De la casa de las flores a la casa de los líos: los 100 días del Gobierno de Sánchez

Los primeros 100 días del Gobierno Sánchez se han caracterizado por la falta de control sobre la agenda política y una sucesión interminable de líos internos

Foto: El presidente del Ejecutivo, Pedro Sánchez, junto a la vicepresidenta, Carmen Calvo. (EFE)
El presidente del Ejecutivo, Pedro Sánchez, junto a la vicepresidenta, Carmen Calvo. (EFE)

'La Casa de las Flores' es una simpática comedia que se puede ver en Netflix (disculpen la publicidad gratuita) sobre una familia mexicana acomodada que regenta una próspera floristería. Tras la fachada de felicidad y armonía se esconde una trama de mentiras, infidelidades y enredos. Perfectamente podría llamarse 'La Casa de los Líos'. De una forma parecida, pueden resumirse los primeros 100 días del Gobierno Sánchez. Pocas veces, un Ejecutivo recién formado ha recibido un aplauso tan unánime al echar a andar, una especie de alivio generalizado tras la agonía del marianismo. Pocas veces, también, un capital político tan generoso se ha malgastado más rápido, al sazonar su andadura con un carrusel de patinazos, enredos y contradicciones.

¿Ha sido así realmente o se trata de ojeriza contra el actual Gobierno? ¿No es acaso cierto que todo Gobierno primerizo comete errores? Para contrastarlo, he repasado los primeros 100 días de Zapatero y Rajoy. Las diferencias son demoledoras: el Gobierno Zapatero sufrió alguna crítica por su atropellada salida de Irak, pero el control de la agenda fue casi absoluto: derogación de la LOCE, ley contra la violencia de género, subida del SMI. Algo parecido le pasó a Rajoy en 2011: se le criticó la subida de impuestos y el retraso en la aprobación de los Presupuestos por las elecciones andaluzas, pero durante las primeras semanas fue innegable la voracidad reformista: la reforma laboral, la reestructuración del sector público o la ley de estabilidad presupuestaria fueron aprobadas en este periodo.

Los primeros 100 días del Gobierno Sánchez, en cambio, se han caracterizado por la falta de control sobre la agenda política, y una sucesión interminable de líos internos, culminados esta semana por la dimisión de la ministra de Sanidad, la segunda baja del Gabinete. A ello hay que sumar los cambios de rumbo (sobre la fecha de las elecciones, la política migratoria, el respaldo al juez Llarena o la venta de armas a Arabia Saudí), la falta de coordinación (que alcanzó su clímax cuando la ministra de Industria calificó de "globo sonda" una propuesta que había hecho el propio presidente apenas unas horas antes), el zafarrancho de RTVE o el de la negociación presupuestaria (donde el Gobierno recibió una sonora bofetada en el Congreso antes incluso de toparse con el veto del Senado, que todavía no sabe cómo esquivar). Pese a cosechar también algún tanto, la sensación de descontrol es mayúscula. Lo singular, insisto, es que esto ocurra apenas 100 días después de tomar posesión.

Me pregunto ahora más por las causas que por las consecuencias. ¿Qué ha llevado al Gobierno 'bonito' de Pedro Sánchez a convertirse en la casa de los líos en apenas tres meses? En mi opinión, son varias las razones que lo explican:

1. ¿Improvisación o falta de diligencia? Cualquier nombramiento de un alto cargo (más aun de un ministro) se somete normalmente a un proceso de 'vetting': se hurga en su pasado, se le hacen las preguntas incómodas y se escrudiñan las contradicciones. La dimisión de Huerta puede explicarse por la premura en su nombramiento. La de Montón, en cambio, es sencillamente falta de diligencia: había sido diputada, consejera autonómica y el caso de los másteres en la Universidad Rey Juan Carlos llevaba meses bajo el foco, tiempo suficiente para indagar si había algo irregular en los estudios de Montón. Hay alguien en Ferraz o en La Moncloa que no ha hecho debidamente su trabajo.

2. La debilidad parlamentaria de un Gobierno monocolor. En mi opinión, Sánchez tenía dos opciones tras la moción de censura: formar un Gobierno monocolor y convocar inmediatamente elecciones, o formar un Gobierno de mayor base parlamentaria y tratar de gobernar hasta 2020. Sin embargo, eligió la vía intermedia: Gobierno monocolor hasta 2020. El resultado es un inmenso gatillazo: un Gobierno que no gobierna, pero que tampoco puede convocar elecciones porque no tiene el relato que justifique un anticipo electoral (con el riesgo de que se vuelva en su contra, como antes le pasó a Theresa May en el Reino Unido o Artur Mas en Cataluña, por poner dos ejemplos cercanos).

