Inquietos y fragmentados

La desunión paraliza al independentismo. Bloquea la rectificación pero impide la vuelta a las iniciativas 'maximalistas' del 2017

Foto: Carles Puigdemont y Oriol Junqueras en una foto de archivo. (EFE)
Carles Puigdemont y Oriol Junqueras en una foto de archivo. (EFE)

El independentismo, pese al dogmatismo oficialista de muchos de sus cardenales y la inaccesibilidad al desaliento de buena parte de los creyentes -sin excluir el desánimo de otros- se interroga sobre su pasado: ¿Por qué fracasó la proclamación de la independencia del pasado 27 de octubre? Sobre su presente: ¿Qué debe hacer el actual gobierno de la Generalitat, intentar acuerdos con Pedro Sánchez, o denunciarlo como un Rajoy bis? Y sobre el futuro:

¿Debe buscar el momento adecuado para volverlo a intentar (el 'president' Quim Torra y Elisenda Paluzie de la ANC lo repiten a menudo), o reconocer -el diputado Tardá llegó a explicitarlo- que sólo un estúpido puede creer que con el 47% se puede conseguir la independencia? Pero entonces, ¿Puigdemont y Junqueras, que no se entendían en nada y siguen sin entenderse, fueron dos estúpidos seguidos de un ejército de estúpidos el año pasado?

El 'puigdemontismo' apuesta por el 'maximalismo' y frena- sin poder vetar- los intentos de diálogo con el Gobierno de Madrid

Este principio de examen de conciencia lo hace el secesionismo no sólo muy dividido sino partido y fragmentado. Hay una primera línea divisoria. Puigdemont y los 'puigdemontistas' de Junts pel Si tieden a seguir en el maximalismo. Y las CUP y la ANC serían la frontera exterior e interior de este maximalismo. Por el contrario, los dirigentes de ERC, que son independentistas desde hace muchos años pero que hasta la conversión de Artur Mas-Pablo de Tarso coexistieron más mal que bien con el Estado (Heribert Barrera fue diputado pero no votó la Constitución mientras Pujol, Roca y CDC ayudaban a redactarla), tienden a reconocer en voz no muy alta (no hay que desanimar a nadie) que hubo errores y que ahora se trata de construir, sin radicalismo, una mayoría sólida y que ello debe hacerse dentro de las instituciones y sin renunciar al objetivo final.

Pero estas fronteras son borrosas. El antiguo (pero reciente) PDeCAT, que fue el que presentó a Puigdemont, está muy dividido y mientras Carles Campuzano, el veterano diputado en Madrid, defiende el diálogo sin renuncias dentro del marco legal, la también diputada y ojo de Puigdemont en el Congreso, Miriam Nogueras, habla de ruptura y acaba vetando lo que pocos días antes había aprobado y Campuzano, cual moderna Penelope, había tejido. Causa: la orden de Puigdemont.

El portavoz del PDeCAT, Carles Campuzano. (EFE)
El portavoz del PDeCAT, Carles Campuzano. (EFE)

Otra contradicción más barroca. Torra y Paluzie hablan de buscar el momento adecuado para lo que Rivera calificaría de otro golpe de Estado. Pero mientras Torra acaba de pedir que la deuda de la Generalitat con el Estado se convierta en deuda perpetua, lo que implica negociar y mantener buenas relaciones, Paluzie quiere amenazar a Torra exigiendo la independencia verdadera antes de fin de año o la inmediata disolución del Parlament. Claro Torra está más en la literatura que en la política y Paluzie en la onda revolucionaria, pero no la de las CUP.

El independentismo de hecho ya no tiene mayoría desde que la CUP se negó a investir a Turull el día anterior a que Llarena lo enviara a prisión

Y de hecho las CUP se han salido de la mayoría independentista porque no confían en Torra, aseguran que no votarán los presupuestos y con la abstención de sus cuatro diputados impidieron la elección de Jordi Turull como president un día antes de que el juez Llarena le enviara a prisión acusado de rebelión. Algo bastante difícil de justificar para la mayoría de independentistas, que prefieren olvidarlo.

Esta fragmentación, cada día más evidente pero confusa, impide que el secesionismo se pueda mover en alguna dirección. Está paralizado y a nadie le gusta ser vilependiado como hereje en las redes sociales.

