Los ministros, muy buenos; los ministerios, no tanto

Lo verdaderamente importante de los gobiernos no es tan solo el equipo sino la organización. Una mala organización puede arruinar la labor de los mejores ministros, y viceversa

Foto: Tres de las carteras de los ministerios del nuevo Gobierno de Pedro Sánchez esperan a los nuevos titulares. (EFE)
Tres de las carteras de los ministerios del nuevo Gobierno de Pedro Sánchez esperan a los nuevos titulares. (EFE)

Ha habido un consenso casi absoluto, que comparto, en valorar positivamente los nombramientos del nuevo Gobierno. Casi todos ellos tienen una competencia profesional previa que justifica su elección. Solo cabe desearles a todos el mejor de los éxitos en la tarea que a partir de ahora empezarán a desempeñar.

De forma generalizada, se han interpretado también los nombramientos como un giro político al 'centro' del nuevo Gobierno. Pedro Sánchez habría seguido una receta de manual: las elecciones (o, en este caso, las mociones de censura) se ganan desde la izquierda, aunque después se gobierna desde el centro.

Solo cabe hacer dos matices a esta conclusión (que en realidad dan para un artículo distinto): hay que esperar a la reacción de los demás partidos, especialmente Ciudadanos y Podemos. En política, es habitual pecar de analizar las jugadas de forma estática, como si el resto de partidos no fuesen a responder al nuevo contexto. Como veremos en las próximas semanas, ni Ciudadanos ni Podemos van a permanecer inmóviles ante el cambio de rumbo socialista (el PP, seguramente va a estar fuera de juego un par de meses mientras elige a su nuevo líder).


El segundo interrogante es si el 'giro al centro' es efectivamente la estrategia más eficaz para los socialistas en las circunstancias actuales: la valoración de su líder entre los votantes de centro es muy baja (más baja que en la izquierda) y va a necesitar algo más que el nombramiento de unos ministros con perfil centrista para reconquistarlos. Y, en segundo lugar, un Gobierno que cuenta tan solo con 84 diputados es, en realidad, más un escaparate que una sala de máquinas. Con estos mimbres, 'a priori', sería más efectivo lanzar una salva de iniciativas de izquierda (de 'batallas culturales' al estilo del primer Gobierno de ZP) que de proyectos 'centristas' para los que no hay ni mayoría parlamentaria que se pueda articular ni tiempo material para que se lleven a cabo (mucho menos, para que rindan frutos, políticamente hablando).

Los ministros, muy buenos; los ministerios, no tanto

Pero más que las derivadas políticas del nuevo contexto, quería centrarme en un aspecto que a menudo resulta el gran olvidado en la formación de los nuevos gobiernos: la organización de los departamentos ministeriales. Es archiconocida la frase que el estratega de Bill Clinton, James Carville, escribió en la pizarra de su cuartel general de campaña en 1992, para guiar la labor de todos los que colaboraban: “Es la economía, estúpido”. De manera análoga, podríamos decir que lo verdaderamente importante de los gobiernos no es el equipo, sino la organización. Una mala organización puede arruinar la labor de los mejores ministros, y viceversa.

La organización es, como indicaba, la hermana pobre de cada cambio de Gobierno. La atención mediática se centra en los nuevos nombres, rostros novedosos que suponen un soplo de aire fresco en nuestro panorama político. La organización, además, es siempre un debate subterráneo: los gobiernos socialistas, por ejemplo, históricamente unían los departamentos de Economía y Hacienda en un solo ministerio (así sucedió con Solchaga, Solbes y Salgado). Los gobiernos del Partido Popular, en cambio, optaban por lo contrario (primero con Rato-Montoro, y luego con De Guindos-Montoro). ¿Cuáles eran las razones para un modelo o el otro? En gran parte, las desconocemos, porque, desgraciadamente, muchas veces los departamentos se diseñan en función del perfil de los titulares, adaptando las organizaciones a las personas, y no al contrario.

El BOE acaba de publicar la estructura de los departamentos ministeriales del primer Gobierno de Sánchez. Hay algunos aspectos destacables, y se adivinan algunas posibles grietas en el funcionamiento del gabinete. En mi opinión, ha sido mejor la elección de los ministros que de los ministerios. Tal vez Sánchez haya preparado con sosiego los nombres de sus ministros, pero seguramente ha dedicado mucho menos tiempo a encajar las piezas de la organización.

Lo primero que llama la atención es que Sánchez ha decidido mantener la estructura típica del Partido Popular en el área económica, con dos ministerios distintos para Hacienda y Economía. Al haber mantenido el Ministerio de Industria y el de Trabajo, y haber traspasado las competencias sobre innovación al ministerio de Pedro Duque, el resultado es que el Ministerio de Economía resultante es uno de los más 'ligeros' de nuestra historia democrática. Las competencias sobre el área económica nunca han estado más atomizadas. ¿Es un acierto o un error?

En mi opinión, cuando se nombra en el área económica a técnicos solventes, el mejor modelo es el tradicional socialista: agrupar los ministerios. De esta forma, los titulares suman, a su capacidad técnica, la coordinación política indispensable para llevar a cabo sus programas. Solchaga, Solbes y hasta Salgado eran grandes técnicos a los que el presidente del Gobierno les dio capacidad de coordinación política agrupando bajo su mando las competencias económicas. El caso contrario es el modelo del PP: cuando se nombra para los puestos clave a políticos con peso (como Rato o Montoro, y en menor medida De Guindos), la mejor solución es separar los ministerios para que la especialización por temas complemente la capacidad de acción política.

Sánchez ha escogido la vía intermedia: técnicos capaces, pero con ministerios delgados y sin una preeminencia clara en la organización económica

El problema es que Sánchez ha escogido la vía intermedia: ha nombrado a técnicos capaces, pero con ministerios muy delgados y sin una preeminencia clara en la organización del área económica (a la que incluso se podría sumar la sombra del nuevo ministro de Exteriores, que inevitablemente dejará ver su influencia en las reuniones internacionales sobre temas económicos). El resultado puede ser una notable falta de coordinación del área, y el consiguiente bloqueo de muchas de las iniciativas.

Otro hallazgo clásico de los presidentes es pensar que cuando hay tensiones entre dos departamentos ministeriales, la mejor solución es fusionarlos para que las tensiones desaparezcan. Lo que ocurre en la práctica es que, al hacerlo, el nivel de discusión de los asuntos se rebaja, lo que puede tener el efecto contrario al deseado. Es lo que ha sucedido, por ejemplo, con las competencias sobre el área energética, que han pasado al Ministerio de Medio Ambiente. Es evidente que hay una tensión entre energía y medio ambiente (y la seguirá habiendo, al menos, durante los próximos 100 años, en tanto la transformación del modelo energético no sea completa).

Es bastante inocente pensar que esta tensión desaparece al fusionar las competencias en un solo ministerio. Lo que ocurre, en cambio, es que la discusión entre uno y otro departamento deja de producirse en el Consejo de Ministros, y pasa a tener lugar en las reuniones de coordinación entre secretarios de Estado dentro de un solo ministerio. Para los que pensamos que de la contradicción de los diferentes puntos de vista salen los mejores resultados en políticas públicas, que se rebaje el nivel de jerarquía de las discusiones es una mala noticia, no una buena.

Todo ahora empieza a rodar. Hay una sensación de alivio generalizada por haber pasado página política. Pero hay que recordar que lo más importante no es formar equipos (al fin y al cabo, ser ministro es una oferta casi irrechazable, ya seas astronauta o presentador de televisión) sino conseguir que los equipos funcionen.

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