Aznar, la reina María Cristina y don Baldomero Espartero

El pasado es José María Aznar. Decía ayer la siempre lúcida Lucía Méndez en El Mundo que Aznar “viajó a Valencia a bordo de un lujosísimo

El pasado es José María Aznar. Decía ayer la siempre lúcida Lucía Méndez en El Mundo que Aznar “viajó a Valencia a bordo de un lujosísimo jet privado, puesto a su disposición por un millonario guatemalteco”, lo cual que empiezo a sospechar que este hombre debe tener problemas a la hora de recordar la lista completa de sus empleadores, todos riquísimos y poderosísimos, desde Murdoch hasta Agostinelli (el Grupo Rhône citado en este diario el viernes), pasando por el fondo de inversión Centaurus (islas Caimán), el grupo inmobiliario J. E. Robert Companies, Gazprom y los negocios de Putin, Libia y los de Gaddafi, Briatore and Co., y algún otro cuya cuenta he perdido. En fin, que el hombrecito no para. Habrá que llamar a la familia Bush y pedirle que se apiade de él, que le deje tranquilo el Grupo Carlyle, que entre el gimnasio, las bodas y los negocios al carismático líder no le queda tiempo ni para ir al peluquero, menos aún para dedicarse a la política.

Porque, en sus ratos libres, nuestro franquito todavía sigue empeñado en dar doctrina. Subirse al púlpito, con la camisa desabrochada hasta el cuarto botón, como le ha enseñado su amigo el hortera Flavio -¡qué fotos las de HOLA, qué número para abanicarse en el Congreso, qué espectáculo!- para tratar de dar la puntilla a la derecha democrática desde posiciones de puro franquismo. Eso sí, ni asomo de autocrítica, ni sombra de duda, al menos aparente, en un político que ostenta el récord de haber pasado de la mayoría absoluta a la oposición sin solución de continuidad. Aznar recuerda al general Espartero, cuyas dotes de gobernante –no digamos ya las humanas- estaban muy por debajo de sus ambiciones. Ni el mundo de los negocios ni el de la política mira ya con buenos ojos a este comisionista al por mayor. Por eso creo que debería emular a Fernando Agustín Muñoz y Sánchez, marido morganático que fue de la Reina María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, ex de aquel gran déspota llamado Fernando VII, una de las mayores desgracias que asolaron España en el siglo XIX.

Porque cuando Fernando Muñoz –otro espadón que, además de darle 7 hijos a la Regente, logró labrarse una fortunita, ya saben, los ferrocarriles de la época, el sudor de su frente y demás-, operaba como hombre de negocios, utilizaba su segundo nombre y apellido, resultando así ser Agustín Sánchez para las cosas de Doña Peseta, mientras que cuando se colgaba del brazo de la Reina era el Ilmo. Sr. D. Fernando Muñoz, duque de Riánsares y marqués de San Agustín. Algo de eso debería hacer el Presidente de Honor. Lo tiene fácil: para las cosas del catecismo ultra y tal, José María Aznar. Está claro. Y para las del euro, Pepe López. De nada, Jose. Con tan simple ardid, el personaje podría resultar algo más creíble cuando se sube a la tribuna de oradores, con ese magnífico porte suyo de guitarrista de tablao flamenco que ahora luce.

El presente se llama Mariano Rajoy, un hombre que continúa la revolución nada silenciosa iniciada la noche del 9-M, cuando quienes pensaban heredar los restos del naufragio se fueron a la cama tan contentos, convencidos de que al día siguiente anunciaría su retirada. El Congreso de Valencia parece, por eso, un trámite engorroso en esa línea, sin prisa pero sin pausa, de renovación iniciada entonces. El partido de la derecha ha perdido grasa franquista, ha soltado lastre. La última buena noticia ha sido el abandono de Astarloa. Obvio resulta decir que de no haber contado con Aznar en la tribuna, Rajoy hubiera tenido que inventarlo. Su discurso –propio de un Espartero arrogante, impertinente y lleno de veneno- contribuyó decisivamente a centrar la figura del gallego. Para rematar la faena, el golpe de efecto de colocar a Marimar Blanco en la nueva Ejecutiva, en la que, cierto, Don Baldomero ha colocado también a sus Jacintas (Ana Botella y Lucía Figar). El aznarismo ha muerto, con Jaime Mayor aplaudiendo en primera fila. “Me gusta ver a los impertinentes burlados y a los malvados confundidos”, escribió Voltaire a Madame du Deffand.

