¿Qué trama Rajoy sobre Cataluña?

Hace unas semanas, Duran i Lleida, el líder de la minoría catalana, le lanzó a Rajoy en el Congreso de los Diputados una frase ya célebre:

Hace unas semanas, Duran i Lleida, el líder de la minoría catalana, le lanzó a Rajoy en el Congreso de los Diputados una frase ya célebre: “Señor Rajoy, muévase o se va a encontrar con una declaración unilateral de independencia que algunos le van a aprobar en el Parlament”. Y Pérez Rubalcaba, que por lo que parece tiene una mala salud política de hierro, tras su pacto con el PSC de Pere Navarro (y con el visto bueno, pero con la cautela de la federación andaluza) dice que la relación entre España y Cataluña pasa por el peor momento y que la solución es una reforma constitucional que luego debería someterse a referéndum. También en Cataluña, con lo que se podría dar “salida” a la exigencia de una consulta, muy mayoritaria en dicha comunidad.

Pero Rajoy, salvo algunos gestos, no hace ningún caso y en los últimos días ha afirmado que una reforma constitucional no serviría para nada y que de los artículos 1 y 2 de la Constitución, los que fijan que la soberanía recae en la totalidad del pueblo español, no se puede ni hablar. Añade un argumento de peso –cogido de Enric Millo, el discreto pero eficaz número dos del PPC que viene del partido de Duran i Lleida– de que en la UE entró España y no 17 comunidades autónomas.

Y esgrime argumentos ‘sentimentaloides’: “Somos el país más antiguo de Europa y no queremos poner aduanas a los sentimientos que nos unen desde hace siglos, ni queremos levantar fronteras en el año 2013 entre vínculos que no se pueden romper ni entre afectos que no se pueden separar”. Es una lástima que Rajoy no lo tuviera en cuenta cuando ordenó fuego a discreción contra el Estatut, cuando el PP de Andalucía hizo una campaña diciendo que Zapatero cogía dinero de los españoles para dárselo a los catalanes y cuando recurrió al Constitucional un Estatut ya votado (cierto que con participación baja, pero cumpliendo estrictamente la ley) pese a la campaña contraria –curiosos compañeros de cama– del PP y de ERC. Y en Cataluña se vivieron especialmente mal los ‘incidentes’ para forzar al Constitucional: retraso inaudito de la renovación reglamentaria del Tribunal, recusación del magistrado Pérez Tremps

Seguramente, una conducta más prudente del PP –en el que primó tanto el rechazo al Estatut como el intento de quebrar a Zapatero– no hubiera llevado al actual choque frontal entre el nacionalismo catalán y el español. Choque innegable cuando un millón de catalanes (lo que no presupone que fueran mayoritarios en las urnas) han salido a las calles dos años seguidos para reclamar la independencia.

Pero pese a que Rajoy no es el más cualificado para hablar de sentimientos, vínculos y afectos que él ha contribuido a debilitar, tiene razón en una cosa. Cuando tras las elecciones del 77 se acordó elaborar una Constitución (no había otra opción) existía una voluntad inicial de consenso y las dos fuerzas principales (UCD y PSOE) sabían que España necesitaba integrarse en la UE y que ello exigía construir una democracia de corte europeo. Y a este consenso se sumó con bastante rapidez el PCE de Santiago Carrillo (el catalán Solé Tura, luego socialista, fue su representante en la ponencia constitucional), los nacionalistas catalanes de Jordi Pujol (Roca Junyent estuvo en dicha ponencia), e incluso la mayor parte de Alianza Popular con Manuel Fraga a la cabeza.  

Rajoy dice que si ahora se abriera el melón de la reforma constitucional y no se lograra el consenso con el primer partido nacionalista catalán (hoy la CiU de Artur Mas, pero quizás dentro de poco la ERC de Oriol Junqueras) una Constitución votada sólo por el PP y el PSOE, con menos consenso que la del 78, no arreglaría nada. Y tiene razón en que ahora las fuerzas catalanas exigen un ‘derecho a decidir’ que constitucionalmente no existe en ningún país europeo. Y que CDC y ERC quieren la consulta como paso previo a la independencia. Si  la quieren –viene a decir Rajoy–, que la consigan si pueden (violando la Constitución y quedándose fuera de la UE), pero la reforma de la Constitución española nunca la podrá satisfacer.  

