Campeón del caos

Difícil encontrar en la historia de la Unión Europea un ejemplo tan claro de improvisación. Difícil hallar Gobierno alguno capaz de ofrecer tal sensación de liviandad,

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    Difícil encontrar en la historia de la Unión Europea un ejemplo tan claro de improvisación. Difícil hallar Gobierno alguno capaz de ofrecer tal sensación de liviandad, de ser un mero rehén del azar, una vela movida por el viento de las circunstancias. Y no es que la reforma del mercado de trabajo haya sido asunto caído del cielo. Desde el célebre episodio de Davos, enero pasado, Rodríguez Zapatero se sabe viviendo sobre un barril de pólvora. Aquel viaje a los Alpes suizos marcó un punto de inflexión en la legislatura y probablemente en su carrera política. A los pies de La Montaña Mágica de Mann tuvo la brillante idea de sentarse en el estrado al lado del presidente letón y del primer ministro griego, y allí se pegó nuestro soldadito de plomo un tiro en sus partes. Volvió asustado, tras descubrir de pronto el colmillo del lobo de la crisis, prometiendo acometer reformas, recortar el gasto público y meterle mano a las pensiones. Y en Bruselas respiraron alborozados. Hasta los mercados le creyeron, con resultado de un alivio momentáneo de las tensiones sobre nuestra deuda. Pero llegó Paco con la rebaja, es decir, Cándido Méndez. El líder de la UGT dijo que ni hablar, que eso sería considerado un atentado contra los derechos de los trabajadores, y en ese mismo instante ZP reculó y aclaró que de lo dicho nada, que lo anunciado no pasaba de ser una simple especulación a futuro.

    En Bruselas se sintieron engañados. Ahí perdió Zapatero el crédito de que disponía ante sus pares, y en ese lance se percataron los mercados de que el presidente español era un individuo poco fiable que, además, carecía de la autoridad suficiente para hacer las reformas que reclamaba el país y los mercados. Desde el lance de Davos ha pasado mucha agua desbordada bajo los puentes hispanos. En las últimas semanas, la posibilidad de que la UE tuviera que poner en marcha el rescate de España a la manera griega ha sido algo más que una hipótesis. La presión había alcanzado tales cotas, que la reforma laboral llegó a plantearse hace una semana como la prueba definitiva para el Gobierno y para España. Había que hincarle el diente al problema para enviar un mensaje de seriedad a los mercados. Pero las ineficiencias y rigideces de la legislación laboral española no son de ahora, razón de más para que la imprevisión y la incuria demostrada estos días por el Ejecutivo haya provocado el asombro de tanta gente.

    Difícil encontrar en la historia de la Unión Europea un ejemplo tan claro de improvisación. Difícil hallar Gobierno alguno capaz de ofrecer tal sensación de liviandad.

    Imposible encontrar mejor ejemplo de ese caos que la reunión nocturna entre Gobierno, patronal y sindicatos que, iniciada a las 8 de la tarde del miércoles 9, terminó en fracaso en torno a las 6 de la mañana del jueves. Desde primera hora de la noche se discute un proyecto salido del magín del jefe del Gabinete del Presidente, José Enrique Serrano, que lleva la voz cantante en su condición de Inspector de Trabajo. Cuando parecía cercano el acuerdo, con los jurídicos incorporados a la negociación, los sindicatos se plantan y Celestino Corbacho extrae de su cartera, pasadas ya las 4 de la madrugada, un nuevo texto más restrictivo, un papel de cuya autoría los reunidos tienen pronto pocas dudas: Méndez, el auténtico ministro de Trabajo del Gobierno Zapatero. Tras años de románticos paseos y dulces reflexiones sobre el brillante futuro del leonés como apóstol de los trabajadores, en la CEOE aseguran que el Presidente le ha cogido miedo al de la UGT. Miedo político, desde luego, aunque hay quien dice que incluso físico. El líder sindical le habría amenazado con provocar un motín en el ala izquierda del PSOE (hay cabreo en el Grupo Parlamentario socialista entre los diputados con carné ugetista) y poner a los sindicatos en la calle de forma permanente. Y Zapatero acepta el chantaje a cambio de que la UGT no se eche al monte. Cuando Corbacho pone sobre la mesa el proyecto inspirado por Cándido, el café y el agua a punto de agotarse, uno de los reunidos masculla un “¡joder, qué Gobierno!” que aparca en el tímpano cansado de muchos de los reunidos.

