Querido Pedro, señor presidente: mueva usted primero

No se cruce de brazos, esperando que la situación se resuelva por sí sola, por agotamiento de sus adversarios. Usted más que nadie debería saber que esa táctica no funciona

Foto: Pedro Sánchez. (EFE)
Pedro Sánchez. (EFE)

Querido Pedro: cuando en mayo de 2017, por sorpresa, ganaste las primarias socialistas frente a Susana Díaz, un escalofrío nos recorrió a muchos.

Nos estremecimos porque hasta entonces venías comportándote como un adolescente caprichoso. Pocos meses antes, en un programa de televisión con Jordi Évole, explicaste tu salida de la secretaría general socialista con una serie de acusaciones que hubiese firmado el mismísimo Julian Assange.

Arrastrabas entonces bolsas en los ojos que parecían inyectadas en rencor. Te resistías a reconocer ningún error en los largos meses que pasaron entre las elecciones de diciembre de 2015 y la investidura de Mariano Rajoy en octubre de 2016. Aquella larga noche había empezado para ti con un rayito de esperanza, cuando recibiste el encargo real para presentarte a la sesión de investidura.

Pero te diste de bruces con la realidad: Ciudadanos y Podemos, los dos partidos con los que intentaste formar una 'mayoría de cambio', demostraron ser como el agua y el aceite. Tu derrota en la investidura nos llevó a la repetición de las elecciones.

El presidente del Gobierno en funciones de España, Pedro Sánchez. (EFE)
El presidente del Gobierno en funciones de España, Pedro Sánchez. (EFE)

Cosechaste, por segunda vez, el peor resultado histórico de los socialistas. Faltó un suspiro para que Pablo Iglesias, entonces tu gran rival, te adelantase. Y Mariano Rajoy incrementó su apoyo, tanto en votos como en escaños.

Pudiste entonces extraer las mismas conclusiones que todos vimos con claridad: que en aquellas circunstancias, solo cabía un Gobierno encabezado por Rajoy. “Un Gobierno del Partido Popular o del Partido Popular”, que dirías ahora. Que no podías seguir bloqueando 'sine die' la formación de un Gobierno en nuestro país, ni obligar a los ciudadanos a pasar por unas esperpénticas terceras elecciones.

Pudiste optar entonces por abstenerte en la investidura y dejar gobernar a Rajoy. Pero pensaste que no te beneficiaba electoralmente

Pudiste optar entonces por abstenerte en la investidura y dejar gobernar a Rajoy. A cambio de nada (tal vez cosechando el aplauso por encontrar una salida al atolladero) o imponiendo duras condiciones (quizá podrías haber pedido hasta el sacrificio del propio Rajoy). Pero pensaste que ninguna de estas alternativas te beneficiaba electoralmente.

También lo debieron pensar tus compañeros más críticos dentro del partido, que te empujaban en silencio al sacrificio, mientras afilaban sus cuchillos. Menudo espectáculo disteis. Apenas consideraste seriamente la oferta que te hizo Rajoy para formar un Gobierno de coalición. Habías visto el descalabro de los socialistas en Grecia y en Alemania tras entrar en sendas coaliciones con los conservadores, y temías dejarle todo el terreno de la oposición a Pablo Iglesias. Quizá, también, no te valía tan solo con ser vicepresidente.

Que ya entonces tuvieses planes para volar más alto. Bloqueado, sin salidas, optaste por escapar a las bravas del encierro. Convocando un congreso exprés para reforzar tu posición, aunque no fuese el momento más oportuno para el resto de españoles (¡estábamos sin Gobierno y con el reloj corriendo hacia unas terceras elecciones!). Fue además un movimiento torpe, porque mediste mal tus fuerzas. Las dimisiones de tu ejecutiva, aquel comité federal, la urna, la cortina. Discúlpame si estoy revolviendo tus recuerdos.

Tal vez la cortina provoque en tu memoria el mismo efecto que la magdalena causaba en la de Proust. Fueron tus momentos más duros. Pero resististe. Para completar la travesía del desierto, te pusiste una coraza con la que nunca has estado muy cómodo. Te tatuaste en la piel la bandera del 'no es no'. Y cuando recuperaste el liderazgo socialista, seguiste golpeando por el lado izquierdo.

Sánchez y el Rey. (Reuters)
Sánchez y el Rey. (Reuters)

En el congreso que te eligió de nuevo, propusiste definir España como una nación de naciones. Una de tus primeras decisiones fue ordenar el voto en contra de los diputados socialistas al tratado de libre comercio entre la UE y Canadá (¡menos mal que en las cumbres internacionales se han olvidado de aquello!), y propusiste establecer un impuesto a la banca para financiar el sistema de pensiones. Las encuestas no acompañaban. Pero no cejaste, porque tu plan era otro.

