¿Es posible 'despujolizar' CDC?
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¿Es posible 'despujolizar' CDC?

La semana pasada vivimos en Cataluña un episodio que revela que la sombra de Jordi Pujol, el fundador de CDC, es más alargada de lo que

placeholder Foto: El expresidente de la Generalitat, Jordi Pujol. (Reuters)
El expresidente de la Generalitat, Jordi Pujol. (Reuters)

La semana pasada vivimos en Cataluña un episodio que revela que la sombra de Jordi Pujol, el fundador de CDC, es más alargada de lo que imaginaban algunos cachorros de su partido. El martes, Pujol –casi “eterno” presidente de la Generalitat y Padre de la Patria durante muchos años– sufrió la pena de “paseíllo” al tener que declarar en la Ciutat de la Justicia ante una juez de Barcelona que instruye uno de los casos en los que la familia está involucrada. Y ERC, que está apoyando al Gobierno Mas desde 2012 y que va a permitir que la legislatura catalana continúe al apoyar los presupuestos del 2015, votó –tras haberse opuesto en hasta cuatro ocasiones– a favor de la comparecencia de Artur Mas en la comisión de investigación parlamentaria sobre Jordi Pujol.[Lea aquí:La UDEF lanza una gran operación contra tres hijos de Pujol con 200 policías y 14 registros]

ERC justificó su cambio de criterio diciendo que hasta el momento votaba en contra porque esperaba que Artur Mas compareciera a petición propia en la Comisión de Asuntos Institucionales. Es muy posible que el cambio obedezca también a nuevas revelaciones en el sumario de las ITV sobre Oriol Pujol Ferrusola, el hijo del expresidente que fue secretario general de CDC (aunque delegó funciones tras su imputación) hasta pocos días antes de la confesión de su padre, en las que de alguna forma aparecía Mas.

Hasta aquí nada inesperado. Lo novedoso es que el voto de ERC a favor de la comparecencia de Mas –algo lógico en una comisión que ha citado hasta a JoséMaría Aznar y Felipe González– desencadenó la indignación y la cólera del Govern de la Generalitat. El conseller Homs acusó inmediatamente a ERC de ir contra las elecciones plebiscitarias –previstas, pero no convocadas, para una fecha tan inminente como el 27 de setiembre– al “distraer” al personal con otros asuntos. Y al día siguiente el conseller Santi Vila –quizás el más moderado del Govern y que mantiene buenas relaciones con la ministra Pastor– sorprendió todavía más ya que, pese a las críticas recibidas por Homs- insistió en la deslealtad de ERC. Sorprendente.

¿Cree el Govern que un partido diferente que le apoya (pero con cuyo líder han pactado darle el título de líder de la oposición) es desleal si vota que comparezca, en la comisión de investigación sobre Pujol, su antiguo consejero de Obras Públicas, luego de Economía y más tarde jefe de Gobierno, que fue nombrado sucesor por el mismo Pujol y que ha tenido en la secretaría general del partido hasta hace poco al hijo del president? No, no lo pueden creer pero reaccionan así porque el mando de Jordi Pujol fue tan fuerte que la vinculación Pujol-Mas se ha convertido en una seria amenaza para el proyecto de refundación. Ya el alcalde de Barcelona, Xavier Trias, dijo dos días después de la confesión que lo que Jordi Pujol tenía que hacer era desaparecer. Y quizás la sombra de la Comisión Pujol es una de las razones por las que CDC quería el adelanto electoral y la lista única con ERC y las entidades independentistas. Con adelanto electoral y lista única, la Comisión Pujol ya estaría enterrada. Y bien enterrada. No ha sido así, y ahora se irritan cuando Oriol Junqueras, que no ha supeditado su partido a la estrategia de Artur Mas, deja claro que CDC es CDC y ERC es ERC.

