ERC inicia la doma de Puigdemont

El discurso de Torra fue de un gran maximalismo verbal, pero el independentismo está empezando a digerir el fracaso de la DUI del 27 de octubre

Foto: El presidente de la Generalitat, Quim Torra, junto al 'conseller' de Interior, Miquel Buch, saluda al ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska. (EFE)
El presidente de la Generalitat, Quim Torra, junto al 'conseller' de Interior, Miquel Buch, saluda al ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska. (EFE)

Esta semana, cuando se ha cumplido un año de la aprobación por el parlamento catalán de la ley de referéndum y de la ruptura con España, ha sido desconcertante. Discurso muy radical de Torra el martes que fue —al menos en apariencia— un obús contra la política de desinflamación de Pedro Sánchez. Luego, una Junta de Seguridad de Cataluña el jueves, copresidida por Torra y Grande Marlaska, que fue —también al menos en apariencia— una luna de miel. Marcos Lamela lo explicó perfectamente el viernes en este diario.

Pero en el fondo ha sido una semana de la que se puede colegir que el independentismo ha empezado a digerir la derrota de la declaración unilateral de independencia del 27-O, que fue compensada solo en parte por su ajustada mayoría absoluta en las elecciones del 21-D y la posterior recuperación de la Generalitat.

El secesionismo ha empezado —de forma oblicua o por omisión— a admitir errores. La prueba es que los días 6 y 7 —primer aniversario de las leyes de desconexión— no han sido jaleados. Aunque no lo diga, el independentismo reconoce que ya no puede defender la aprobación de unas leyes, por la vía de urgencia y en lectura única, que violaban no solo la Constitución sino el Estatut y que fueron criticadas por el Consell de Garanties Estatutraries de Catalunya y por los propios letrados del Parlament. La estrella de la celebración ni ha sido Puigdemont ni Torra, sino el exdiputado Joan Coscubiela que entonces se erigió en el gran censor de la operación y que fue calurosamente aplaudido por toda la oposición.

El clima de la Junta de Seguridad del jueves indica que la Generalitat no quiere volver, al menos por el momento, a las barricadas

El independentismo ha desertado del 6 y 7 de setiembre y prefiere reservarse —tras la Diada del martes— para el 1 de octubre, cuando las fuerzas de seguridad del Estado reprimieron, de forma desproporcionada y retransmitida por las televisiones de todo el mundo, un referéndum ilegal. Y luego el ministro Zoido continuó como si no hubiera pasado nada tras que el PSOE —después de un torpe conato de censura a Soraya Sáenz de Santamaría optara por el silencio ante una brutalidad excesiva, consecuencia de una manifiesta incompetencia al no saber encontrar ni una de las 6.000 urnas que entraron clandestinamente en Cataluña. Lo relevante es que el secesionismo no ha celebrado, porque le avergüenza, aquellas desgraciadas dos jornadas que muchos creen que ya eran motivo suficiente para que Rajoy hubiera recurrido al 155.

Antes, el martes 4, el 'president' Torra pronunció una muy anunciada conferencia en la que se reivindicaron todas "las glorias" del independentismo y se pontificó que el referéndum del 1 de octubre y la DUI del 27 eran puntos de partida irrenunciables. Pero este maximalismo verbal —con una visión poética del independentismo y un desprecio inaceptable a la democracia española— no fue acompañado de ninguna hoja de ruta que apuntara a otra intentona unilateral. Mucho ruido y una única nuez, el anuncio de que no aceptaría una sentencia condenatoria del Supremo. Pero no concretó tampoco esa no aceptación, sino que sugirió su posible dimisión y la convocatoria de nuevas elecciones. Tiene todo su derecho a disolver en el momento que crea conveniente, no habría nada inconstitucional en eso.

ERC inicia la doma de Puigdemont

Torra hizo un discurso radical para quedar bien con el independentismo, incluso el más exaltado, pero sin apuntar a ningún acto de desobediencia a la legalidad constitucional. ¿Perro ladrador poco mordedor? En realidad, el independentismo sabe que —hoy por hoy— no puede intentar otra DUI porque la sociedad catalana no lo entendería, porque se encontraría ante otro 155 y porque en el resto de España favorecería a los partidos más contrarios.

Cierto que al día siguiente Torra dijo en Catalunya Radio la fanfarronada de que no descartaba liberar a los presos si eran condenados. Otro verbalismo que fue descartado 'ipso facto' por la 'consellera' de Justicia, Esther Capella, de ERC y hasta hace poco diputada en Madrid.

Cuando Tardà dice que solo un estúpido cree que es posible la independencia con el apoyo del 50%, expresa en voz alta lo que cree la cúpula de ERC

Y la luz se hizo cuando a las pocas horas del discurso de Torra, el diputado Joan Tardà, un ícono de ERC que últimamente actúa de portavoz oficioso de lo que cavila (no forzosamente decide) la cúpula de ERC lanzó su bomba: solo un estúpido puede creer que la independencia se puede alcanzar con el apoyo de un 50% de la población. Como todos los parlamentarios independentistas votaron la DUI el 27-O con el apoyo del 47%, a qué uno se refiere ahora Tardà? ¿A Puigdemont y sus amigos? ¿Al propio Torra?

