Las siete vidas de Pedro Sánchez

Quizás esta sea la primera lección de esta rocambolesca historia: si quieres que algo no se sepa, cuéntalo tú mismo. No seas tan ingenuo para pensar que no verá la luz

Foto: El presidente del Ejecutivo, Pedro Sánchez, junto a la vicepresidenta, Carmen Calvo. (EFE)
El presidente del Ejecutivo, Pedro Sánchez, junto a la vicepresidenta, Carmen Calvo. (EFE)

¿Se puede tener un cadáver en el armario, sacarlo de allí, exponerlo a la luz pública y salir airoso? Sí, en política, se puede. Esta semana hemos visto cómo. Pedro Sánchez sale silbando de la bala que más cerca le ha pasado desde que es presidente del Gobierno, mientras por el camino deja a Rivera tocado, a Casado cerca de estar hundido, y a Iglesias enclaustrado en el laberinto zen en el que vive desde que se reincorporó a la actividad política hace un par de semanas.

¿De qué cadáver se trataba? El presidente del Gobierno había hecho una tesis doctoral mediocre, que solo un sistema universitario como el español calificaría con la máxima nota, gracias a un tribunal formado por investigadores ajenos a la materia, junto con otros que habían coescrito con el propio Sánchez, pocos meses antes, artículos sobre el mismo objeto de la tesis, lo que en la práctica significaba que estaban juzgando su propio trabajo. Que incluso el presidente sabía que su trabajo era algo parecido a una chapuza académica es evidente desde que decidió guardar su investigación bajo siete llaves, y convirtió la empresa de consultarla en una aventura tan difícil como acompañar a Julio Verne al centro de la tierra. Quizás esta sea la primera lección de esta rocambolesca historia: si quieres que algo no se sepa, cuéntalo tú mismo. No seas tan ingenuo para pensar que no verá la luz. Ni los secretos nucleares rusos están hoy a salvo del escrutinio público, mucho menos una tesis intrascendente sobre diplomacia económica.

El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, en la sesión de control al Gobierno en el Congreso. (EFE)
El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, en la sesión de control al Gobierno en el Congreso. (EFE)

La segunda lección es que, efectivamente, el presidente Sánchez tiene 'baraka'. Porque en una semana en la que le ha dimitido una ministra por plagio y en la que la portavoz del Gobierno ha confirmado en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros la decisión de vender bombas a Arabia Saudí, después de que el Ministerio de Defensa anunciase previamente lo contrario, con el peregrino argumento de que las bombas “son de alta precisión y no se van a equivocar”, después de un enredo que en circunstancias normales hubiese puesto al Gobierno contra las cuerdas, hemos terminado hablando sobre una línea equivoca en el currículo de Albert Rivera y sobre el futuro judicial de Pablo Casado.

Todo ello al mismo tiempo que se exhibía a la luz pública el muerto en el armario, la tesis doctoral del presidente, tal vez con pasajes de dudoso parecido a informes oficiales, pero lejos de constituir el plagio mayúsculo que un periódico centenario publicaba en su portada hace tan solo dos días. La suerte del presidente es que su tesis ha visto la luz precisamente en el único momento en el que por comparación con el apocalipsis que se había anunciado, le ha hecho el menor daño: cuando se te acusa de plagio y resulta que eres un investigador de gatillo fácil con el “cortapega”, acaba pareciendo que tus pecados son asuntos veniales.

