El mito sobre la responsabilidad del PNV

Los nacionalistas vascos, se dice, son gente seria, llevan grabado en el ADN el diálogo y la negociación, y siempre han sido un adalid de la estabilidad

Foto: Mariano Rajoy (d), durante una reunión mantenida en el Palacio de la Moncloa con el portavoz del PNV en el Congreso, Aitor Esteban. (EFE)
Mariano Rajoy (d), durante una reunión mantenida en el Palacio de la Moncloa con el portavoz del PNV en el Congreso, Aitor Esteban. (EFE)

"El PNV es un partido serio", ha dicho Rafael Hernando sobre el socio parlamentario de los populares. No discuto la seriedad de los peneuvistas pero, tirando de memoria histórica, es difícil aceptar otro de los lugares comunes de nuestro debate político: el de la responsabilidad del PNV. Los nacionalistas vascos, se dice, son gente seria, llevan grabado en el ADN el diálogo y la negociación, y siempre han sido un adalid de la estabilidad. Donde otros (léase los catalanes) se dejan llevar por los impulsos más pasionales e ideológicos, los vascos solo entienden de pragmatismo.

La realidad durante los últimos 30 años, en cambio, ha sido muy diferente. Empecemos por el principio, por el propio debate constitucional. El PNV no participó, por decisión propia, en la ponencia que redactó la Constitución española en 1978. Lo que no quiere decir que no participase en las negociaciones. Peces-Barba solía contar cómo Arzalluz había asustado varias veces a la señora que limpiaba su casa, escapando a hurtadillas (para que no lo descubriese la prensa) después de una larga noche de negociaciones. De hecho, tan bien negoció el PNV que arrancó la disposición adicional 1ª, una pequeña 'bomba' en términos constitucionales, que reconoce la vigencia de derechos e instituciones no solo preconstitucionales sino incluso previos al propio liberalismo político del siglo XIX.

Para entendernos, es como si la Constitución americana, después de proclamar su soberanía (“Nosotros, el pueblo de los Estados Unidos”) reconociese, en una oscura disposición, la autoridad del rey Jorge de Inglaterra. La generosidad con los nacionalistas vascos fue en balde. Ni siquiera la inclusión de la disposición adicional 1ª hizo que el PNV pidiese el voto favorable en el referéndum constitucional, contribuyendo así a forjar una de las primeras 'fake news' de nuestra democracia: aquella que dice que los vascos votaron no a la Constitución (en el País Vasco ganó el sí con cerca de un 70% de votos a favor, aunque los nacionalistas trataron de apropiarse de todos aquellos que no habían votado).

Pocos años después, en 1985, también con motivo de otro referéndum, los peneuvistas hicieron un segundo ejercicio de (i)responsabilidad. En este caso, divididos por sus propias disputas internas (ese mismo año, Garaikoetxea, tras un duro enfrentamiento con Arzalluz, abandonó el PNV para formar su propio partido), y ante la presión de la izquierda 'abertzale' (que entonces era antimilitarista con la misma convicción que ahora denuncia la sociedad patriarcal), el PNV miró para otro lado en el referéndum sobre la permanencia en la OTAN. Esta vez sí, el no triunfó de manera inapelable en el País Vasco (con un 65% de los votos en contra). Menos mal que otras comunidades, tradicionalmente menos 'serias', como Andalucía, Madrid o Castilla-La Mancha, votaron masivamente a favor, porque de ser por el voto de los nacionalistas vascos, supuestamente tan responsables, España se hubiese convertido en una especie de Argelia, Yugoslavia o Venezuela, países que entonces se declaraban no alineados ni con la OTAN ni con el Pacto de Varsovia.

Los nacionalistas vascos, se dice, son gente seria, llevan grabado en el ADN la negociación, y siempre han sido un adalid de la estabilidad

Sigamos. A menudo se cita el papel de los nacionalistas vascos en la estabilidad parlamentaria durante los noventa, sosteniendo los gobiernos en minoría de González y Aznar. La realidad fue más compleja. El PNV no apoyó los Presupuestos de 1994 (había elecciones autonómicas ese año en el País Vasco), y aunque sí lo hizo el año siguiente, su relación con el último Gobierno de González fue bastante tensa, con motivo de las revelaciones sobre la guerra sucia contra el terrorismo, que convulsionaron aquella corta legislatura (1993-96).