No era salir victorioso de las urnas (mejor dicho, no era ir directamente a ellas) sino aprovechar una rendija de nuestro sistema constitucional para, con un golpe de audacia, convertirte en presidente. Y para que saliese bien, necesitabas convencer al resto de grupos de la Cámara de que seguías siendo el peligroso izquierdista con la mirada inyectada de la entrevista con Évole. Necesitabas los votos de Podemos, de ERC, del PdCAT y hasta de Bildu.

Nunca hubiesen votado a Susana Díaz (ni a ningún otro socialista templado) en una moción de censura. Aquella jugada salió perfecta. Porque un día de mayo de 2018, la rueda de la fortuna, por fin, te empezó a sonreír. Ya no eras Pedro sin más, señor presidente. Desde entonces, hasta nos dirigimos a usted de otra manera. La primera etapa en el Gobierno ha tenido, pese a todo, un sabor agridulce. La precaria minoría parlamentaria ha llevado al alambre cada iniciativa. Aún peor ha sido el sostén venenoso de los independentistas, tan poco fiables como necesarios para sacar adelante las propuestas.

Incluso en lo personal ha sido duro para usted: la polémica sobre su tesis, el Falcon (¿no lo han utilizado todos los presidentes?), la exhumación de Franco, la llegada de Vox a las instituciones. No ha sido un camino de rosas.

“¡Con Rivera, no!”, le gritaban en Ferraz la noche de las elecciones. ¿Para qué va a traicionar aquella confianza sin conseguir nada a cambio?

¿Quién dijo que fuese a serlo? Durante unos días, después de las elecciones del pasado abril, las mieles del éxito le nublaron el juicio. Porque la victoria fue espectacular. Casi doblando en escaños a Casado. Y encima Casado, con quien se siente más cómodo como rival, aguantando el empuje de Rivera. Y Vox sacando lo suficiente para hacerle un roto a la derecha, pero sin hacérselo al sistema político en su conjunto.

El resultado salió a pedir de boca. Pero ahora, señor presidente, está empezando a rumiar que la aritmética es muy cejuda. Que no hay cómo ocultarla. Está Iglesias, con su infatigable empeño y su desdeñoso tono paternalista, obcecado en entrar en el Gobierno. Le duelen las muelas de imaginárselo. Y están además los independentistas catalanes, que siempre convierten en un volcán todo lo que tocan.

Teme que vuelva a ser un calvario diario, que la acción del Gobierno se malgaste en el regate corto. Que se pasen los próximos cuatro años en polémicas estériles. Solo se es presidente una vez en la vida, así que a menudo se pregunta: ¿no existe otra opción? Una que sea menos áspera de transitar. Y se responde que sí hay una: la coalición con Rivera. Los 180 diputados. Solo que ahora parece irrealizable.

A veces, en duermevela, se imagina cómo sería todo con esa mayoría detrás. Un Gobierno progresista y liberal. Con fuerza para sacar adelante las reformas que este país necesita. Un Gobierno sin hipotecas, moderno, reformista. En el fondo, señor presidente, el momento político de su carrera del que se siente más satisfecho, cuando estuvo más cómodo, fue el 'pacto del abrazo', el acuerdo con Ciudadanos para la investidura en 2016. Pero ese acuerdo, se repite una y otra vez, ahora es imposible. Ha enviado emisarios discretos para tentar las aguas. Y la respuesta ha sido un portazo.

Además, le preocupa el efecto que puede causar entre el electorado de izquierda un acercamiento a Ciudadanos. Sabe que la victoria en las generales se produjo por la movilización de los votantes más clásicos, que se sienten mucho más cómodos con Podemos que con Ciudadanos. “¡Con Rivera, no!”, le gritaban en Ferraz la noche de las elecciones. ¿Para qué va a traicionar aquella confianza sin conseguir nada a cambio?

Porque no hay nada que usted pueda hacer para que cambie el curso de los acontecimientos, para vencer la resistencia de Rivera. ¿O sí lo hay? Deje de preguntárselo, señor presidente. Hay ocasiones en las que hay que hacer lo que hay que hacer, como diría su antecesor en el cargo. Para algo vive usted en la Moncloa: tiene el timón de la iniciativa política. Si tiene la convicción de que existe una fórmula de gobierno que es mejor que ninguna otra, debe salir y proponerla. Dejar que el genio de la política salga de la botella. Defender ese Gobierno en público, o en privado, a quien corresponda.

Y si le preocupa el efecto entre sus votantes, justifíquelo con una simple operación aritmética: con Ciudadanos salen las cuentas, con Podemos no. Es lógico empezar por los primeros. Señor presidente: a usted le corresponde, más que a cualquier otro responsable político, evitar que se repita la situación de bloqueo de hace tres años.

No se cruce de brazos, esperando que la situación se resuelva por sí sola, por agotamiento de sus adversarios. Usted más que nadie debería saber que esa táctica no funciona. Utilice todas sus cartas, no se guarde ninguna. Señor presidente: mueva usted primero.

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