En los últimos días el separatismo ha reafirmado su fe en la masiva (algo menos densa que otros años) manifestación del 11 de setiembre. Unos 15.000 según la Guardia Urbana (Ada Colau los suele contar con simpatía) se manifestaron el jueves ante la Consellería de Economía para protestar contra la prisión de los Jordis. Una cifra no excesiva e inferior a la de hace un año. Era dia laborable me dice un militante. Si, como el año pasado. Y una treintena de tiendas de campaña se han erigido en la plaza de San Jaime (ante la Generalitat y el ayuntamiento) como signo de fiera rebelión y negocian una retirada provisional para que se pueda celebrar como cada año la fiesta mayor de Barcelona.

Si, hay movilización, pero no parece que por el momento estemos cerca del otoño caliente y superconflictivo que -por una vez de acuerdo- anunciaban tanto los separatistas mas irreductibles como los unionistas mas intransigentes. Hay algo de desinflamación.

Tiene lógica porque a la revolución no se va pidiendo convertir en perpetua la deuda del FLA (Torra) ni volviendo, aunque sea de boquilla, a una comisión que estudia la financiación autonómica (un mandado de Pere Aragonès), ni incluso queriendo negociar los presupuestos de Sánchez a cambio de que se ordene a la fiscalía que se rebajen las calificaciones penales de los “presos políticos”. Se puede opinar lo que se quiera de esta propuesta de presupuestos por presos, pero suena mas a Roca Junyent -al que Alfonso Guerra despreció algún día bautizándole de “er mercader”- que a voluntad real de ruptura con el Estado.

El cierre del Parlament por disensiones internas indica que el secesionismo no sabe salir del laberinto en el que se metió hace un año

Sin duda lo más incoherente es que en este momento -que el secesionismo califica de trascendental para el futuro de Cataluña- el parlamento permanezca cerrado desde mediados de julio. Y el templo de “la soberanía catalana” está paralizado porque los 'puigdemontistas' y ERC no se ponen de acuerdo sobre cómo afrontar la decisión del Supremo de inhabilitar a los diputados encausados por rebelión. Esta media docena de diputados ya no cobran su retribución porque alguna autoridad catalana no ha osado desobedecer, pero los 'puigdemontistas' no quieren aceptar la inhabilitación -al menos la de Puigdemont que si es inhabilitado perdería la posibilidad teórica de volver a ser elegido president esta legislatura- mientras que otros, entre ellos los de ERC, buscan alguna fórmula para no volver a rebelarse y evitar nuevos procesos. Algunos incluso murmuran que los de JuntsxCAT lo que quieren es la inhabilitación de Roger Torrent, el presidente del Parlament, que es una estrella ascendente de ERC. La pelea es todavía mas incomprensible, al menos para una mentalidad racionalista, por cuanto Llarena esta vez ha brindado una solución práctica: que los diputados suspendidos sean sustituidos provisionalmente -en espera de la sentencia del Supremo- por otros tantos del mismo grupo parlamentario con lo que no se alteraría el equilibrio de fuerzas en el parlamento.

Si el independentismo no logra un acuerdo desde mediados de julio para que el parlamento catalán vuelva a celebrar plenos es que algo está podrido. La derrota fáctica del 27-O está ahí, pero no es asumida por varios motivos. Uno, y relevante, es que -pese a todo- la victoria separatista del pasado 21-D se hizo bajo la bandera de la República soberana y, en gran parte, pidiendo el retorno del president Puigdemont que para muchos catalanes encarna la legitimidad (al menos la romántica).

El secesionismo se interroga en su laberinto y no sabe encontrar la salida. No es bueno para Cataluña, que está tan dividida como el independentismo. Tampoco para España porque una crisis institucional que dura ya al menos ocho años -desde la sentencia del Constitucional- no ayuda a la estabilidad.

Rajoy se dio cuenta muy tarde y por eso se lo pensó mucho antes de recurrir al 155 y lo hizo de forma prudente. Temo que Rivera y Casado piensen como el Rajoy del 2006 que apostó a que el anticatalanismo le daría votos en España y le podría librar de Zapatero. Pero a Zapatero no lo hundió el Estatut del 2006 ni la negociación con ETA sino la crisis mundial mas grave desde 1929. Sería bueno que Rivera y Casado no tropezaran otra vez con la misma piedra que Rajoy.

Confidencias Catalanas
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