“¿Gobernar para qué?”. Carta de Felipe González a Pedro Sánchez (escrita en 1982)

Aquel otro socialista rancio tenía clara la respuesta antes de ponerse manos a la obra, pero usted, en cambio, todavía no la ha respondido

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto al expresidente Felipe González, en 2016. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto al expresidente Felipe González, en 2016. (EFE)

El pueblo ha votado el cambio y nuestra obligación es realizarlo; un cambio hacia delante, un cambio sintonizado con el futuro, un cambio hacia una España que progrese en paz y libertad. Para conseguirlo, los ciudadanos han elegido el 28 de octubre unas Cámaras con una mayoría fuerte —es decir, con un Gobierno sólido”.

¿Gobernar para qué? (…) Porque gobernar no significa solamente estar atento a las curvas del camino; gobernar es guiarse al mismo tiempo por el perfil del horizonte, tener bien claro un rumbo a largo plazo, una perspectiva que otorgue pleno sentido a los afanes cotidianos”.

“Nos proponemos gobernar sobre la base de tres principios que quiero proclamar categóricamente: la paz social, la unidad nacional y el progreso”.

“Estas bases nos permitirán reforzar la presencia de España en el mundo, no con la vana pretensión de un protagonismo internacional exagerado, porque tenemos sentido de la medida al situar a nuestro país en la escala de las potencias mundiales. (…) Se puede ser digno con poco, como se puede ser indigno con mucho”.

“Realizaremos desde la acción del Gobierno el esfuerzo necesario para incrementar constantemente la profesionalización y la eficacia de esas instituciones básicas para el Estado”.

Empezamos una nueva etapa en la vida política española. Con Su Majestad el Rey, cuyo papel en favor de la paz y la libertad reconocemos todos los españoles, quiero manifestar una vez más mi fe en el futuro de España”.

Pedro Sánchez y Felipe González, en 2015. (Reuters)
Pedro Sánchez y Felipe González, en 2015. (Reuters)

Estos son extractos del discurso de investidura de Felipe González en 1982. Era entonces un líder inexperto, con apenas 40 años recién cumplidos y ninguna experiencia previa de gobierno. Pero tenía una serie de ideas claras en la cabeza: que gobernar precisa una mayoría sólida, imprescindible en un sistema parlamentario como el nuestro para que los cambios reales lleguen a los ciudadanos. Un Gobierno fuerte como instrumento necesario del cambio político.

Que gobernar debe hacerse con un rumbo a largo plazo, porque los “afanes cotidianos” pueden consumir la atención y los esfuerzos de cualquier Gobierno. Aunque sean muchas las curvas del camino, es necesario saber adónde se quiere llegar. Porque como le dijo el gato a Alicia: “Si no sabes dónde vas, cualquier camino te lleva”.

Que la unidad nacional debe ser uno de los principios categóricos en la actuación del Gobierno. Una unidad dentro de la diversidad, por supuesto, como reconoce la Constitución. Pero unidad al fin y al cabo: porque si una nación es un proyecto de vida en común, como decía Renan, un Estado es la forma de hacer realidad este proyecto. Un programa político solo puede ser un proyecto para todos los españoles.

Estos son extractos del discurso de investidura de González en 1982. Era entonces un líder inexperto, con apenas 40 años recién cumplidos

Que reforzar la presencia de España en el mundo no puede consistir en buscar un protagonismo personal desmesurado. Que se puede ser digno con poco, e indigno con mucho.

Que una de las prioridades del Gobierno debe ser la profesionalización y eficacia de la Administración. Porque los gobernantes pasan, pero las instituciones se quedan. Y la fortaleza de las instituciones es la mejor defensa contra los malos gobernantes.

Que la monarquía es una pieza fundamental de la España constitucional que hemos construido.

