La estrafalaria (pero eficaz) campaña de Vox

El triunfo de Trump fue la victoria de los de “abajo” contra los de “arriba”. El resultado de una amalgama de intereses electorales, así como de los errores en la campaña de sus adversarios

Foto: El presidente de VOX, Santiago Abascal. (EFE)
El presidente de VOX, Santiago Abascal. (EFE)

En la última semana, un candidato de Vox ha defendido que la homosexualidad “se puede curar”, otro ha puesto en duda la existencia del holocausto, varios generales retirados han sido “reclutados” para encabezar las listas al Congreso, incluido uno (candidato por Cádiz) que el pasado verano firmó un manifiesto titulado “Declaración de respeto y desagravio al general Francisco Franco Bahamonde, soldado de España”. Al mismo tiempo, Santiago Abascal, que desde la convocatoria de elecciones generales no ha protagonizado ningún acto público, según la propia página web de Vox, daba una entrevista al portal www.armas.es (tal vez tenga dificultades para acceder a la entrevista porque su navegador bloquee esta página por su “contenido violento”; a mí al menos es lo que me ha ocurrido).

Durante la misma, Abascal se muestra partidario “de ampliar el concepto de legítima defensa” para que los españoles puedan portar armas. Él mismo reconoce que tiene una licencia de armas “tipo B”, aunque confiesa que no es cazador y que tampoco es aficionado al tiro deportivo. La única conclusión posible es que la pistola de Abascal ocupa un lugar privilegiado en su pared del salón, tal vez junto al morrión, el casco característico de los tercios españoles en los siglos XVI y XVII, con el que el líder de Vox se fotografió hace unos días para presumir de estar a la “vanguardia de la Reconquista” (si se refería a la Reconquista de la península a los musulmanes, patinó unos doscientos años, como le hizo ver el diputado Guillermo Díaz).

La pregunta es inevitable: ¿ha desbarrado la campaña electoral de Vox? Mucho me temo que no, que más bien todo lo contrario.

Digo “me temo” porque soy de los que piensan que la irrupción de Vox en nuestro escenario político no va traer ningún aspecto positivo. Por supuesto, mi respeto es absoluto para los posibles votantes de Vox; todos ellos encontrarán razones legítimas para hacerlo. Lo que no quita que los dirigentes de Vox representan la peor escuela del nacionalismo cavernario: los candidatos que hemos conocido durante los últimos días solo abundan en su perfil homófobo, racista, negacionista, o sencillamente filofascista. Me cuesta ver qué puede salir positivo de esta coctelera.

Un pequeño inciso: durante un tiempo, coincidiendo con la fulgurante irrupción de Vox tras su mitin en Vistalegre, se extendió por los medios el debate sobre si era conveniente o no analizar el nuevo fenómeno. Reconozco que este debate siempre me ha parecido de inspiración orwelliana. Porque incluso si algunos articulistas, individualmente, decidiésemos no hablar de Vox, se seguiría hablando de esta formación con la misma intensidad. Algo parecido ocurrió con Trump o el Brexit o, entre nosotros, con Podemos o el proceso soberanista en Cataluña, por mencionar otros mordiscos de la serpiente populista. Mucho mejor, en mi opinión, analizar la realidad que actuar como si no existiese.

¿A qué está jugando Vox con esta peculiar campaña? En primer lugar, mantiene un perfil agazapado para minimizar su desgaste mediático. La misma estrategia fue la que utilizó Pablo Iglesias después de su resultado en las elecciones europeas de 2014. Recordemos como Podemos renunció a presentar siglas propias en las elecciones municipales de 2015, para evitar precisamente el desgaste. Y cuando la formación morada empezó a perder fuelle en las encuestas, se redujeron de manera drástica las apariciones de Pablo Iglesias en los medios (se llegó a hablar de la sobreexposición de su líder como el motivo de su declive).

