La Moncloa, punto caliente del coronavirus en España

La Moncloa se ha convertido en un ‘hot spot’ que no afecta únicamente a los altos cargos sino también a esos otros funcionarios de la Administración con los que comparten centro de trabajo

Foto: Reunión de la comisión interministerial de seguimiento del coronavirus, presidida por Pedro Sánchez, en la Moncloa. (Fernando Calvo | Moncloa)
Reunión de la comisión interministerial de seguimiento del coronavirus, presidida por Pedro Sánchez, en la Moncloa. (Fernando Calvo | Moncloa)

La vicepresidenta primera, Carmen Calvo, las ministras Carolina Darias e Irene Montero y el director adjunto operativo (DAO) de la Guardia Civil, el teniente general Laurentino Ceña. Amén del positivo de la mujer del presidente, Begoña Gómez —que debería obligar a Sánchez a guardar la cuarentena, igual que tendría que haber sucedido con Iglesias—, o los comités presenciales de Calvo con Iván Redondo, el secretario general de la Presidencia, Félix Bolaños y el director de Información Nacional, Miguel Ángel Marfull.

Todos ellos han tenido su papel en la crisis del Covid-19 y todos ellos, en mayor o menor medida, han quedado fuera de juego por el coronavirus. No es un Consejo de Ministros. Es un pandemónium biológico.

La Moncloa, punto caliente del coronavirus en España

La Moncloa se ha convertido en punto caliente del virus en España, un ‘hot spot’ que no afecta únicamente a los altos cargos sino también a esos otros funcionarios de la Administración con los que comparten centro de trabajo. De ahí que, en aras del servicio público, haya que censurar la batería de desinformaciones que se han sucedido a cuenta de la infección de la vicepresidenta primera, unas desinformaciones con las que el Ejecutivo ha tratado de maquillar lo que para todos, especialmente para los facultativos, resultaba evidente desde el primer momento.

Cuando más necesitan exhibir músculo y credibilidad, más se perciben las carencias. No es una cuestión de 'marketing' sino de eficacia. Semejante trampantojo, como el que han tratado de vender a la opinión pública con el test de Calvo, solo se explica por el juego de tronos en el que se encuentra sumido el Gobierno de coalición PSOE-Unidas Podemos.

Lo que resultaba sumamente irresponsable era seguir reuniéndose cuando el virus comenzaba a extenderse por la mesa del Consejo de Ministros

Dicen que criticar al Ejecutivo por el hecho de haber caído preso del virus es mala sangre, antipolítica, irresponsable, cuando, en verdad, lo que resultaba sumamente irresponsable era seguir reuniéndose cuando el virus comenzaba a extenderse por la mesa del Consejo de Ministros, no haber guardado la cuarentena, no haber seguido el protocolo exigido por Sanidad. En definitiva, por haber hecho justo lo contrario de lo que exigían a los ciudadanos.

Todo ello sería un escándalo en cualquier otro país. No lo es en España. La oposición se está cuidando de no meter el dedo en la llaga con el asunto. El Ejecutivo no se puede quejar. Primero, la salud; luego, la economía, y por último, la política. Esas son las prioridades.

En puridad, para ser justos, Sánchez no tiene la culpa. Aunque ha quedado negro sobre blanco por la crisis del coronavirus, el problema no es coyuntural sino que viene de lejos, con mochilas heredadas de gobiernos anteriores, y está directamente relacionado con la actual fragilidad de las estructuras del Estado.

Llevamos tiempo preguntándonos si la erosión de las instituciones, la devaluación de la clase política, los discursos estériles y el fervor por el peor populismo son características propias de nuestra época o si ya se daban en otras anteriores y no lo queríamos ver por esa ‘manriqueña’ nostalgia de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Los acontecimientos de los que estamos siendo testigos parecen querer responder a esta pregunta por sí solos. Estos, los actuales, no son buenos tiempos para afrontar una crisis como la del coronavirus.

¿Se imaginan lo que nos hubiera ocurrido si la pandemia nos golpea con un Gobierno en funciones, como hemos estado los últimos años?

¿Se imaginan lo que nos hubiera ocurrido si la pandemia nos golpea con un Gobierno en funciones, que es como hemos estado los últimos años? ¿Se imaginan que no hubiera habido investidura, que no tuviéramos presidente, que no se pudiera legislar? Hace tiempo que le perdimos el respeto al Estado. Eso se nota en el Gobierno de coalición, al que las costuras con las que fue confeccionado le están saltando por los aires.

No se entiende que en el comité de gestión de crisis del Covid-19, el mayor desafío al que se enfrenta este país después de la Guerra Civil, no haya ninguno de los vicepresidentes —cuatro en total— que forman parte del Ejecutivo y lo tengan que hacer los lugartenientes, esto es, ministros como el de Sanidad, Salvador Illa; Defensa, Margarita Robles; Interior, Fernando Grande-Marlaska, o Transportes, José Luis Ábalos.

Tampoco se entiende que el titular de Sanidad, que fue nombrado a principios de enero, no publicara el organigrama del ministerio hasta bien entrado marzo por los pulsos que mantenía con Pablo Iglesias e Irene Montero, y por tener que hacer hueco en otra nueva cartera, la de Consumo, a Alberto Garzón, desmantelando Bienestar Social. Un Ministerio de Sanidad más vacío de competencias que nunca para hacer frente a la mayor operación de salvamento.

Con estos mimbres, y unas estructuras de Estado a las que nadie parece tomar en serio, se entiende la descoordinación entre las distintas administraciones. No se trata de criticar por criticar. No se trata de antipolítica. Se trata de salvar vidas.

Caza Mayor
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