José Luis Rodríguez Zapatero, Felipe González y Pedro Sánchez. (EFE)
José Luis Rodríguez Zapatero, Felipe González y Pedro Sánchez. (EFE)

En 1982, Felipe González había ganado las elecciones generales por la mayoría más amplia que ha conocido nuestra etapa democrática. En su discurso, se palpa la pesada carga que debía sentir sobre sus hombros. Las dudas del gobernante inexperto, el apocamiento de quien intuye la hercúlea tarea que le queda por delante. Empezó entonces un periodo de intensa transformación política, económica y social: la entrada en la UE, la reforma del ejército, la construcción del Estado de bienestar o la modernización económica de nuestro país, con decisiones difíciles pero necesarias, como la reconversión industrial. También, por supuesto, los socialistas cometieron graves errores y años después, cuando estos errores empezaron a pesar más que los aciertos, perderían las elecciones.

Las declaraciones del expresidente González la semana pesada eran sin duda un toque de atención al Gobierno de Sánchez, ante el temor de que este hubiese llegado demasiado lejos en sus negociaciones con los independentistas. Pero creo que se equivocan los socialistas que solo vean en las palabras de González una fiebre pasajera, la incomprensión de quien abjura de una frase concreta, de un relator o de un desacuerdo puntual. Como se equivocan aquellos que solo vean en Alfonso Guerra a un viejo cascarrabias buscando el aplauso fácil de sus incondicionales. Ramón Vargas-Machuca, una de las cabezas mejor amuebladas de esa especie en extinción, de los socialistas que gobernaron España en los ochenta, esa generación a la que Quim Torra llama “el PSOE rancio”, lo resumía hace unos días así: “Desde Zapatero a Sánchez, el PSOE ha tenido un comportamiento errático; no para de dar bandazos doctrinales y estratégicos. (...) El juicio más benévolo que uno puede hacer del PSOE es que no sabe muy bien hacia dónde se dirige. No se atisba sentido ni dirección. No tiene brújula; pero sí brujos demoscópicos que cambian sus pronósticos según sopla el viento”.

El juicio más benévolo que uno puede hacer del PSOE es que no sabe muy bien hacia dónde se dirige. No se atisba sentido ni dirección

Añadiría alguna cosa que no tienen los socialistas. El Gobierno de Pedro Sánchez no tiene (si es que alguna vez la tuvo) una mayoría parlamentaria, porque los socios que lo auparon en la moción de censura han decidido priorizar (¡tamaña sorpresa!) aquello a lo que nunca renunciaron, su proyecto para romper España. No tiene Presupuestos, que son el instrumento básico para sacar adelante las políticas de cualquier Gobierno. No tiene el apoyo de su partido, que está abierto en canal a la espera del juicio final. Tampoco tiene rumbo, como apuntaba Vargas-Machuca, más allá de ir sorteando los 'afanes cotidianos'. Seguramente tenga ministros, aunque hace tiempo que solo escuchamos a los más aguerridos, como la ministra de Hacienda, que se ha atrevido a presentar los Presupuestos en el Congreso sin dar un solo número. Me atrevería a decir que no tiene Vicepresidencia, porque quien todavía ocupa este cargo tendrá que cargar en su mochila el doble mérito de haber cedido a casi todas las demandas independentistas sin conseguir salvar la legislatura. Y en lugar de un presidente tiene un aprendiz de brujo, un escritor de 'best-sellers' que se resiste a parar el motor que lo lleva volando en una permanente huida hacia adelante.

Señor presidente: quizás encuentre la manera de resistir, de salir de este atolladero, en su manual de cabecera. Pero lo cierto es que, a estas alturas, lo de menos es el cómo lo hará o si conseguirá hacerlo. Lo verdaderamente importante es una pregunta más básica. Antes de firmar el decreto de disolución de las Cámaras, antes de convocar (por fin) las urnas que prometió (“cuanto antes”) hace nueve meses, hágase una simple pregunta. Aquel otro socialista rancio tenía clara la respuesta antes de ponerse manos a la obra, pero usted, en cambio, todavía no la ha respondido: ¿gobernar para qué, señor presidente?

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