A España se le pone la cara de 1982: la de Naranjito

¿Por qué Rajoy no convoca elecciones? Esperará a ver si la economía acelera, si Cs se desinfla, o si el dúo de la izquierda (Pedro y Pablo) acaba matándose entre sí (esto es más probable)

Foto: El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, durante una entrevista concedida el pasado 2 de marzo. (Reuters)
El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, durante una entrevista concedida el pasado 2 de marzo. (Reuters)

La casa del Partido Popular está en llamas, y Rajoy tiene dos opciones: convocar elecciones y salvar los muebles, o permanecer de brazos cruzados hasta que solo haya cenizas. Si se me permite una comparación histórica, Rajoy tiene dos alternativas: esperar como Calvo Sotelo en 1982 y quedar reducido a cenizas (UCD pasó de 168 a 11 diputados en aquellas elecciones), o mover ficha como Zapatero en 2011, y al menos salvar los muebles (mal que bien, los socialistas se han mantenido con vida desde entonces). Entre las dudas de Rajoy y el crecimiento de Ciudadanos en las encuestas, a España se le está poniendo la cara de 1982: la de Naranjito.

¿Por qué Rajoy no convoca elecciones? La respuesta más generalizada es que el presidente ha hecho virtud de la procrastinación política: por eso, esperará a ver si la economía acelera (algo difícil, después de crecer un notable 3,1% el año pasado y con los vientos de cola agotándose), si Ciudadanos se desinfla, o si el dúo de la izquierda (Pedro y Pablo) acaba matándose entre sí (esto último es más probable, aunque dudo que le reporte ningún beneficio a Rajoy). Voy a defender una tesis diferente: Rajoy no convoca elecciones sencillamente porque no puede. O para ser más precisos: Rajoy no puede convocar elecciones de la manera que le gustaría hacerlo. Su destino es una mezcla de pato cojo y tragedia griega.

En EEUU se denomina 'pato cojo' al presidente durante los dos últimos años de su segundo mandato. Normalmente, los presidentes reelegidos (la mayoría lo son, desde que se introdujo la 22ª enmienda que limita los mandatos presidenciales, solo dos presidentes han fracasado en su segunda cita con las urnas: Carter en 1980 y Bush padre en 1992) utilizan su capital político inmediatamente después de su reelección. Pasados dos años, a partir de las elecciones legislativas intermedias, viven una especie de prejubilación. Siempre hay, por supuesto, excepciones: Clinton estuvo en un tris de firmar la paz entre israelíes y palestinos en el último suspiro de su presidencia (un error del que los palestinos nunca se arrepentirán lo suficiente) y Obama levantó la mayor parte de las restricciones a Cuba poco antes de que expirase su mandato. Pero en general, en el ecuador del segundo mandato, las grandes obras políticas de los presidentes americanos pasan a verse por el espejo retrovisor. Se convierten en legado.

Mariano Rajoy se aproxima al ecuador de su segundo mandato. Y, sin embargo, nos quedaríamos cortos si dijésemos que va camino de convertirse en un 'pato cojo'. Su segunda legislatura, la que arrancó tras su investidura en octubre de 2016, ha sido un inmenso gatillazo. Tanto que, por comparación, el Gobierno de Calvo Sotelo (que aprobó, por ejemplo, la ley del divorcio) parecería el periodo más reformista de la historia de España. La legislatura actual ha sido un fiasco, también, para los partidos de la oposición, especialmente de izquierda, incapaces de sacar adelante ninguna iniciativa política de envergadura, apenas alguna reprobación tan ruidosa como irrelevante. Pero, como es natural, el principal responsable de la parálisis parlamentaria es el propio Gobierno, timorato hasta para enviar a las Cortes un proyecto de Presupuestos, incapaz de hacer frente a la crisis más nimia o previsible (como el colapso de una autopista por una nevada anunciada con semanas de antelación), arrinconado ahora por un conato de 15-M dentro de su base electoral, los jubilados, mientras el interminable estercolero de la corrupción sigue copando titulares.

La única alternativa que le queda a Rajoy es apretar el botón nuclear, disolver las Cortes y convocar inmediatamente elecciones

Rajoy lleva siendo un pato cojo desde el mismo momento en que fue investido. Para describir su situación actual, es más adecuado tirar de los clásicos: como en las tragedias griegas, lo que caracteriza hoy al presidente del Gobierno es que no controla su propio destino político.

Norman Lamont, 'chancellor' del Gobierno británico con John Major, dijo de aquel gabinete que había ocupado el cargo pero no ejercido el poder (“in office, but not in power”). Lo de Rajoy es aún más grave: no solo no ejerce el poder sino que es prisionero del cargo. No sabe cómo dejarlo.