En el reciente libroLa gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol su autor, Lluís Bassets, cita un escrito suyo de 1998 en el que describe el pujolismo: “Un fenómeno de personalización del poder, una patrimonialización de la institución (la Generalitat) por parte de un partido (CDC), incluso en detrimento de su socio de coalición (Unió) e incluso una identificación de Cataluña con su presidente. El pujolismo sin ninguna duda se ha revelado así como un sistema de trabajo, una forma de instalación en el poder, una ideología pragmática y tacticista y al final un estilo personal multiforme capaz de imponerse a la coalición, al partido, a la institución y hasta al mismo país”. Claro ante un fenómeno tan fuerte los intentos de la nueva y joven dirección convergente (Josep Rull, Meritxell Borràs, la alcaldesa de San Cugat Mercà Conesa o Jordi Sánchez) de refundar son obligatoriamente difíciles. Un día Rull dice que la nueva CDC se tiene que caracterizar por la “tolerancia cero con la corrupción” y a la semana siguiente los consejeros Homs y Vila se lanzan contra ERC por algo tan elemental como pedir que uno de los políticos más ligados a Pujol comparezca en la comisión de investigación.

Y después está la ideología. Pujol era un nacionalista enrage (creo que en su fuero íntimo siempre soñó con la independencia), pero era también un pragmático genial. Tras su éxito en las elecciones de 1980 logró aunar en su partido desde antiguos alcaldes de Franco (no franquistas, pero sí acomodaticios) hasta jóvenes independentistas tan radicales como Miquel Sellares. Y se trabajó ser nombrado “Español del Año” por el ABC de Luís María Ansón mientras gente muy próxima llevaba pancartas de Freedom for Cataloniaya cuando los JJOO del 92. Pujol pudo ser el líder del catalanismo porque tenía una personalidad poliédrica –capaz de sintonizar al mismo tiempo con el alcalde Porcioles y con Antoni Gutiérrez Díaz, el líder del clandestino PSUC– y era un gran pragmático. En un momento dado pensaron –él y Miquel Roca– en convertir CDC en el PNC (Partit Nacionalista de Cataluña). Abandonaron. Convergència era un nombre menos comprometido y más abierto, más atrapa-todo.

Y Artur Mas –pese a ser un líder preparado, trabajador y racionalista– carece de la intuición y la personalidad camaleónica de Pujol. Y ha convertido un partido atrapa-todo, que predicaba el nacionalismo pero no quería las siglas PNC, en un partido ideológico que compite por ver quién es más independentista con ERC.

La transformación de un partido amplio, con corrientes, grupos y personalidades (estas bien sujetas, eso sí) en un partido ideológico y con un único líder no le ha sentado bien a CDC. Por eso, Mas no consiguió nunca el 46% de los votos y la mayoría absoluta que lograba Pujol y por eso cayó de 62 a 50 diputados en el 2012, tras la identificación de Mas con la manifestación independentista del 2012.

Y ahora la confesión del máximo líder y las “radiaciones Pujol”, como definía ayer Jordi Amat en La Vanguardia el rebote actual de la bomba nuclear de julio (la confesión del líder), hacen la vida muy difícil a un Gobierno en minoría y a unos jóvenes cuadros del partido que empiezan a experimentar que refundar un partido es un verbo más fácil de enunciar que de llevar a la práctica. Y la competencia de ERC –de más tradición, más independentista y nunca pujolizada– es dura de soportar.

Pero en España hacen mal en creer que el independentismo ha perdido la batalla. No es así. El independentismo ha topado con sus límites y sus divisiones. Mas propone cosas que suenan un poco estrambóticas, como abrir 45 nuevas embajadas (para parecer más fiero que Junqueras), pero tiene un proyecto y enfrente no tiene nada. El Gobierno Rajoy sólo propone continuidad, lo que choca frontalmente con el deseo de Cataluña de un mayor autogobierno. Y la propuesta de reforma federal del PSOE –que podría abrir una vía de diálogo– no tiene ni credibilidad ni operatividad mientras los socialistas sigan en la oposición.

CDC tiene serios problemas. Su socio de Unió, Durán Lleida, está crecientemente incómodo. Y la división con ERC puede agudizarse. Pero si España no hace sus deberes, que consisten en entender lo que quiere el 16% de su población, el 18,5% de su PIBy el 25% de la exportación… las cosas no irán bien. Aunque a Artur Mas le vayan regular o mal.

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