La realidad es que el borrador de discurso de Torra, pactado con Puigdemont, fue rectificado luego, en negociación amable pero cuidadosa, con Pere Aragonès, el vicepresidente del Govern que hace de líder de ERC desde poco después de que Junqueras entrara en prisión. ERC dejó pasar todo el maximalismo verbal —la feligresía separatista convenía que quedara satisfecha—, pero se cuidó muy mucho de que no hubiera nada que implicara un choque irreparable con el Gobierno de Sánchez que pudiera embarrancar definitivamente la distensión entre los dos gobiernos. Y parece que gente del PDeCAT, e incluso "puigdemontistas" radicales, tampoco quieren nada que pueda resucitar al 155.

El portavoz de ERC, Joan Tardà. (EFE)
El portavoz de ERC, Joan Tardà. (EFE)

La prueba de que en la realidad Torra no disparaba contra Pedro Sánchez es que la Junta de Seguridad del jueves transcurrió con normalidad, lo que —dadas las circunstancias— significa bastante o muy bien. Grande Marlaska está dispuesto a que los Mossos se integren más en el operativo antiterrorista —es lógico porque son legalmente la policía de Cataluña—, hubo acuerdo algo vago en rebajar la tensión por los lazos amarillos (se han incrementado desde la campaña de Rivera en contra), y la llegada de nuevas fuerzas policiales a Cataluña con motivo del 11-S y de los aniversarios del 1-O y del 27-O, una clara advertencia del gobierno Sánchez que había sido criticada por el 'agit-prop' independentista, no originó ninguna tensión. Al menos pública.

Conclusión, el gobierno de la Generalitat ladra fuerte y remacha el credo independentista pero, al menos a corto, no hará nada rupturista y apuesta por mantener la cooperación, aunque sea conflictiva, con el actual gobierno de Madrid.

Torra es vicario de Puigdemont, pero a la hora de gobernar está condicionado por ERC, que tiene 32 diputados frente a los 34 de Junts per Catalunya (no todos puigdemontistas), y que ha decidido que el aventurismo no puede volver a ser la enfermedad infantil del independentismo.

Oriol Junqueras, Roger Torrent, presidente del parlamento catalán, el diputado Tardà, Carles Mundo, 'exconseller' de Justicia que fue compañero de celda de Junqueras, el vicepresidente Pere Aragonés, Sergi Sabrià, el portavoz parlamentario en Cataluña, Alfred Bosch, el líder municipal de Barcelona… todos son independentistas, quizás más convencidos que los exconvergentes y sus nuevos amigos. Pero también están decididos y conjurados para que ERC no quede supeditada a nadie, antes a Artur Mas ahora a Puigdemont. Apuestan por la unidad del independentismo…, pero no a cualquier precio. No al precio de tener que seguir las intuiciones de Puigdemont, que les engañó al exilarse unilateralmente. En especial si Puigdemont propone otro grave error como el del 27-O. E intuyen que algunos puigdemontistas tampoco querrán lanzarse al vacío desde un quinto piso si esa fuera la orden de Puigdemont.

Torra es un presidente muy condicionado, pero no solo por Puigdemont, también por ERC que no quiere repetir el grave error del 27-O

¿Es Torra un puigdemontista, guerrero en el verbo, pero pragmático en el día a día? Está condicionado por dos hechos irrefutables. Es, le guste o no, presidente de una CCAA de España, y carece de mayoría sin el acuerdo de ERC. Y los republicanos no quieren volverse a equivocar y creen que es mejor que el gobierno de España lo presida Pedro Sánchez que Pablo Casado o Albert Rivera.

Ayer, unas declaraciones de Oriol Junqueras a Xavier Barrena y Fidel Masreal en 'El Periódico de Catalunya' confirmaban la posición de ERC. Lean: queremos una izquierda que apueste por la centralidad y el progreso; nos empujaron a la unilateralidad, pero siempre hemos preferido la bilateralidad (la negociación); la política de frentes alimenta el frentismo y es ineficaz para cohesionar un país.

El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, y el líder del PP, Pablo Casado. (EFE)
El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, y el líder del PP, Pablo Casado. (EFE)

Luego, eso sí, patada al PSC —en el que debe ver un competidor en la lucha por la centralidad de izquierdas—, pero no por estar ligado al PSOE, sino por demasiado cercano a Cs. Para Junqueras —es ciertamente original— Iceta debe ser algo intermedio entre Rivera y Pedro Sánchez.

También el sábado Pere Aragonès dijo que ERC se sentía muy cómoda con el discurso de Torra. Es lógico, el borrador de la conferencia fue redactado por Torra bajo la influencia de Puigdemont, luego llegó Aragonès con la rebaja.

Puigdemont, hombre decidido y sorprendente, ha tenido una victoria clara en Alemania frente al Tribunal Supremo, para muchos independentistas es un referente e incluso un héroe, manda mucho en Cataluña, pero se está comprobando que no tiene la última palabra. Pedro Sánchez está en la Moncloa porque el grupo parlamentario del PDeCAT en Madrid no le obedeció. Ahora su discurso, vía Torra, que debía fijar la hoja de ruta secesionista de los próximos meses ha salido menos unilateral de lo que quería. Pero seguirá. Está condenado a intentar dominar la política catalana si no quiere acabar como un jubilado exilado y solitario. Pero ERC y parte del PDeCAT saben que el independentismo no puede atar su estrategia a las necesidades o fantasías del hombre de Waterloo. Y desean encontrar un arreglo —aunque sea malo— al juicio del Supremo.

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