Ni los secretos nucleares rusos están hoy a salvo del escrutinio público, mucho menos una tesis intrascendente sobre diplomacia económica

Y, a decir verdad, seguramente eran asuntos menores. Que el presidente no es una eminencia en la investigación económica era algo notorio. Que su tesis no revolucionó el mundo de las ideas era bien conocido. Que la remolacha de citas inconexas que constituye su disertación doctoral provocaba el rubor del propio Sánchez, era algo que muchos sospechábamos. La enjundia, en cambio, está en otro sitio: lo verdaderamente llamativo es que alguien que desde hace años tenía en el entrecejo dedicarse a la política, pensase que un título de doctor podría salpimentar su perfil público. E igual de destacable es que una universidad, por mucho que sea privada y de segunda o tercera categoría, se aviniese a estos apaños. El contubernio entre políticos de distintos partidos y las instituciones universitarias ha dejado de ser una anécdota. Tal vez no sea la única causa, pero es un síntoma innegable del estado calamitoso que en general tienen nuestras instituciones de enseñanza superior.

La tercera lección es también conocida. Si algo nos recuerda este episodio es la importancia del 'timing' en la política. La política es como el ciclismo: si atacas demasiado pronto, puedes quedarte sin fuerzas. Si lo haces demasiado tarde, tal vez no llegues el primero a la meta. No se trata de tener razón, sino de cuándo y cómo tenerla. La disertación doctoral de Sánchez tenía elementos reprochables. Rivera pensó que tenía un gancho ganador. Pero no acertó ni en el cómo ni en el cuándo. Y golpear al aire es un gesto que se suele pagar caro.

A navajazos y barro hay pocos que nos ganen. Inventamos la “política según Trump” mucho antes de poner su primer ladrillo en Manhattan

Quizás lo más preocupante es la cuarta lección que nos deja este enredo: déjenme llamarla la 'trumpización' de la política española. No es que en este país tengamos horchata en las venas cuando a la discusión política se refiere. A navajazos, zancadillas y barro hay pocos que nos ganen. Inventamos la “política según Trump” mucho antes de que el presidente americano pusiese su primer ladrillo en Manhattan. Pero lo que hemos visto estos días se parece demasiado a la política de trincheras. O lo que es peor, al periodismo de trincheras. Entre los que solo veían plagios cuando de citas al BOE se trataba, y los que se resisten a admitir que un presidente que izó la bandera de la dignidad tiene una carrera académica que es cualquier cosa menos digna, se nos han escapado los pocos jirones para el entendimiento que nos quedaban en esta legislatura maldita. Tirios contra troyanos. Montescos contra capuletos. Lo que viene a partir de ahora es seguramente peor de lo que ya hemos visto, que no es poco.

¿Cómo cambia lo vivido durante esta semana nuestra situación política? Aún es pronto para decirlo. Pero parecen claras varias cosas: en primer lugar, que Rivera debería controlar sus instintos pugilísticos, si de verdad aspira a recuperar la privilegiada atalaya de la que disfrutaba hace tan solo unos meses. Los ganchos ganadores deben reservarse para cuando se tiene la seguridad de que conducen al KO. La paciencia, en política, es una virtud rara, pero normalmente imbatible. Por su parte, Pablo Casado necesita encontrar la manera de salir de su inanidad política, si quiere mantenerse con vida: hasta ahora conduce con una mano atada a sus trabajos de fin de master, mientras con la otra da palos de ciego en el vacío (¿dónde se ha visto que el líder del principal grupo parlamentario confunda una cita –a Cambó con Alcalá Zamora- en su primera intervención parlamentaria?).

¿Y el presidente del Gobierno? Tal vez, después de lo vivido, se reafirme en su convicción personal de haber sido tocado por las musas. De que su 'baraka' es infinita. Pero le convendría leer lo que otro socialista, de cilindrada muy distinta, decía en su discurso de investidura a principios de los ochenta: “Gobernar para qué”, se preguntaba. “Porque gobernar no significa solamente estar atento a las curvas del camino; gobernar es guiarse al mismo tiempo por el perfil del horizonte, tener bien claro un rumbo a largo plazo, una perspectiva que otorgue pleno sentido a los afanes cotidianos”. Hasta ahora, Sánchez ha demostrado que quería gobernar. Que está dispuesto a desafiar a la gravedad en las curvas para seguir haciéndolo. Lo que todavía no sabemos es para qué quería hacerlo.

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