No existe un manual sobre cómo realizar una transición de liderazgos de un presidente en ejercicio, una de las decisiones políticas más complejas y delicadas. Así que revisemos el recetario histórico. Al hacerlo, comprobaremos que Rajoy se ha quedado casi sin alternativas.

Una primera posibilidad es ceder el Gobierno a alguien de tu propio partido, sin mediar convocatoria de elecciones. Tiene algunas ventajas: permite al partido conservar el poder hasta agotar la legislatura, y ofrece al nuevo líder un periodo para consolidar su liderazgo antes de los comicios. Hay muchas variantes: hay transiciones más o menos pactadas (como la de Tony Blair a Gordon Brown en 2007, tres años antes de que concluyese la legislatura), otras forzadas (como la de Thatcher al propio John Major en 1990, dos años antes de las siguientes elecciones), y otras en cierto modo voluntarias (como la dimisión de Adolfo Suárez en 1981, que dio paso a Calvo Sotelo). Pero por mucho que busque inspiración histórica, Rajoy no puede recurrir a ninguna de ellas. Si dimite, ningún otro candidato del Partido Popular estaría en condiciones de ser investido por el Congreso. La dimisión de Rajoy implica necesariamente la convocatoria de elecciones.

Hablando en plata, como le gusta hacerlo al presidente, su problema es este: a fuerza de darse mus, Rajoy se ha quedado sin cartas

Lo que nos conduce a la segunda variante: el presidente saliente permanece en el cargo, pero ofrece al nuevo líder 'in pectore' un periodo para consolidarse como candidato. Rajoy debe conocer esta fórmula bastante bien porque fue la que Aznar utilizó para designarlo sucesor. El dedo de Aznar se posó sobre Rajoy en una célebre comida en La Moncloa con Rato, Arenas y Mayor Oreja como convidados, a finales de agosto de 2003, siete meses antes de las siguientes elecciones. Tiempo suficiente para que el nuevo líder de los populares fortaleciese su imagen y preparase a conciencia la campaña electoral. Seguramente hubiese sido una estrategia ganadora de no mediar el 11-M (y, sobre todo, su gestión posterior por el propio Aznar).

Zapatero intentó una jugada parecida, anunciando en abril de 2011 (entonces las elecciones estaban previstas para marzo de 2012) que no se presentaría a las mismas. Incluso cuando finalmente se vio obligado a adelantar las elecciones al mes de noviembre, lo hizo con un margen extra. Anunció la convocatoria de elecciones a finales de julio, aunque no disolvió las Cortes hasta finales de septiembre. La intención evidente era darle al nuevo candidato socialista, Pérez Rubalcaba, unos meses decisivos para dotarse de un perfil propio, y poner distancia con un Gobierno cuya popularidad estaba por los suelos. La jugada salió rana, no solo porque era una empresa difícil la de disociar a Rubalcaba del Gobierno de Zapatero sino porque la presión de los mercados sobre la deuda española arreció aquel verano. La célebre carta del presidente del BCE y la reforma constitucional exprés terminaron por derrumbar las aspiraciones de Rubalcaba.

¿Puede Rajoy intentar algo parecido? ¿Confirmar su adiós y, por ejemplo, anunciar elecciones para dentro de seis meses? Podría, pero al contrario que cuando lo hicieron Aznar o Zapatero, no hay ahora ninguna razón, más allá del propio interés partidista, que lo justifique. No hay leyes en tramitación ni reformas pendientes. La pregunta sería inmediata: señor Rajoy, si usted no va a hacer absolutamente nada durante los próximos seis meses, porque no tiene la mayoría parlamentaria para hacerlo, ¿por qué no dimite ya en lugar de bloquear el país gratuitamente? Una pregunta tan razonable que lo normal es que, para evitar un efecto bumerán, Rajoy ni siquiera intente esta vía.

Así que la única alternativa que le queda a Rajoy es apretar el botón nuclear, disolver las Cortes y convocar inmediatamente elecciones. ¿Cuál es el problema de esta alternativa? Pues que multiplica los riesgos de presentar a un candidato nuevo. En estas condiciones, hacerlo es como jugar a la ruleta rusa. La incertidumbre es todavía mayor si el nuevo candidato es un barón regional (digamos, por ejemplo, Núñez Feijóo), casi sin tiempo material para formalizar su dimisión como presidente autonómico y potenciar su perfil de líder nacional. No digo que sea inviable, sino muy arriesgado. Las circunstancias empujarían más bien a elegir un candidato del propio Gobierno, o incluso podrían 'obligar' a Rajoy a repetir.

Así que, hablando en plata, como le gusta hacerlo al presidente, su problema es este: a fuerza de darse mus, Rajoy se ha quedado sin cartas. Tal vez crea que está resistiendo, pero, como el coyote, en realidad camina sobre el vacío. Se dará cuenta tan pronto como mire hacia abajo.

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