Puigdemont, el Paléologue catalán

Ha sido el bufón cuyo comportamiento errático ha impedido alcanzar 'in extremis' un acuerdo que salvase los muebles, quien ha acabado por provocar el resultado que nadie quería

Foto: El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont (c), junto al vicepresidente del Govern y 'conseller' de Economía, Oriol Junqueras, y la presidenta del Parlament, Carme Forcadell. (EFE)
El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont (c), junto al vicepresidente del Govern y 'conseller' de Economía, Oriol Junqueras, y la presidenta del Parlament, Carme Forcadell. (EFE)

A veces, hay decisiones que se toman sin que nadie las apoye; en los casos más extremos, incluso con el rechazo de todos. Hay razones para pensar que prácticamente ningún partido político (salvo tal vez la CUP, un partido al que votaron apenas el 8% de los catalanes en las últimas elecciones) buscaba lo que ha ocurrido el 27 de octubre en Cataluña: para el PP, es la constatación del fracaso de la política de respuestas graduales que ha adoptado en Cataluña, especialmente desde que el Parlament se declaró en rebeldía el pasado 6 de septiembre.

El Gobierno vive además bajo el temor de repetir la vana demostración de fuerza del 1-O, de ser incapaz de llevar a la práctica la toma de control del Gobierno catalán autorizada por el Senado (hasta tal punto debe ser la falta de confianza en sus propios medios, que ayer mismo “fuentes del gobierno” no descartaban permitir que Puigdemont se quedase físicamente en su despacho “para no elevar la tensión”).

Para el PSOE, la aplicación del art. 155 hace revivir los peores fantasmas de las dos almas territoriales que siempre ha albergado. La ausencia voluntaria de varios senadores socialistas en la votación (el más destacado, el único senador socialista catalán, el expresidente José Montilla) no es sino el preludio de los desgarrones internos que atormentarán a los socialistas durante las próximas semanas, especialmente cuando se apliquen las disposiciones más duras del art. 155, algunas de las cuales obligarán al ejercicio, aunque sea moderado, de la fuerza.

Tampoco Podemos ha demostrado ningún entusiasmo con el escenario que ahora se abre. De hecho, había convertido el "ni DUI, ni 155" en su 'hashtag' interno. El castigo electoral que ya está sufriendo Podemos podría acabar convirtiéndose en desgarro, a la vista de las tensiones que el conflicto territorial ha provocado entre sus dirigentes en los últimos días. E incluso si Ciudadanos pensase exclusivamente en sus intereses electorales, lo que no creo que sea el caso, es probable que viviese más cómodo cerca del abismo, ejerciendo el papel de duro frente a un Gobierno titubeante, que cayendo hacia un vacío insólito en nuestra democracia.

Tampoco parecían entusiasmados, pese a las forzadas muestras de fervor patriótico, los diputados independentistas de JxSi. En lo personal, se enfrentan a una escenario penal inevitable. En lo político, la gran mayoría de ellos sabe que la DUI proclamada en votación secreta por el Parlament es un callejón sin salida y que dentro de unos meses tendrán que elegir entre participar en unas elecciones convocadas por el "Estado opresor" o convertirse definitivamente en un movimiento antisistema. Una elección endiablada para la vieja burguesía catalana.

Puigdemont, el Paléologue catalán

Las caras trémulas de los diputados independentistas hacían patente una conclusión a la que todos deben haber llegado: que la DUI les cierra definitivamente cualquier atisbo de solidaridad internacional, que desperdicia el capital político que acumularon el 1-O y que les deja apenas con la moneda al aire del caos y la represión para alcanzar el sueño imposible de la independencia.

¿Cómo es posible que ocurra algo que nadie quiere que pase? En economía, estas situaciones se conocen como juegos cooperativos (un nombre hasta cierto punto confuso): las acciones de unos afectan el bienestar de los demás. Por ejemplo, yo quiero ir a cenar a un restaurante, pero no quiero ir solo sino acompañado. Mi felicidad depende no solo de lo que yo decida hacer, sino también de lo decida mi mujer.

