Todos pendientes de Berlín

Entramos en días decisivos y un Puigdemont indeciso y presionado no ha tomado todavía la decisión

Foto: El nuevo semanario catalán 'La República'se estrenó con una entrevista a Puigdemont el pasado sábado 28 de abril. (EFE)
El nuevo semanario catalán 'La República'se estrenó con una entrevista a Puigdemont el pasado sábado 28 de abril. (EFE)

Lo que pasa hoy en Cataluña está claro. Lo que pasará de aquí al 22 de mayo sigue siendo una incógnita. Todo el mundo es ya consciente -y así lo hemos contado- de que tras la mayoría secesionista de las elecciones de diciembre pasado, Puigdemont tiene la última palabra. Con la quincena larga de diputados incondicionales que el PDeCAT le dejó meter en su candidatura de JxCAT (34 diputados electos), si no se rompen los bloques, la mayoría independentista no puede elegir 'president' sin el visto bueno de Puigdemont. Y no hay mayoría alternativa.

El PDeCAT montó JxCAT y permitió que Puigdemont liderara la candidatura para evitar que ERC ganara las elecciones. De hecho, es difícil entender la reciente evolución de la política catalana sin admitir que la lucha cainita (aunque formalmente educada) entre la antigua CDC y ERC por liderar el catalanismo independentista y mandar en la Generalitat ha sido un factor fundamental.

Artur Mas se radicaliza, tras perder 12 diputados en 2012 para intentar evitar que ERC lidere el catalanismo independentista. Y en el momento decisivo del 27-O del año pasado, parte de ERC (Marta Rovira y el tuit de Rufián) critica la intención de Puigdemont de convocar elecciones, pese al silencio más bien transigente de Junqueras. Tesis: que Puigdemont ceda ante Madrid y convoque elecciones sin el apoyo de ERC y Junqueras será 'president' sin tenerse que bajar del autobús. Entonces, el sector más radical del PDeCAT (Jordi Turull, Josep Rull y el hoy desaparecido Lluís Corominas) convence a Puigdemont de que no puede convocar elecciones porque llevarían al triunfo de ERC y la ruina de la antigua CDC.

Por eso nace luego la extraña lista de JxCAT con Puigdemont de número 1 y en la que el PDeCAT acepta un papel subordinado. El objetivo es evitar que Junqueras gane el 21-D, o lograr que su victoria sea mínima. El resultado es kafkiano. Gana Inés Arrimadas con 36 escaños, pero es una victoria estéril porque hay mayoría independentista. Y además lo que hace Cs es criticar y atacar a sus posibles socios. Al PP no le ayuda a formar grupo parlamentario. Al PSC le acusa de estar pendiente del independentismo. Y a los comunes los considera de otra galaxia.

La lucha por el liderazgo del independentismo entre la antigua CDC y ERC ha marcado la política catalana de los últimos años

Junqueras pierde porque queda tercero con 32 escaños y además está privado de libertad. Y el PDeCAT cae prisionero de Puigdemont, que manda sobre una quincena larga de los 34 diputados de JxCAT, que pierde ante Cs pero gana a Junqueras. Todos queda en manos pues de Puigemont, que además salió reforzado hace un mes con su detención y posterior liberación en Alemania tras la hasta el momento fallida euroorden del juez Llarena.

Ahora ya no es el independentismo sino toda España la que está pendiente de Puigdemont. El secesionismo aprobará esta semana una nueva Ley de Presidencia para que Puigdemont pueda ser elegido a distancia. Pero tras el dictamen contrario del Consell de Garanties Estatutàries (una especie de Consejo de Estado catalán), el Parlamento catalán no la va a poner en práctica. Alguien dice que solo es un guiño a Puigdemont porque abre la puerta a su elección en un futuro más o menos lejano a cambio de que permita la elección de un presidente provisional.

Pero nadie sabe a ciencia cierta (tanto en ERC como en el PDeCAT hay alarma) la decisión de Puigdemont, que siempre ha sido un político algo imprevisible pero con una empatía con su electorado superior a la de Artur Mas.