Vox ha entendido mucho antes de lo que lo hizo Podemos que antes que ir a un programa de máxima audiencia un sábado por la noche, es mejor dar una entrevista a un portal semidesconocido, y esperar que el resto de medios tradicionales se hagan eco de la misma. Trump utilizó esta táctica a menudo en las elecciones americanas, echando mano de los portales de la alt-right, y dejando que los medios convencionales actuasen como altavoces de sus declaraciones. El eco es el mismo y las preguntas suelen ser mucho más sencillas.

¿Por qué habla Abascal del “derecho a portar armas”, un debate hasta ahora marginal en nuestro país? Como señala Ricardo Dudda en su reciente libro ('La verdad de la tribu'), “se han invertido los roles clásicos: “Hoy la derecha es punk y la izquierda, puritana”. Dudda cita al periodista Brendan O’Neill, para explicar por qué ganó Trump: “Pasó porque prohibisteis los refrescos gigantes. Y fumar en los parques. Y las ideas ofensivas en las universidades. Porque etiquetasteis a la gente que está en contra del matrimonio gay como «homófoba», y a la gente insegura respecto a la inmigración como racista. Porque considerasteis que los propietarios de armas y no comer quinoa son sinónimos de fascismo. (…) Porque usasteis insultos como «negacionista» y «peligroso» contra cualquiera que no compartiera vuestras «eco-piedades» (…). Porque tratasteis a la gente como la mierda. Y a la gente no le gusta que la traten como la mierda. Trump pasó por vuestra culpa”.

Sí, yo también he pegado un salto al darme cuenta que en este artículo había hecho bingo, utilizando todos y cada uno de estos términos: “homófobo”, “racista”, “negacionista” y “filofascista”. Solo me ha faltado la quinoa.

Vox habla de las armas no porque haya una mayoría social en nuestro país a favor del derecho a portarlas, sino como provocación contra la izquierda “puritana”. Busca, sencillamente, una reacción histérica de la izquierda tuitera que amplifique su mensaje, que presenta las próximas elecciones como una batalla de las élites políticas, “lejanas y condescendientes” contra la “América real”, la “Little Britain” o la “España profunda”.

Busca representar este marco, aunque no sea exactamente cierto. Como el propio Dudda señala, ni el triunfo de Trump ni el del Brexit fue la victoria de los de “abajo” contra los de “arriba”. Ambos fueron el resultado de una amalgama de intereses electorales (algunos tradicionales y otros nuevos), así como de los errores en la campaña de sus adversarios.

Por eso una de las claves de las próximas elecciones será si Vox replica el patrón observado en el pasado entre los partidos nuevos: si su voto se limita a los núcleos urbanos (en el caso de Podemos, en 2016 obtuvo su mejor resultado en las ciudades de más de un millón de habitantes, mientras Ciudadanos lo hacía en núcleos medianos, de entre 50 y 100 mil habitantes), o si entra en el fortín de la España rural. Y aquí es donde hay motivos para la alarma: porque el PP (de donde se nutre fundamentalmente el voto de Vox), obtuvo sus mejores resultados precisamente en los municipios más pequeños.

En los de menos de 2.000 habitantes, por ejemplo, obtuvo un apoyo 10 puntos superior al del resto del país (y no es una plaza insignificante: estos municipios pesan en el censo electoral casi tanto como los que tienen entre 400 mil y 1 millón). Y porque precisamente en estos municipios, su defensa de las armas, de la caza, y sus ataques a los que no saben distinguir “un jilguero de una tórtola” (frase que Abascal repite tantas veces que no cuesta imaginarse a ambas también en su salón), tienen una mejor acogida.

Con un añadido en el sistema electoral español (frente al americano o el inglés): como es conocido, las zonas menos pobladas están sobrerrepresentadas en nuestro sistema electoral. Obtener un buen resultado en estas circunscripciones es garantía de un nutrido grupo parlamentario.

Así que podemos echarnos unas risas a costa de Abascal: de su caballo y del morrión, del jilguero, la tórtola y de la pistola. Pero por el camino por el que vamos, mucho me temo que nos vamos a llevar un susto el día de las elecciones.

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