Existen innumerables ejemplos de resultados no deseados por nadie. El ejemplo histórico más dramático fue el comienzo de la Primera Guerra Mundial. La guerra era, simplemente, la mejor estrategia de cada potencia ante el (previsible) comportamiento de las demás. El Imperio austrohúngaro respondió al asesinato del príncipe heredero con un ultimátum a las autoridades serbias. Estas estaban dispuestas a ceder, pero en el último momento lo rechazaron tras conocer que Rusia se disponía a movilizar sus tropas contra el Imperio austrohúngaro.

La IGM se desencadenó pese a no ser el escenario preferido por ninguno de los contendientes, sino la mejor respuesta a las acciones de los demás

Ante la movilización rusa, Alemania decidió salir en defensa del Imperio austrohúngaro. Alemania tampoco buscaba la guerra como primera opción, pero su cálculo fue que la guerra sucedería antes o después, y era mejor que sucediese antes, debido a que su posición militar respecto a Rusia se estaba debilitando. Por su parte, Francia había hecho de la recuperación de Alsacia y Lorena, territorios perdidos en las guerras francoprusianas de finales del siglo XIX, uno de los principales objetivos de su política exterior. Francia había llegado al convencimiento de que solo podría recuperar estos territorios si Alemania era combatida simultáneamente en dos frentes: Rusia por el este y la propia Francia por el oeste. Tras la movilización militar de Rusia, la mejor estrategia para Francia era también declarar la guerra a Alemania.

En definitiva, la Primera Guerra se desencadenó a pesar de que no era el escenario preferido por ninguno de los contendientes, sino la mejor respuesta a las acciones de los demás. ¿Cómo se pudo llegar a esta situación? Hubo razones de todo tipo: el entramado de alianzas militares, el desarrollo armamentístico, o incluso la creencia generalizada de que la guerra sería rápida (“los chicos estarán en casa por Navidad”, se decía), ignorando que la evolución tecnológica, con el desarrollo de las armas de fuego, había equilibrado las fuerzas de los contendientes hasta dar lugar a lo que se conoció como la guerra de trincheras.

Maurice Paléologue.
Maurice Paléologue.

Y también hubo cretinos, enredadores natos, personajes que confundieron a unos y otros. Nunca sabremos cuáles eran sus intenciones, si eran honestas o perversas, pero sí podemos decir que sus acciones fueron decisivas para provocar la tragedia. El más famoso de todos ello fue Maurice Paléologue, embajador francés en Rusia en el mes trágico de julio de 1914. Un diplomático francés de la vieja escuela: de formas suaves y elegantes, de carácter voluble, embadurnado de sí mismo, y sin apenas más principios que un odio visceral a Alemania. Según la mayoría de historiadores, Paléologue prometió su apoyo a Rusia excediendo las instrucciones que tenía del primer ministro francés Poincaré. Y este apoyo francés, incondicional y prematuro, fue decisivo para terminar de decidir la movilización rusa, que sería la chispa que produciría, como un castillo de naipes, la reacción del resto de potencias.

Paléologue prometió su apoyo a Rusia excediendo las instrucciones del primer ministro francés. Y este apoyo fue decisivo para decidir la movilización rusa

Debemos confiar en que el Gobierno español sepa reaccionar con la firmeza que requiere el desafío, pero también con la prudencia de no caer en ninguna de las provocaciones con las que los independentistas sembrarán el terreno durante los próximos días. Una intervención decidida pero quirúrgica, que descabece la Administración catalana, pero que resista la tentación de abordar una serie de cuestiones (como los medios de comunicación públicos, o el sistema educativo, pese a sus muchas deficiencias) para las que políticamente el art. 155 no otorga ninguna legitimidad, que solo puede venir del resultado de unas futuras elecciones autonómicas.

En ningún lugar está escrito que la farsa de la DUI deba convertirse en tragedia. Pero quizás no esté de más decir alto y claro quién ha sido el bufón cuyo comportamiento errático, cambios de criterio y su voluntad débil e influenciable ha impedido alcanzar 'in extremis' un acuerdo que salvase los muebles, al menos durante unos meses, quien ha acabado por provocar el resultado que justamente nadie quería. Cataluña se acostó con un 'president 'y se levantó con un Paléologue.

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