Juan Rosell o cómo rescatar a la CEOE del fango

A una semana vista de las elecciones que el 21 de diciembre decidirán el nombre del próximo presidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE),

A una semana vista de las elecciones que el 21 de diciembre decidirán el nombre del próximo presidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE), ayer se desveló por fin el misterio bufo que desde hace semanas envolvía la eventual candidatura del presidente de la patronal madrileña CEIM. El errático restaurador Arturo Fernández, concuñado del inenarrable Gerardo Díaz Ferrán, no se presentará al cargo, con lo que la nómina de aspirantes queda reducida a tres: Juan Rosell (presidente de la catalana Fomento del Trabajo); Santiago Herrero (de la Confederación de Empresarios de Andalucía, CEA), y Jesús Banegas (de la patronal tecnológica AETIC).

Teniendo en cuenta que los dos últimos se han presentado apenas avalados por las organizaciones que presiden(más la de los empresarios murcianos en el caso de Banegas, natural de Murcia), parece claro que Rosell, con el respaldo explícito ya de más de 50 organizaciones, a las que diariamente se añaden otras nuevas, es el más firme y sólido candidato a presidir una gran patronal que, desde la desaparición de José María Cuevas, viene dando tristes tumbos por culpa de muchos -los propios empresarios, desde luego-, pero principalmente por la calamitosa presidencia de Díaz Ferrán y su negativa a abandonar el cargo cuando quedó claro que sus negocios se iban a pique. En un gesto que define su talla como líder, Ferrán ha pretendido, consciente o inconscientemente, hundir al tiempo su fortuna personal y el destino de una patronal llamada a mayores y más justas metas.

La verdad es que las desgracias de CEOE empezaron a fraguarse con la decisión de Cuevas de cooptar a la presidencia al entonces copropietario del grupo Marsans. Todo o casi todo lo hizo bien aquel gran patrón de patronos que demostró ser el palentino. Todo, menos elegir como sucesor a un tipo con la brillantez y la independencia necesaria para un cargo de tanta relevancia, a un hombre con la talla intelectual y humana suficiente para dirigir los destinos de CEOE. Porque lo que no puede ser el representante de la gran patronal es un mal empresario, como ha demostrado ser Díaz Ferrán. Al final, el aludido pretendió utilizar el cargo como palanca para salvar sus empresas, conducta de imposible justificación por más humanamente explicable desde el punto de vista de las humanas debilidades.

Rosell es un convencido de la necesidad de acometer reformas en profundidad si queremos asegurar el nivel de vida de los españoles. Empezando por la de la Administración, asunto capital del que huye la clase política

Ya entonces pretendió Rosell hacer efectiva su candidatura a CEOE. No se atrevió al final, entre otras cosas por la renuencia de un Cuevas decidido a prohijar una solución “madrileña” para su sucesión, ello a pesar de la magnífica experiencia que, durante casi ocho años, resultó ser la estadía de un catalán de pura cepa como Carlos Ferrer Salat al frente de Diego de León 50. Las cosas han cambiado mucho desde entonces, en parte por culpa de la crisis galopante que vive el país y en parte también por la situación terminal que vive una CEOE convertida hoy en triste jarrón roto que reclama la mano diestra capaz de volver a reunir las piezas dispersas a base de talento, determinación y consenso.

Un decidido partidario de las reformas

Ni España ni la propia CEOE están hoy para experimentos de ningún tipo, y menos aún para episodios como los que en las últimas semanas viene protagonizando ese simpático saltimbanqui que es el presidente de CEIM. Es la hora del trabajo duro y serio, porque quizá estemos ante la última oportunidad que tiene CEOE para sobrevivir en su actual estructura como organización “nacional”, algo que también les ocurre a los sindicatos. "Persona de futuro", como días atrás lo definiera Manuel Pizarro, Rosell es “uno de esos catalanes viajados, ilustrados y leídos que, sin dejar de ser catalanes, saben que hay un proyecto de vida en común con el resto de España”, en palabras del ex presidente de Endesa y ex diputado del PP.

Es sin duda uno de los aspectos más interesantes que, en momentos tan delicados para España como los actuales, Rosell incorporaría a la presidencia de CEOE. Me refiero a la obligación que los demócratas, a secas, del “centro” tienen de tender puentes con la “periferia”, a la necesidad de acercar Barcelona y Madrid, a la pertinencia de buscar lazos que contribuyan a consolidar el papel de una Cataluña rica en una España igualmente rica y plural. Sobran, en Cataluña y en Madrid, los cafres decididos a dinamitar esos hoy frágiles puentes. Será por eso responsabilidad de las elites ilustradas, empresarios incluidos, a ambas orillas del Ebro, impedir que los dinamiteros logren su propósito.

Es Rosell, además, un convencido de la necesidad de acometer reformas en profundidad si queremos asegurar el nivel de vida de los españoles. Empezando por la de la Administración, asunto capital del que, por lo general, huye la clase política. “El número de funcionarios no ha parado de crecer en España”, aseguraba hace menos de un mes en una conferencia organizada por PWC en Barcelona. “De los 1,4 millones en nómina en 1982, se ha pasado a los 2,5 millones de 1998 y a los 3 millones de 2009. Hay 150.000 funcionarios que se han quedado sin trabajo, en Ministerios vacíos de contenido, pero que siguen ahí. Es un reto que tenemos que afrontar como sociedad”, porque las administraciones públicas "consumen un 4,6% del PIB, porcentaje que en otros países no pasa del 1,5%, lo que quiere decir que regalamos un 3% de ineficacia del Estado cada año”. Su conclusión es clara: “Si no hay reformas, este país no tiene futuro”. Es la hora de Juan Rosell.

Con Lupa
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