La estelada, vitamina del independentismo

Prohibir la estelada en la final de la Copa del Rey refuerza al Gobierno Puigdemont, condenado por la CUP a la 'inestabilidad estable'

Foto: Aficionados del FC Barcelona, con la estelada antes de la final de la Copa del Rey. (Reuters)
Aficionados del FC Barcelona, con la estelada antes de la final de la Copa del Rey. (Reuters)

No corren buenos tiempos para el independentismo. Por una parte, el secretariado de la ANC (Asamblea Nacional Catalana), la organizadora de las grandes manifestaciones del 11-S de los últimos años, atraviesa una seria división.

El sábado, reeligió presidente a Jordi Sánchez, un histórico independentista de izquierdas al que ahora se acusa de ser demasiado próximo a CDC, quizá por su conocida amistad con David Madí, el gran fontanero de Artur Mas en los tiempos finales del pujolismo y en los años de oposición al tripartito. Pero la victoria en el secretariado fue muy ajustada: 40 votos contra 35 para la editora de origen norteamericano Liz Castro, que había sido el miembro del secretariado mas votado entre los militantes de la ANC.

Muchos dicen que hoy Jordi Sánchez es un hombre próximo a Artur Mas mientras que Liz Castro está apoyada por ERC y por la CUP. Todo es más complejo, pero lo cierto es que la ANC, hasta hace poco una organización independentista unitaria y prestigiada, está sometida desde la primavera de 2015 a la lucha intestina entre el mundo convergente y el de ERC y la CUP. Y es significativo que el cabeza de lista de la CUP el pasado 27-S, el periodista Antonio Baños -del sector nacionalista de la CUP-, se haya posicionado a favor de Liz Castro.

Pero la división de la ANC -que va acompañada de cierta pérdida de activismo de sus militantes tras las 'plebiscitarias' del 27-S- no es lo peor que le pasa al independentismo. Lo más grave es su doble división interna. Por una parte, los intereses contrapuestos dentro de Junts Pel Sí de CDC y de ERC. Por la otra, la que enfrenta a la desunida JxS con la CUP, la plataforma antisistema.

El independentismo no vive sus mejores momentos y ahora la CUP amenaza con romper el pacto de estabilidad con JxS y no votar los Presupuestos

El 27-S, tanto Artur Mas como Oriol Junqueras proclamaron la victoria del independentismo: mayoría absoluta en el Parlament con 72 diputados sobre 135. Cataluña había votado ser independiente en 18 meses. Pero como ya escribí entonces, los resultados tenían otra lectura mas cierta. El total del voto de los partidos independentistas de la coalición Junts Pel Sí se había quedado en el 39,6%, por debajo del resultado logrado por CDC y ERC cuando concurrieron por separado en 2012. Al 47,8% solo se llegaba sumando el 8,2 obtenido por la CUP, una candidatura más antisistema que nacionalista. Y lo más grave es que la proclamada mayoría absoluta de 72 diputados solo era mayoría gracias a los 10 diputados anticapitalistas.

Fruto de esa divergencia, Junts Pel Sí se vio forzada a votar la famosa resolución del 11-N que proclamaba la desobediencia a las instituciones del Estado, incluido el Tribunal Constitucional, y el compromiso de la independencia efectiva en 18 meses. A cambio de la declaración rupturista, la CUP debía tolerar la investidura de Artur Mas. No fue así y en el último momento -cuando estaba a punto de cumplirse el plazo que obligaba a convocar nuevas elecciones- Artur Mas optó por entregar su cabeza. Pero con un precio: la CUP debía permitir la investidura de Carles Puigdemont, un político de CDC, y firmar un pacto de estabilidad de 18 meses, hasta la independencia.