    Navegando en un mar de contradicciones

    La  patronal no tarda en levantarse de la mesa, cargando con las culpas de un fracaso que los sindicatos se encargan de airear de buena mañana. Tras el Consejo de Ministros del viernes, el Ejecutivo distribuye un proyecto de reforma que rápidamente llega a los medios y que cosecha una casi unánime reprobación. La alarma es general: si eso iba a servir de base al Decreto Ley que el Gobierno pretendía alumbrar el miércoles 16, no era aventurado afirmar que los mercados podían terminar con España en un santiamén. La preocupación alcanza cotas máximas. ZP pasa el fin de semana recibiendo llamadas de banqueros y empresarios alarmados por lo que se viene encima. “Es que los mercados han llegado al límite; estamos muy por encima de Italia y algún día hemos llegado a pagar más que Portugal… Y con el ahorro español escapando a bancos y fondos extranjeros”. El Presidente recibe, entre otros, a una representación de los “Cien Economistas”. “Es impresionante lo de este tío”, reconoce alguien que le ha visto estos días. “A todo el mundo le dice lo que él cree que el interlocutor quiere oír y ante todos se manifiesta convencido de la necesidad de reformas radicales. Incluso ha llegado a decir que los sindicatos son una maldición para España. Algo parecido le dijo al presidente de la patronal europea, Jürgen Thumann, que le visitó en Moncloa el viernes 11. Pero, luego, por un oído le entra y por otro le sale: no hace caso a nadie”. 

    El desbarajuste es de tal calibre que el lunes 14, a poco más de 24 horas de la salida del Decreto Ley, Moncloa pide informes varios a bufetes de abogados expertos en la materia, entre ellos a Sagardoy y Cautrecasas. Íñigo Sagardoy responde que el material que le han pasado no va a servir para crear empleo, porque está plagado de incoherencias. La reforma es un “fetiche” al que el Gobierno, un mar de contradicciones, no sabe cómo rendir culto. Por fin a mediodía del miércoles, a poco más de un hora del fiasco de la selección en Sudáfrica (“los españoles están deprimidos, José Luis”, que diría Felipe González), el Ejecutivo pare un Decreto Ley que redacta Valeriano Gómez, ex secretario general de Empleo con Jesús Caldera, resultado de refundir, añadir, corregir, cortar y podar montones de papeles manejados en días previos, donde también pone su gratino de arena el fontanero Serrano, pero del que se aparta a Javier Vallés, jefe de la Oficina Económica de Moncloa, y a la ministra de Economía, Elena Salgado, que no ha tenido vela en este entierro, caso insólito en la práctica de un país europeo. Valeriano es el hombre puente entre el Gobierno y la UGT, como militante del PSOE y ugetista al tiempo que es, síntoma claro de que Zapatero ha tratado por todos los medios de aplacar, si no complacer, a su amigo Méndez. En el peor de los casos, el genio de León quiere que, si ha de haber ruptura en meses venideros, lo del Gobierno y la UGT sea una separación amistosa, jamás el “divorcio por lo criminal” que supuso la huelga general del 14 de diciembre de 1988 entre González y Nicolás Redondo.

    Íñigo Sagardoy responde que el material que le han pasado no va a servir para crear empleo, porque está plagado de incoherencias.