El PP se va aproximando a ese partido de derecha moderna frente al que a partir de ahora se van a estrellar, como abejorros contra los parabrisas de los coches en las tardes de verano, algunos de los tópicos más queridos de los manejados por la izquierda contra la derecha desde la muerte de Franco. Como decía Escudier en el Confi de este fin de semana, ni la ministra Aído puede dar clases a Cospedal sobre las nuevas formas de familia, ni De la Vega puede tildar de machista a Sáenz de Santamaría. Provisto de la auctoritas de la que hasta ahora carecía, porque este hombre ha vivido de prestado, Rajoy no va a tener, sin embargo, ni un día de descanso para disfrutar de su aparente éxito. Para quienes seguimos teniendo fresco el recuerdo de los cuatro últimos años perdidos en gran medida por su culpa, por su incapacidad para acometer los cambios que los sectores más centrados del partido le estaban reclamando tras el desastre del 14-M, Rajoy tendrá que demostrar que ha cambiado y mucho.

El de Pontevedra no puede seguir siendo el líder dubitativo y medroso que ha sido, capaz, cual misterioso Guadiana, de desaparecer de la actualidad durante semanas sin motivo aparente. La profundidad de la crisis que vivimos no se lo va a permitir, no le va a dar respiro. Es hora de mostrarse a la altura de las circunstancias, a la altura de la importancia de la crisis que vivimos, seguramente la más grave que ha sufrido España en los últimos 50 años. Sorprende, por eso, la suprema tontería pronunciada el sábado por Emilio Botín en la Junta del Santander, diciendo que “es como la fiebre de los niños, que empieza muy fuerte y luego se baja”. Doctor Aspirino. Muy al contrario, se viene sangre, sudor y lágrimas, y mucho sufrimiento, toneladas de sufrimiento para millones de españoles. Del nervio mostrado por Rajoy en el manejo de la crisis desde la oposición, saldrá un PP capaz de vencer en 2012.

El futuro es un PP al que hay que dar un voto de confianza. Es cierto que Rajoy ha ganado una batalla, pero sería pueril afirmar que ha ganado la guerra. Demasiados enemigos dentro y fuera. Parece evidente que ese 16% de voto en blanco no va a arriar bandera, no se va a resignar, aunque dudo mucho que se atreva a dar el paso al frente capaz de aclarar de una vez el panorama de un partido condenado al ejercicio de funambulismo permanente que supone tratar de cobijar en su seno desde el centro hasta la extrema derecha. Todo dependerá de la capacidad de liderazgo real que, liberado de corsés ultramontanos, sea capaz de desplegar un hombre obligado, a partir de hoy, a confrontar las bellas palabras de su discurso valenciano con la dura realidad de una oposición sin contemplaciones ante el Gobierno más feble que ha conocido nuestra democracia.

En los días de sufrimiento que se avecinan, al PP no le valdrá con el sesteo y los buenos modales para volver al poder: tendrá que convencer con un discurso de oposición necesariamente duro, e ilusionar con un proyecto regenerador que tenga como gran objetivo la consolidación de las posiciones de progreso alcanzadas, el planteamiento de los grandes retos que impone competir en un mundo globalizado y, last but not least, la regeneración radical de nuestras malparadas instituciones democráticas. Solo entonces una mayoría de españoles querrá tener a Mariano Rajoy como presidente, y nadie se sentirá tentado “a votar PSOE para que no gane el PP”.

Con Lupa
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