Un Gobierno que no puede convocar elecciones porque no tiene el relato que lo pueda justificar

3. La estructura del Gobierno. Sánchez optó por una estructura de 17 ministros, frente a los 13 de Rajoy. Normalmente, hay dos modelos de gabinete: un número reducido de ministros con mucha autonomía en sus respectivos ámbitos (el modelo de Rajoy, sin vicepresidencia económica, de forma que tanto el ministro de Hacienda como el de Economía actuaban con bastante autonomía) o en cambio formar un Gobierno con un mayor número de ministerios agrupados en torno a varias vicepresidencias, que actúan como coordinadoras (el modelo de Zapatero, también con 17 ministros, pero con un vicepresidente político, otro económico, e incluso, durante la última etapa, un tercer vicepresidente 'territorial'). De nuevo, Sánchez optó por una vía intermedia. Un número muy amplio de ministerios (17) pero sin coordinadores (la falta de una vicepresidencia económica es lo más sintomático). El motivo, en mi opinión, es el mismo: Sánchez no formó un Gobierno para gobernar, sino para impulsar un coro de rostros nuevos con los que mejorar sus expectativas electorales. Solo desde esta lógica se explica una estructura claramente disfuncional.

4. El papel de la vicepresidenta. Es posible que Carmen Calvo tenga algunas cualidades políticas, pero la coordinación y la atención por los detalles no parecen estar entre ellas. El puesto de vicepresidente político es uno de los más delicados del Gobierno. Requiere ascendencia sobre el resto de ministros, dotes de coordinación y estar encima de las iniciativas del resto de departamentos. Este, a grandes rasgos, era el perfil de los tres predecesores de Calvo: Fernández de la Vega, Rubalcaba y Sáenz de Santamaría. Los tres, además, combinaron sus funciones con la de portavoz, lo que reforzaba su papel como coordinadores y les obligaba a un escrutinio permanente de las iniciativas del resto de ministerios. Calvo no es la portavoz del Gobierno y tampoco ejerce como 'coordinadora': tiene su propia agenda, y deja hacer al resto de ministerios, que andan unos a oscuras respecto a las iniciativas de los otros.

5. La sombra de Iván Redondo. Ganar unas elecciones y gobernar son dos negocios distintos. En EEUU, de hecho, los asesores del presidente que se ocupan de lo uno evitan encargarse de lo otro, y viceversa. Sánchez, sin embargo, decidió dar la batuta de su Gobierno a un especialista en campañas electorales. Y el Gobierno se conduce como si efectivamente se tratase de una campaña electoral permanente (en este contexto hay que entender las fotos en el Falcon o en el helicóptero presidencial). El problema, de nuevo, es que el 'modo campaña' se puede sostener durante unos meses, pero hacerlo durante dos años acaba siendo contraproducente. La falta de resultados prácticos (fruto de la debilidad parlamentaria, ya comentada) se intenta compensar con una hiperactividad en los gestos. Y la poca mesura en los gestos está jugando en contra de un Gobierno que no nació de la exuberancia de una victoria electoral, sino de una censura que aconsejaba unas maneras mucho más sobrias.

El modo 'campaña' se puede sostener durante unos meses, pero hacerlo dos años es contraproducente

6. La mutabilidad del presidente. Todas estas debilidades podría compensarlas un presidente con un rumbo fijo y constante. En la práctica, ocurre lo contrario. El carácter dúctil de Sánchez, su facilidad para cambiar de criterio, provoca que los bandazos del Gobierno sean más violentos. Si el Gobierno es un vehículo con tendencia a salirse en las curvas, el presidente es un conductor que en lugar de mantener firme el volante, responde con volantazos al menor obstáculo. En la gestión del caso Montón, Sánchez ha pasado en 48 horas por todos los estados: empezó contemporizando ('esperar y ver'), amagó con hacer de Rajoy y aguantar a Montón y terminó con una dimisión fulminante.

Cada vez más, parece claro que el momento más dulce del Gobierno (al menos demoscópicamente) fue el día en que llegó el Aquarius a nuestras playas, apenas dos semanas después de su toma de posesión. Si hubiese convocado entonces elecciones, seguramente la victoria socialista habría sido rotunda. Desde entonces, sin embargo, el Gobierno de Sánchez ha empezado una pendiente hacia abajo. Lo que todavía no sabemos es dónde va a acabar.

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