La política exterior no es para los "Redondos"

Si algo no admite la política exterior es la improvisación, la mercadotecnia y los cambios de rumbo de un día para otro, giros sin más explicación que su rédito político inmediato

Foto: El director de Gabinete del presidente del Gobierno, Iván Redondo. (Jorge Álvaro Manzano)
El director de Gabinete del presidente del Gobierno, Iván Redondo. (Jorge Álvaro Manzano)

El principal cambio en el nuevo Gobierno español (más allá de la entrada de ministros de Unidas Podemos) ha sido la política exterior. Ha pasado relativamente desapercibido, absorbidos como estamos por el tema catalán y los pines parentales. Pero ha habido varios cambios de calado que podrían explicar los acontecimientos vividos en los últimos días.

El primero ha sido la salida de Josep Borrell, tras su nombramiento como Alto Representante de la UE, y su sustitución por Arancha González Laya. Sin desmerecer un ápice el perfil de la nueva ministra, Borrell era un peso pesado político, seguramente el mayor equilibrio (si no el único) que existía dentro del Gabinete de Sánchez. Su alto octanaje político le permitía dejar impronta en temas no relacionados con sus competencias (como Cataluña), pero también marcar un rumbo fijo en los principales asuntos de política exterior.

En el año y medio que ocupó el cargo (desde junio de 2018 a noviembre de 2019), España mantuvo una dirección constante en asuntos como el Brexit o la propia crisis de Venezuela. A principios de 2019, precisamente a iniciativa española, la UE acordó una postura común, exigiendo a Maduro la convocatoria de elecciones en un plazo de ocho días y, ante la negativa de este, los países europeos reconocieron en cascada a Juan Guaidó como presidente "encargado" en Venezuela.

El primero en hacerlo, por cierto, fue el presidente español, quien presentó aquella postura común como un triunfo de la diplomacia española. El segundo cambio en la maquinaria de la diplomacia española ha sido la salida de José Manual Albares, encargado de asuntos internacionales en la Presidencia del Gobierno. Aunque en el organigrama dependía del jefe de gabinete del Presidente, Iván Redondo, en la práctica Albares actuaba como el verdadero 'sherpa' de Sánchez en las reuniones internacionales, manteniendo una interlocución directa con este. Su salida (seguramente el resultado de no haber sido nombrado Ministro de Exteriores en sustitución de Borrell) se ha interpretado como un refuerzo del "todopoderoso" Redondo, que habría reforzado sus competencias, añadiendo no solo las de comunicación sino también la gestión de los asuntos internacionales en Moncloa. El puesto de Albares está vacante, algo decisivo para entender lo sucedido en los últimos días.

Juan Guaidó y Pablo Casado. (Reuters)
Juan Guaidó y Pablo Casado. (Reuters)

El ministro Ábalos se ha visto envuelto en un rocambolesco episodio: como ha ido cambiando de versión, es difícil saber si fue a saludar de madrugada al ministro de Turismo de Maduro —un gesto ya discutible diplomáticamente—, o si fue a evitar la entrada en territorio español de la vicepresidenta venezolana, que tiene prohibido su acceso al territorio europeo por graves violaciones de derechos humanos.

Hay muchas explicaciones todavía pendientes en este episodio: ¿entró la vicepresidenta venezolana en territorio español? ¿Por qué decidió hacer escala en Madrid, a pesar de las sanciones existentes, y no por ejemplo en Marruecos? ¿Estaba al tanto de este episodio el vicepresidente segundo? ¿Y el Ministerio de Exteriores? ¿Y Moncloa? Incluso si desconocía la presencia de la vicepresidenta venezolana —una versión cada vez más insostenible—, ¿por qué fue a saludar de madrugada a un ministro de un Gobierno que España no reconoce? Hacen falta luz y taquígrafos sobre este incidente, que ha levantado incredulidad en las cancillerías europeas o en la de EEUU.

Cuesta creer que este episodio hubiese tenido lugar con Borrell todavía al frente de la diplomacia española. Hasta que la nueva ministra refuerce su perfil, y marque claramente el territorio a otros departamentos (entre ellos, el vicepresidente Pablo Iglesias, que esta semana se ha saltado la línea oficial española refiriéndose a Juan Guaidó como "líder de la oposición venezolana" en lugar de como "presidente encargado"), pero también al jefe de gabinete del presidente, después de que este haya tomado las riendas de la agenda internacional del presidente, no sería de extrañar que viviésemos más episodios como este, o como el que hace unas semanas tuvo lugar en la embajada española en Bolivia.

¿Por qué decidió hacer escala en Madrid, a pesar de las sanciones existentes, y no por ejemplo en Marruecos?

La visita de Juan Guaidó, y la negativa del presidente Sánchez a recibirlo (al contrario que otros líderes europeos como Merkel o Boris Johnson) es un episodio igualmente grave y oscuro. Porque detrás de la decisión de Sánchez (perfectamente medida, como todos los gestos en política exterior) subyace un cambio en nuestra política exterior hacia Venezuela respecto a la mantenida en el último año: ha sido el expresidente Zapatero quien ha salido a defenderla, explicando que se trata de "un nuevo enfoque" sobre Venezuela, y sembrando dudas sobre la figura del "reconocimiento a Guaidó" que hasta ahora había constituido el punto de encuentro entre los países europeos.

Este cambio en la postura española, marcando distancia con Guaidó, habría sido unilateral —no consta que se haya discutido con otras cancillerías europeas— y sin que haya mediado explicación alguna. No puede ser tampoco una coincidencia que se produzca tras la salida de Albares del Palacio de la Moncloa y la irrupción de Redondo. Porque efectivamente este cambio de postura tiene todo el aroma de la "factoría Redondo": súbito, de envergadura, y sin explicaciones. La misma hoja de ruta, por ejemplo, que recorrió Sánchez entre las últimas elecciones y su investidura.

Desconozco cuál es el motivo último del cambio de estrategia en Venezuela, o lo que está detrás del episodio de Ábalos: si es el efecto colateral de un jefe de gabinete obsesionado con la comunicación que quiere evitar al presidente Sánchez una foto con Guaidó; o busca evitar la primera grieta dentro del Gobierno de coalición, dada la postura claramente divergente que los dirigentes de Podemos mantienen sobre la situación en Venezuela; o es el resultado de la creciente influencia del expresidente Zapatero, ya sea directamente o a través del vicepresidente Iglesias, o viceversa; o, puestos a especular, si se trata de un intento deliberado de provocar una guerra cultural más, con Venezuela en el epicentro. De lo que sí estoy seguro es de lo que no es: el fruto de una reflexión serena sobre los diferentes escenarios, y de cuál es el mejor camino para el pueblo venezolano y para los intereses de España en la región.

Porque efectivamente este cambio de postura tiene todo el aroma de la "factoría Redondo": súbito, de envergadura y sin explicaciones

Si algo no admite la política exterior es la improvisación, la mercadotecnia y los cambios de rumbo de un día para otro, giros copernicanos sin más explicación que su rédito político inmediato. Seamos claros: la política exterior no es para los "Redondos".

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