionalista de un régimen que nos niega nuestros sueños”, y luego a “las niñas que iban a trabajar a la fábrica y les decían que la lengua en que les quería su madre, tan cansada de trabajar, no podía hablarse”. Mientras la CUP le echa lírica al asunto, la cara de Albiol es un poema.

Este lunes será el elefante azul en el salón. Se sostiene la nariz con un trípode de dedos, lo que no es poca cosa, y entre el índice y el corazón le asoma una boca con los dientes en actitud escandalizada. Especialmente cuando Gabriel cita a su propia camiseta y compara la soberanía catalana con la del cuerpo de las mujeres.

Pero apenas habla Gabriel de corrupción. Se lo recordarán más tarde Inés Arrimadas y Miquel Iceta, tal vez los más comedidos en sus interpretaciones del sentimiento nacional, los más pragmáticos.

Gabriel pasa junto a Mas. (Efe)
Gabriel pasa junto a Mas. (Efe)

Cuando Gabriel termina, pasa junto a Mas como un jinete del Apocalipsis. El president que no es president de este estado independiente que no es independiente no se atreve a levantar la cabeza. Da la impresión de haber envejecido diez años durante el discurso de la CUP, pero me sopla un periodista que el rey Artur lleva una semana durmiendo muy mal. Mi compañero y maestro Antonio Fernández ha publicado en estas páginas una serie de conjeturas que desarrolla en el seno de ERC y CDC para aplicarle al moribundo Artur Mas las técnicas quirúrgicas que prolongaron la agonía de Francisco Franco en el hospital de la Paz.

Joan Coscubiela, de CSQP, se encarama a la tribuna para repartir un poco de realidad social, y recuerda a los soñadores que Cataluña está hecha unos zorros. Menciona las listas de espera eternas en Cataluña, que yo mismo puedo certificar, hoy que termino con un tratamiento sencillo después de un año mirando el teléfono. Nos recuerda que Cataluña es líder en desahucios en España. Después cita a Alex Salmon y propone un referéndum negociado.

Albiol durante su intervención. (Efe)
Albiol durante su intervención. (Efe)

Cuando Forcadell le concede la palabra a Albiol, remata su invitación con un gesto de resignación, estirando sus labios finos. Luego se asomará por detrás del popular como si no se fiase de lo que trae escrito en sus papeles. Sucede algo curioso: cuando Albiol habla, la CUP se ríe a carcajadas. Parecen los asistentes a un monólogo del club de la comedia, todo les hace gracia, incluso lo que no tiene ninguna.

Mas, que ha asistido a todo absolutamente paralizado, que no movía un músculo, también se permite reír cuando habla el popular. Albiol, con apasionamiento, habla del muro de Berlín y del trabajo de andaluces, extremeños y murcianos humildes, que vinieron a Cataluña y trabajaban heroicamente. La conexión del PP con las clases populares es inversamente proporcional a su representación parlamentaria, pero después, en el turno de réplicas, Anna Gabriel regresa al estrado con una recriminación espeluznante:

-Nosotros somos los hijos y nietos de los que usted dice que vinieron a trabajar. ¡No es quién para hablar en su nombre!

A la CUP, últimamente, sólo se le nota que es de izquierdas en el vicio de repartir y retirar los carnets de identidad.

Arrimadas arranca su intervención contra ellos. Recuerda las declaraciones de Antonio Baños al día siguiente de las elecciones, cuando la postura de la CUP parecía todavía anclada en la realidad matemática y el independentismo no había ganado en votos. Les recuerda también a los parlamentarios que JxS se ha negado a pedir un informe jurídico al Parlament sobre la viabilidad de la hoja de ruta independentista, y termina echándole retranca: “¡Qué colonia tan extraña somos, que el presidente de la comunidad autónoma y la presidenta del parlament ganan más que el presidente del Gobierno.”

Arrimadas ha tenido que bajar los micros, porque antes que ella había comparecido Albiol. Después de Arrimadas, llega el pizpireto Iceta, y ha de bajar los micrófonos otro poco. Como siempre, Iceta utiliza el análisis para tratar de explicar a los independentistas que, además de avanzar en un proceso sin justificación democrática, dejan de lado los asuntos urgentes que acucian a la sociedad catalana. Cataluña, dice Iceta, necesita un gobierno.

Inés Arrimadas, de C's. (Efe)
Inés Arrimadas, de C's. (Efe)

Pues no pides nada, Iceta.

En la puerta del Parlament, entre los periodistas enganchados al tabaco, hay un grupo de estudiantes. Vienen a ver el Parlament.

-¿Sabéis lo que está pasando ahí dentro?

-Sí, lo del president, ¿no?

-No, eso es por la tarde. Ahora están con el inicio del proceso de independencia.

-Ah, eso.

-¿Os hubiera gustado votar?

-No, yo la política... Me da igual que esto sea España o Cataluña.

De vuelta al hemiciclo, está Romeva otra vez en la tribuna. Dice que si se hubiera hecho un referéndum legal, habría salido la mayoría del sí. “Esta es la realidad por mucho que lo nieguen”, insiste. Es decir: la realidad de Romeva es que, en un referéndum que no se hizo, habría salido lo que él considera. Los diputados afines aplauden. Arrimadas le dice que no con el dedito y yo me acuerdo de mi proctóloga. Mas continúa paralizado.

Tras la votación, previsible, aplausos. Y en ese momento las bancadas populares despliegan banderas de España y Cataluña y se quedan de pie con ellas poniendo caras de circunstancias. En la calle, lo que en la mañana era un grupúsculo estelado es ahora una pequeña manifestación. A pocos metros, y al otro lado del cordón policial, un grupo de rojigualdos con un megáfono:

¡Si me lo dejarais a mí ibais a durar cuatro horas! -grita uno-. ¡En el 34 no durasteis ni ocho! ¡Cabrones, viva España!

Al otro lado de la calle:

¡Independencia independencia! ¡Adéu Espanya adéu!

Mas sale y se monta en el coche oficial. Mas president, gritan unos. A la cárcel, a la cárcel, los otros. Hay un tipo con barba y traje que anima a los estelados a aplaudir más alto, como un regidor de la televisión. Las cámaras están atentas. Los periodistas miran a los energúmenos de las banderas de España y se ríen por lo bajo. Yo no.

Un murciano en la corte del rey Artur
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