Desde entonces, el pacto de estabilidad ha funcionado más mal que bien, ya que Junts Pel Sí y la CUP han votado en el Parlament de forma diferente en unas 60 ocasiones. Estaba ya claro la semana pasada que el Gobierno de Carles Puigdemont y de Oriol Junqueras, el poderoso líder de ERC que es además vicepresidente y 'conseller' de Economía, vivía en una continua 'inestable estabilidad', una aportación a la teoría política. No ya por las diferencias ideológicas entre CDC y ERC, sino fundamentalmente porque es tributario de un grupo antisistema y alérgico a la gobernabilidad, lo que le hace estar siempre pendiente de un hilo y de negociaciones hasta el último minuto. Les ahorro la descripción de alguno de esos agónicos forcejeos.

No obstante, lo del pasado domingo tiene mas relevancia porque la asamblea de la CUP de Esparraguera votó (por 281 votos contra 184) una enmienda en la que se apuesta por “liberarse” del pacto de estabilidad con Junts Pel Sí debido a que la acción política desarrollada desde enero no es suficientemente rupturista. Y refiriéndose a los Presupuestos de la Generalitat -cuya aprobación es casi absolutamente necesaria para la gestión del Gobierno-, indica que la CUP “no entrará en ninguna dinámica que suponga avalar unos Presupuestos que no planteen la desobediencia frontal a las imposiciones del Estado”. Y el portavoz cupero, Xavier Generó, puntualizó que el acuerdo de estabilidad es “papel mojado”.

El Govern se ha acostumbrado a una "inestabilidad estable" y es difícil que haya ruptura con la CUP porque ninguno tiene interés en otras elecciones

Una lectura normal de la reunión de Esparraguera diría que la CUP pone contra las cuerdas al Gobierno Puigdemont-Junqueras y se prepara para romper el ya desavenido frente independentista, lo que acarrearía unas nuevas elecciones. Incluso el propio Artur Mas lo ha admitido así, al decir que sentía “alucinaciones” ante la conducta irresponsable de la CUP.

Es seguro, pues, que habrá mucho ruido y mucha agónica negociación respecto a los Presupuestos que Oriol Junqueras presentó ayer, pero no creo ni que haya ruptura definitiva ni todavía menos que haya nuevas elecciones. Artur Mas ha reaccionado con cierta contundencia contra la CUP porque respira por la herida y porque Francesc Homs -el candidato de CDC a las elecciones españolas- necesita recoger todo el voto catalanista de orden. El 20-D, CDC quedó en cuarta posición (ocho diputados frente a 16 en 2012), por detrás del denostado PSC, y repetir esos resultados sería como descender a segunda división. A CDC no le convienen unas nuevas elecciones catalanas porque las últimas encuestas (la de 'El Periódico' de primeros de mes) le dan solo 21 diputados, cuando en 2012 (la ultima vez que CDC fue sola a las autonómicas) sacó 62 escaños.

Tampoco le interesan a la CUP. Que sus 10 diputados sean necesarios para que JxS pueda gobernar le da gran fuerza y visibilidad. Lo racional -desde su punto de vista- es ganar cuota de pantalla exigiendo siempre más pero sin llegar a romper (como hizo cuando forzó a Mas a retirarse). Su estrategia se podría resumir en aquello de: “Atornillo, luego existo”. Y si hubiera nuevas elecciones, la CUP podría perder fuerza (las encuestas dicen que pierde tres de sus 10 escaños). Podría atornillar menos. Y lo mismo les pasaría si al final los Presupuestos (hipótesis casi imposible) fueran aprobados con el voto de Podemos o del PSC.

Lo más probable es, pues, que el pacto se tambalee hasta el último minuto pero que se aprueben los Presupuestos. Junqueras ya ha presentado un importante incremento del gasto social que en principio debería seducir a la CUP e incluso aboga por una ligera rebaja del IRPF para las rentas inferiores a 37.000 euros que sería compensada con un pequeño aumento a las superiores a 100.000. CDC no está de acuerdo -y menos ante las elecciones españolas-, pero tampoco querrá ser la responsable del fin del Gobierno independentista. Y menos por proteger a los ricos.