Dos noticias del fin de semana ilustran la sensación de soledad y duda, pero al mismo tiempo de ambición y resolución en la que Puigdemont se debe debatir ahora en Berlín. La primera es una entrevista en el dominical del londinense 'The Times'. Puigdemont habla casi como un derrotado: “Mi opción más realista es no tener un plan de futuro. En el peor de los casos seré extraditado a España y mi futuro serán decenios de prisión. En caso contrario, probablemente pasaré muchos años en el exilio”. Después justifica su actitud diciendo que “si todos los miembros del Gobierno (el destituido por el 155) estuvieran en la cárcel, nadie hablaría de nosotros”. Es un nosotros vago. ¿De los 'consellers', de Cataluña? Y acaba diciendo que no quiere hacer ninguna concesión a la tristeza pero que le duele no poder besar a sus hijas Magali y María de 10 y 8 años cada noche ni contarles cuentos: “Es imposible acostumbrarse a esta situación. Están asustadas. Lo puedo ver en sus ojos”.

Pero este exiliado solitario que aparenta debilidad tiene también una gran capacidad de resistencia y de testarudez. En la misma entrevista dice que su error fue no proclamar la independencia inmediatamente después del referéndum, algo que suena bastante estrafalario aun considerando los graves errores de aquel día del ministro Zoido. Y sabe mantener firme a su quincena de diputados incondicionales. Así, cuando el sábado pasado la portavoz del PDeCAT, María Senserrich, afirmó que el nombre del futuro 'president' debía ser aprobado por todos los diputados del PDeCAT (léase no impuesto por Puigdemont), la reacción fue brutal.

El presidente del Parlament, Roger Torrent (d), y el vicepresidente primero, Josep Costa. (EFE)
El presidente del Parlament, Roger Torrent (d), y el vicepresidente primero, Josep Costa. (EFE)

La alcaldesa de Girona, Marta Madrena (colocada por Puigdemont), respondió: “Si debe haber un candidato debe ser Puigdemont, o el que diga Puigdemont. Y naturalmente tendrá todo el apoyo de todo el grupo parlamentario de JxCAT. Salvo, claro, que se quiera ir a elecciones”. Y Josep Costa, vicepresidente del Parlamento y puigdemontista notorio, la secundó: “Se puede decir más alto pero no más claro. Presidente ya tenemos uno y nadie se plantea buscarle sucesor por el solo hecho de que a España no le guste”.

Puigdemont se debate entre el miedo a la cárcel o a un largo exilio y la voluntad de seguir mandando en la política catalana a través de sus incondicionales

El Puigdemont que se expresa a través de estos tuits de dos de sus incondicionales no es el hombre angustiado de la entrevista en 'The Times', sino un político con ínfulas de César que se siente amenazado por el partido que le hizo presidente y le ha dado los medios para presentarse a las elecciones y que no duda en abordar el conflicto disparando toda su capacidad de chantaje. Primero, al PDeCAT. Luego a ERC. ERC ya lo sabe y se inclinará. De todas formas, a ellos no les toca la presidencia. Pero el PDeCAT puede discutir y hacer que Puigdemont tenga que prolongar la negociación para asegurarse un presidente lo suficientemente obediente hasta el último minuto. ¿Con riesgo de que haya que ir a elecciones por accidente? ¿La única salida es un presidente títere?

¿Qué hará finalmente el hombre de Berlín? Nadie lo sabe. Quizás en este momento él tampoco. Desconcierta que ante una situación tan complicada, la reacción de Inés Arrimadas -la líder de Cs- sea tan poco elaborada al decir (titular de 'El Mundo' de ayer): “Rajoy tiene que explicar por qué Puigdemont aún vota y cobra”. Y añade: “35 años de nacionalismo no se curan en 35 días”.

La líder de Ciudadanos en Cataluña, Inés Arrimadas. (EFE)
La líder de Ciudadanos en Cataluña, Inés Arrimadas. (EFE)

¿Qué había que haber hecho? Prohibirlo cuando durante esos 35 años ganó las elecciones en Cataluña y ayudó a la gobernabilidad de España, primero con la UCD y luego con Felipe González, José María Aznar y Rodríguez Zapatero. Si en 2010 España evitó el rescate no fue porque el PP respaldara por patriotismo la inevitable política de rigor que Zapatero fue obligado a tomar, sino porque Artur Mas y Duran i Lleida (ya en desacuerdo en muchas cosas) decidieron que lo mejor para España (y Cataluña) era abstenerse y dejar pasar los recortes. Artur Mas, aunque fuera solo por una vez, acertó. Cs tenía entonces tres diputados en el Parlamento catalán e Inés Arrimadas no debía de militar ni en el partido.

Ahora todos pendientes del exiliado de Berlín. Una clara muestra de que la capacidad política de los catalanes -y de su sociedad civil- es bastante limitada. Y lo mismo se puede decir de los líderes políticos españoles.

Confidencias Catalanas
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