¿Qué ocurrió tras la victoria del PP en 1996? Aznar abrió negociaciones en paralelo con CIU y el PNV. Los catalanes se desgastaron en unas negociaciones que, después de varios amagos de ruptura, concluyeron con una famosa cena en el Hotel Majestic. Los vascos permanecieron inmóviles hasta que, libres ya del estigma de ser los primeros en pactar con Aznar, mágicamente desbloquearon las negociaciones. “He conseguido más con Aznar en 14 días que en 13 años con Felipe González”, dijo entonces Arzalluz.

La lista es muy larga. En mayo de 2010, cuando ante la presión de los mercados y de sus socios europeos Zapatero puso en marcha el (hasta entonces) mayor recorte de gasto social de la democracia, con bajadas de sueldo a empleados públicos y la congelación de las pensiones (salvo las mínimas), el paquete salió adelante por un solo voto, gracias a las abstenciones de CiU y CC. El PNV votó en contra. ¿La razón? Los recortes, como es obvio, no eran del gusto del nadie. Pero el verdadero obstáculo que hizo insalvable el apoyo del PNV fue que, solo un año antes, Patxi López se había convertido en nuevo lendakari vasco. Otro ejercicio de responsabilidad patriótica de los nacionalistas vascos. Por cierto, que a CiU no le temblaron las piernas pese a que el presidente de la Generalitat entonces era el socialista Montilla, ni a que ese mismo año había elecciones autonómicas previstas en Cataluña.

Con el fin de ETA atrás, entran ganas de no escarbar en el pasado. Evidentemente, ha habido de todo, pero, por decirlo suavemente, la actitud del PNV en los últimos 40 años con respecto al terrorismo etarra fue, demasiado a menudo, comprensiva, y, en algunos momentos, cómplice en lo político. Como dijo Arzalluz en una reunión con HB en abril de 1990 (así lo recogieron los batasunos en su particular acta): “No conozco ningún pueblo que haya alcanzado su liberación sin que unos arreen y otros discutan; unos sacudan el árbol, pero sin romperlo, para que caigan las nueces, y otros las recojan para repartirlas”.

Incluso peor que las declaraciones fue la respuesta de los nacionalistas vascos a los diferentes hitos que, objetivamente, han debilitado a la banda terrorista en las últimas décadas. El espíritu de Ermua rompió el miedo de muchos vascos, que por primera vez salieron a la calle a manifestar su hastío con los pistoleros. Los nacionalistas vascos tuvieron primero una actitud glacial que acabó convirtiéndose en abierta confrontación contra las organizaciones civiles (Basta Ya o Foro de Ermua), a las que convirtieron en su particular 'bête noir'. A la Ley de Partidos de 2002, que prohibió las actividades de Batasuna en tanto no condenase explícitamente los métodos terroristas, el PNV se opuso frontalmente y respondió con el plan Ibarretxe. Incluso durante las negociaciones de Zapatero con la banda terrorista, la actitud del PNV estuvo llena de ambigüedades, viviendo con recelo las negociaciones entre Eguiguren y Otegi al sentirse marginados de las mismas.

Estos días, el PNV recoge flores, una vez más, por su sentido de la responsabilidad. Es un partido serio. Pero algunos tenemos la impresión de que, esta vez, los nacionalistas vascos se han pasado. Que han exprimido tanto al Estado que lo han dejado tiritando. Han conseguido renovar el cupo. Han puesto patas arriba una reforma de las pensiones que, aunque no exenta de problemas, iba en la buena dirección. Han apuntalado a un presidente exánime, alargado una legislatura malherida, y debilitado al Gobierno con su exigencia de levantar el 155 hasta provocar el nombramiento de un presidente xenófobo en Cataluña. Y todavía están pasando la gorra en el último instante, a cuenta del bloqueo del nombramiento de los consejeros catalanes, para ver si cae algo más. Todo ello, una vez más, en nombre de la responsabilidad peneuvista.

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