Pero incluso si la CUP no vota los Presupuestos, el Gobierno podría prorrogar los actuales y sobrevivir. A CDC no le interesan nuevas elecciones y ERC, a quien las encuestas dan como ganadora con 40 escaños, cree que va ganando credibilidad con su arbitraje entre la 'conservadora' CDC y los anticapitalistas. El propio Junqueras está suavizando cualquier imagen radical en sus contactos con el empresariado e incluso negociando con Madrid. En pocas semanas, se ha visto con la vicepresidenta, con Cristóbal Montoro y sobre todo con Luis de Guindos, con el que parece haber establecido una cierta complicidad. ERC tampoco apostará por nuevas elecciones, al menos hasta haber exhibido toda su voluntad y capacidad negociadora.

Que García Albiol y Alberto Fernández Díaz se tengan que desmarcar de la prohibición indica que el PP toma decisiones sin calibrar las consecuencias en Cataluña

Lo más previsible es que el Gobierno catalán sobreviva -se perpetúe- en su “inestabilidad estable”. Y la pasividad e inmovilidad del Gobierno Rajoy ayuda. Un Gobierno español que no se ha dado todavía cuenta de que su actitud ante el Estatut alentó el fervor independentista, que ha saltado de un apoyo del 20-25% antes de Rajoy al 47,8%, reconforta el instinto separatista. Un Gobierno que niega el pan y la sal a cualquier propuesta de tercera vía, alienta la ruptura. Máxime cuando Rajoy -inexplicablemente- no solo no ha negociado nada sino que ni ha sabido incorporar a su Gobierno a nadie representativo de la sociedad civil catalana como incluso Aznar -el más claro exponente del nacionalismo español- hizo con los entonces jóvenes promesas ajenas al PP, Josep Piqué y Anna Birulés.

La pasividad solo se ha alterado con el continuo recurso al Constitucional y por las querellas contra el Gobierno catalán por la seudoconsulta del 9-N.

Si después de cuatro años todo lo que se le ocurre al Gobierno de Madrid es prohibir la estelada (la bandera catalana con la estrella independentista) en la final de la Copa del Rey -y encima hacer el ridículo al ser desautorizado por el juez competente-, el Gobierno Puigdemont-Junqueras puede dormir bastante tranquilo. Vive en una 'inestabilidad estable' por la sombra permanente de la CUP, la mayoría de la población no secunda el separatismo y menos todavía el unilateralismo de la declaración del 9-N de 2015… pero mientras en Madrid crean que prohibir esteladas es lo razonable, los partidos no independentistas lo tienen muy difícil para que la imagen de una España menos cerrada y más plural recupere credibilidad y supere la desafección advertida ya por José Montilla antes de la famosa sentencia del Constitucional.

A muchos lectores de Madrid les puede parecer un juicio exagerado. Pero no es así. Incluso el líder del PP catalán, García Albiol, y el líder en el Ayuntamiento de Barcelona, Alberto Fernández Díaz -el hermano del ministro del Interior, con el que siempre ha tenido gran sintonía política-, optaron la semana pasada por desmarcarse de la prohibición. Y, claro, cuando Rajoy dice que la prohibición es cosa de Concepción Dancausa, la delegada del Gobierno en Madrid, y que ese no es un asunto de su competencia, solo logra empeorar las cosas. García Albiol y Fernández Díaz (Alberto) defendiendo la estelada en Madrid es la prueba del nueve de que el Gobierno Rajoy no acierta -o peor, no tiene ningún interés en acertar- en su política respecto a Cataluña.

¿Prohibir la estelada hace que Rita Barberá o Juan Cotino, el director general de Policía de Aznar que al parecer -lo investiga un juez- cobraba comisiones con la visita del papa Ratzinger en 2006, ocupen menos espacio en los diarios? Quizá sí, pero indica total ausencia de sentido de Estado. Y si los nacionalistas españoles carecen de sentido de Estado…

Confidencias Catalanas
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