"Este chico no vale pero nos vale". El destino 'nixoniano' de Pedro Sánchez

La gran fortaleza política de Sánchez, hasta ahora, no eran sus principios, sino su utilidad. Era, para sus votantes, "nuestro cínico útil"

Foto: Pedro Sánchez en el Palacio de la Moncloa. (EFE)
Pedro Sánchez en el Palacio de la Moncloa. (EFE)
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Se ha repetido muchas veces la frase con la que presuntamente Susana Díaz dio el visto bueno a la candidatura de Pedro Sánchez frente a Madina en las primarias socialistas de 2014: “Este chico no vale, pero nos vale”. La frase, además de recordar lo traviesa que puede ser la política (seguro que Díaz se ha arrepentido muchas veces de decirla), dibuja un retrato del presidente en funciones sobre el que la mayoría de sus votantes podría coincidir todavía hoy: Sánchez puede tener principios mutables, puede ser un cínico por decirlo sin paños calientes. Pero es un cínico útil. “Nos vale”.

Sobre su cinismo no hace falta extenderse demasiado. El mismo Sánchez que se proyectaba en una gigantesca bandera de España (junio de 2015), defendía la nación de naciones (septiembre de 2017), la aplicación del 155 o el relator en Cataluña, según tocase. Sin ir más lejos, en la entrevista del pasado jueves, sacó pecho de su oferta de coalición a Podemos, para a continuación decir que no hubiese podido dormir (no solo él, sino lo que es más grave, “el 95% de los españoles”) si esta oferta se hubiese aceptado; también señaló a Ada Colau como un ejemplo de por qué no habría funcionado la coalición con Podemos, para después atacar a Rivera por no haber apoyado la investidura de la alcaldesa de Barcelona (todo ello, poniendo cara de cartón cuando se le recordó que los socialistas gobiernan con Colau en Barcelona).

Pedro Sánchez y Susana Díaz en una foto de archivo. (EFE)
Pedro Sánchez y Susana Díaz en una foto de archivo. (EFE)

La gran fortaleza política de Sánchez hasta ahora, insisto, no eran sus principios, sino su utilidad. Era, para sus votantes, “nuestro cínico útil”. Servía para cerrarle el paso a Susana Díaz (ningún otro candidato socialista lo hubiese conseguido), echar a Rajoy de la Moncloa (ídem) o frenar la llegada de la ultraderecha. Su problema ahora es que le ha salido un punto ciego para las próximas elecciones: ¿de qué sirve a día de hoy Pedro Sánchez?

Porque si se analiza con calma la “receta Sánchez” se ha marchitado. Sánchez no sirve para gobernar con Podemos y formar una coalición de izquierdas: su veto personal a Iglesias y los palos que ha puesto en la rueda de las negociaciones han cegado ese camino. Sánchez tampoco sirve para llegar a un acuerdo con Ciudadanos. Aunque no sea el único motivo, es innegable que Sánchez es uno de los principales escollos para recomponer la relación entre socialistas y naranjas. Y Sánchez (también él) es el candidato socialista menos indicado para pedirle a Casado una abstención u otra fórmula de cooperación después del próximo 10-N. Sánchez ya no sirve políticamente para casi nada. El emperador se ha quedado desnudo.

¿Hay algún otro ejemplo histórico parecido que pueda guiarnos? Salvando las muchas distancias (más adelante insistiré en ellas) hay uno que permite trazar algunos paralelismos.

Richard Nixon era un tramposo. Poco antes de su reelección en 1972, cambió la ley electoral para regular las donaciones a los partidos, estableciendo límites que perdurarían hasta que una reciente sentencia del Tribunal Supremo los hizo saltar por los aires. Cuenta uno de sus mejores biógrafos, Rick Perlstein, que hasta horas antes de que entrase en vigor la nueva regulación, el dinero llegaba en sacas al cuartel general de los republicanos, en tal cantidad que resultaba imposible gastárselo durante la campaña.

Nixon también era un mentiroso. Cuando se presentó como candidato a vicepresidente con Eisenhower, en 1952, varios medios publicaron la existencia de una especie de fondo de reptiles que pagaba gastos personales de Nixon. En uno de los primeros discursos en televisión de un político, Nixon repasó en todo detalle sus finanzas personales: su hipoteca, sus ahorros, el vestuario de su mujer (“Pat no se puede permitir un abrigo de visón, aunque tiene uno decente”) y prometió devolver todo lo que había recibido. Todo salvo una cosa: contó que un votante de Texas había escuchado que sus hijas adoraban los perros, y les regaló un pequeño cocker, de nombre Checkers (que daría nombre a esta historia). Y el perro no pensaba devolverlo. Por supuesto, toda esta historia era mentira. Pero Nixon consiguió su objetivo, y Eisenhower lo mantuvo en el ticket.

Para muchos republicanos Nixon era un tramposo útil. Útil para poner orden en una sociedad rota por las tensiones raciales, culturales, las drogas...

Nixon podía ser fullero hasta la paranoia (Watergate se encargaría de demostrarlo), pero era también otras cosas: en primer lugar, una de las mentes políticas más fascinantes del siglo XX (quizás esta sea su mayor diferencia con el actual presidente español), cuyo acercamiento a China, por ejemplo, cambió los ejes geopolíticos de la historia. Pero era sobre todo, para muchos republicanos, un tramposo útil. Útil para poner orden en una sociedad rota por las tensiones raciales, las guerras culturales, las drogas, la delincuencia y la guerra de Vietnam. La “mayoría silenciosa” de estadounidenses apostó por él a sabiendas de que se le conocía como “Tricky Dicky” (“Dick el tramposo”) desde su entrada en política. Y Nixon no les falló: ganó las elecciones de 1968 y arrasó en las de 1972 (ganando en 49 de los 50 estados, la mayor victoria de cualquier presidente americano). Eso sí, para ello utilizó tantas trampas que al final lo pillaron. Y tan pronto como esto sucedió, sus apoyos se esfumaron. Votantes, periodistas, congresistas. Cuando Nixon dejó de ser útil, perdió toda su fuerza política, como si de un Sansón se tratase. Nixon tuvo que dimitir entre el oprobio generalizado. También el primer presidente americano en hacerlo.

Perlstein definía la compleja personalidad de Nixon a partir de dos grupos sociales: los 'Franklins' (educados en las universidades de la Ivy League, la élite intelectual de EEUU) y los 'Orthogonians' (en referencia a la universidad pública donde Nixon estudió en California), hombres hechos a sí mismos. Nixon pertenecía a los segundos, pero siempre se sintió fascinado y acomplejado por los primeros. Fue esta obsesión, decía Perlstein, la que llevó a Nixon a cometer sus excesos más marrulleros.

Se ha escrito mucho sobre la negativa de Sánchez a formar un gobierno de coalición con Iglesias. Ha habido muchas interpretaciones políticas, así que voy a añadir una psicológica: donde realmente siempre ha querido entrar Sánchez es en el panteón de los socialistas ilustres, convertirse en uno de los “Franklins”. Porque Sánchez siempre se ha visto a sí mismo como un “Orthogonians”, despreciado por la vieja guardia socialista. Si Iglesias entraba en su Consejo de Ministros, sin embargo, esta puerta se le cerraba para siempre. En términos históricos lo situaba más cerca de Negrín que de Azaña. Más cerca de Zapatero que de Felipe González. Y fue esta vanidad, más que el cálculo político, lo que le llevó a apostar por la ruleta rusa de las elecciones. Porque aquella sombra, en efecto, si algo le quitaba a Sánchez, era su sueño. La duda es si también le ha quitado, como a Nixon, su más preciado secreto.

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