Rajoy tiene razón en que una reforma constitucional sin consenso con el primer partido catalán no arreglaría nada, pero el inmovilismo puede enquistar el problema independentista. Apostar sólo a que salte por los aires el actual consenso catalán no es buena políticaPlanteadas así las cosas, Rajoy está en lo cierto. Pero es un planteamiento-trampa. Es como si ante cualquier conflicto serio, una de las partes –que cree tener la sartén por el mango– dijera que como el acuerdo es imposible no vale la pena negociar. Es una actitud que puede llevar al enquistamiento del problema porque la vida suele arrollar a las leyes que no se adaptan a las nuevas realidades. Pero viendo lo que ha pasado tras la decisión de la Corte de Luxemburgo sobre la doctrina Parot y el malhumor de Aznar por la ‘blandura’ de Rajoy, también es posible colegir que el presidente no quiere imponer a su partido una reforma constitucional que le comportaría un serio desgaste.

Primero, ganar las elecciones del 2015 (sin subir la tensión interna en el PP) y luego ya veremos en función de los resultados. ¿Sería más flexible un Rajoy sin mayoría absoluta (si gana en el 2015 es lo más probable)? La historia nos enseña que Aznar en el 96, después de una campaña en la que acusó al PSOE de debilidad ante Pujol, no dudó, para conseguir el respaldo nacionalista, de presumir de hablar catalán en la intimidad y en ceder importantes competencias (por ejemplo sobre los Mossos) en base al ahora tan criticado artículo 150 de la Constitución.

Mientras tanto, la opinión pública catalana ve cómo Wert habla de “españolizar a los niños catalanes” (hay una generación que todavía recuerda aquello de “cristianizar a los negritos”) y cómo Montoro reduce el triple que en España la inversión pública en Cataluña. Quizás la esperanza de Rajoy sea que la frágil unidad catalana (de todos menos el PP y Ciutadans) acabe saltando por los aires. El PSC ya ha dicho que sólo quiere una consulta legal. Duran, como Iniciativa (aunque esta no exige legalidad), quiere una pregunta que abra la puerta a una tercera vía entre el inmovilismo actual y la independencia. Y mientras ERC exige la consulta sí o sí, Mas ha dicho que debe ser legal y que en último extremo habrá elecciones plebiscitarias (y ha indicado que desea agotar la legislatura catalana que acaba en el 2016).

Ante esta cacofonía, es posible que Rajoy piense que así como la dureza del PP logró quebrar la voluntad de Zapatero con el Estatut, ahora la negativa a negociar hará reventar las tensiones (que existen y son fuertes) en el amplio movimiento sobre el que Mas se ha montado explotando una irritación general por la sentencia del Constitucional pero sin valorar la división política (y el gran recelo empresarial) ante la vía independentista. Incluso es posible que Rajoy calcule que un radical Junqueras (si fuera el primer partido catalán) tendría menos fuerza de arrastre que un partido de tradición moderada como CiU.

Rajoy tiene sus razones para pensar que abrir el melón de la reforma constitucional no arreglaría nada (y puede ser en efecto demasiado tarde), pero no debe olvidar dos cosas. Una, que cuando el PP llegó al poder en 1996 el independentismo catalán era muy minoritario y ERC era una fuerza casi marginal en Cataluña. Y en Madrid no había pasado nunca de tener un diputado. Tras la segunda legislatura de Aznar tuvo ocho diputados en Madrid y fue la tercera fuerza en Cataluña. Y ahora, tras la sentencia y los ‘regalos’ Wert-Montoro, puede ser la primera. Dos, según la última encuesta de El Periódico de Catalunya (y otras dicen cosas similares) el 47,2% de los catalanes se siente independentista. Es un porcentaje muy alto, pero lo peor –para un presidente del Gobierno del PP– es que sólo el 16,8% dice que lo ha sido siempre. Las dos terceras partes de los independentistas de hoy (el 30,4% de los catalanes) se han ‘convertido’ en los últimos años. Por la sentencia del Constitucional y la actitud agresiva de gran parte del PP y de algunos socialistas como Alfonso Guerra o Rodríguez Ibarra. La crisis económica puede haber ayudado, pero no es suficiente. Prueba: la nueva presidenta andaluza es españolista.

Quizás la dureza de Rajoy pueda romper las piernas de Artur Mas, que ha cometido serios errores, pero que el 47% de los catalanes se sienta independentista es algo más profundo que puede convertirse en un dato fijo o crecer. Por eso, Rajoy no debe despreciar los consejos de dos políticos rodados y poco aventuristas como Duran i Lleida y Rubalcaba.     

Confidencias Catalanas
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