    Imposible encontrar una valoración compartida. Opiniones divergentes por doquier. “El Decreto es peor que el texto que se discutió a partir de las 10 de la noche del miércoles, y un poco mejor que el bodrio que UGT intentó colar a las 4 de la madrugada del jueves”. Existe cierto consenso a la hora de admitir que se ha avanzado en el abaratamiento del despido, pero poco o nada en asuntos tan importantes como la clarificación de las causas del despido objetivo (los jueces seguirán calificando de “improcedentes” 8 de cada 10 de los que ahora se producen); la negociación colectiva (imprescindible que una empresa en dificultades pueda descolgarse del convenio del sector); el seguro de desempleo; la flexibilidad interna y algunas cosas más. Una Ley tan genuinamente estalinista como es el Estatuto de los Trabajadores seguirá enseñoreando las relaciones laborales en nuestro país. Por lo demás, la Reforma aprobada es un galimatías ininteligible desde un punto de vista formal, con una redacción oscura y obtusa, acorde con la jungla intransitable en que se ha convertido la legislación laboral española. Un texto idóneo para seguir dando trabajo a los 80.000 abogados laboralistas que se calcula existen en España.

    Al enfermo ya no le vale con una “reformita”

    ¿Es mejor este Decreto Ley que lo que había? “Hombre, sí, un poquito mejor, cierto, pero es que el enfermo está en quirófano con más de un 20% de paro, y en las actuales circunstancias, las peores de nuestra Historia reciente, esto ya no es suficiente”. En efecto, una economía que no es capaz de crear puestos de trabajo con tasas de crecimiento del PIB inferiores al 2% y que destruye 2,5 millones de empleos cuando se desacelera o entra en recesión, necesita algo más que una reformita, por mucho que ello moleste a los sindicatos. “Es una pena, por eso, que con el anuncio de huelga general sobre la mesa, Zapatero no haya pisado el acelerador a fondo para haber hecho algo realmente importante”. El Presidente espera que el trabajo sucio de mejorar ese texto corra a cargo de los grupos parlamentarios, fundamentalmente de CiU, durante su tramitación (¡albricias, por vía de urgencia!) en las Cámaras. Una situación que de nuevo coloca al Partido Popular ante el espejo. Alguien que representa a 10 millones de votantes no puede no tener opinión sobre asunto tan capital. No parece suficiente la abstención. A estas alturas será difícil encontrar un español que no tenga formada opinión sobre el daño infligido por el señor Rodríguez al bienestar de los españoles. Eso ya no tiene arreglo. Lo que sí puede aliviar la situación es ver a la oposición cambiando de estrategia y aportando soluciones. La posibilidad de que, de acuerdo con PNV y CIU, el PP lograra imponer al Gobierno algunas mejoras en el texto aprobado el miércoles aportaría a Mariano Rajoy un caudal de credibilidad incuestionable.

    De momento, la tensión sobre España parece haberse relajado tras la cumbre de Bruselas del jueves. La señora Merkel se decidió por fin a echar una mano a nuestro país, mano interesada, desde luego, por la cuenta que le tiene a los bancos germanos. Ninguno de los problemas que ensombrecen nuestro futuro ha menguado y mucho menos desaparecido, pero en el panorama de este fin de semana parece apreciarse un cierto punto de inflexión en la catastrófica deriva a la que nuestro Capitán Achab pilotaba la nave. La decisión de filtrar la situación de la banca tras las pruebas de esfuerzo; el recorte salarial a los funcionarios; la reforma de las Cajas (eppur si muove); la futura LORCA, unido todo a la promesa de reforma de las pensiones (en su tónica, ZP dice también en privado a los visitadores de Moncloa que será “radical”), empieza a sumar una cierta masa crítica de tareas emprendidas que apuntan hacia ese mentado punto de inflexión. “Tal como estaba la situación, ya es una buena noticia que algo como lo publicado esta semana por la edición alemana del FT no se haya llevado a España por delante”. La tensión de los mercados, aunque sigue siendo muy elevada, parece haber aflojado un poco. Habrá que ver si es tendencia o flor de un día. Las cosas están muy mal, cierto, pero hay espacio para abrir hoy un ventanuco a la esperanza.    

    Con Lupa
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