Jordi Sevilla, Teresa Ribera y los caminos de la transición verde

El cambio climático es, permítanme llamarlo así, el fallo de mercado más gigantesco de la historia. Emitimos mucho más CO2 del que deberíamos para mantener el equilibrio del clima

Foto: La vicepresidenta cuarta y ministra para la Transición Ecológica, Teresa Ribera, en su toma de posesión. (EFE)
La vicepresidenta cuarta y ministra para la Transición Ecológica, Teresa Ribera, en su toma de posesión. (EFE)

Como cualquier médico sabe, se puede coincidir en el diagnóstico y prescribir tratamientos muy diferentes. Seguramente, tanto la vicepresidenta Ribera como el expresidente de Red Eléctrica Jordi Sevilla coinciden en un diagnóstico: el de la 'emergencia climática'. La necesidad de una transformación radical de nuestro modelo productivo para evitar que el incremento de la temperatura sobre los niveles preindustriales sea de una magnitud (3, 4 o incluso cinco grados centígrados) que resulte catastrófica. En lo que probablemente no coincidan es en el mejor tratamiento: qué hacer para evitarlo. Un debate, por cierto, mucho más relevante que el de la propia existencia del cambio climático, una realidad que solo se puede desconocer desde el negacionismo acientífico. Lo importante, en este caso, no es el qué (científicamente probado) sino el cómo: cuál es la mejor manera de reaccionar ante el calentamiento del planeta.

El cambio climático es, permítanme llamarlo así, el fallo de mercado más gigantesco de la historia. Emitimos mucho más CO2 del que deberíamos para mantener el equilibrio del clima. Así ocurre desde aproximadamente dos siglos, aunque la curva se ha acelerado de forma exponencial en los últimos años. Más de la mitad del CO2 que se ha emitido a la atmósfera durante la existencia de la vida humana en la Tierra ha tenido lugar después del año 2000. Es decir, como señala David Wallace-Wells en 'El planeta inhóspito', después de que Al Gore estrenase su documental 'Una verdad incómoda', esta vez no se puede decir que no lo sabíamos.

Hemos producido demasiado CO2, en primer lugar, por lo que los economistas llaman una 'externalidad negativa'. Las emisiones de CO2 acarrean consecuencias negativas para el medioambiente (el efecto invernadero y el consiguiente calentamiento del planeta) que los agentes no tienen en cuenta en sus decisiones. Por eso se emite mucho más CO2 de lo que sería socialmente deseable.

En el caso de las emisiones de gases de efecto invernadero (el CO2 es solo uno de ellos), hay un segundo elemento que se combina con el anterior: las emisiones constituyen un 'mal público' que a su vez destruye un 'bien público', el clima. Lo primero provoca lo que los economistas llaman 'la tragedia de los comunes'. Lo segundo justifica la protección pública del clima. Cualquier tonelada de CO2, con independencia de su origen, tapona la atmósfera. A su vez, el calentamiento global tiene, como su propio nombre indica, una dimensión global. El incremento de las precipitaciones en, digamos, Florida, puede provocar alteraciones del clima en Australia. Es este doble bucle el que ha convertido el cambio climático en un fallo de mercado de dimensiones colosales.

¿Cómo reaccionar ante el cambio climático? A grandes rasgos, se puede decir que hay tres grandes aproximaciones: corrección, intervención, dirigismo. Como es obvio, las medidas forman una gama continua. Esta es solo una manera, aunque útil, de clasificarlas.

Contaminación en Madrid provocada por las emisiones. (EFE)
Contaminación en Madrid provocada por las emisiones. (EFE)

La corrección sería la respuesta tradicional de la disciplina económica ante un fallo de mercado: poner remedio. Para conseguirlo, es necesario que los agentes internalicen los costes del CO2. Para ello, se creó hace tiempo en Europa un mercado de derechos de emisión, un mecanismo para fijar un 'precio' al CO2, que de esta forma incrementa los costes de las actividades o bienes más contaminantes. En la práctica, sin embargo, este mecanismo no ha funcionado correctamente: las industrias han sido eficaces para hacer 'lobby' a los reguladores encargados de fijar el nivel de emisiones que les correspondía a cada una. Digamos que es como si hubiesen conseguido que el banco central hubiese puesto a funcionar a la máquina de imprimir billetes. El resultado es que el precio del CO2 ha sido más bajo del socialmente deseable para disminuir las emisiones.

Por este motivo, hay economistas que abogan por sustituir el sistema de derechos de emisión por un impuesto 'pigouviano' sobre el CO2. Aunque teóricamente es una figura más apropiada, tiene la dificultad de que requiere una acción concertada a nivel internacional para que resulte eficaz.

Una segunda escuela defiende que la corrección no es suficiente, que es necesaria una mayor intervención sobre la economía. Establecer estándares más exigentes sobre las emisiones de los vehículos, por ejemplo, o sobre el aislamiento de las viviendas. O en el sistema eléctrico. Inevitablemente, se dice, para completar la transición hacia una economía descarbonizada (o, al menos, para limitar el incremento de la temperatura global hasta unos niveles tolerables) la actividad económica va a estar mucho más regulada de lo que lo estuvo en el último medio siglo.

Hay un tercer grupo, que he llamado dirigismo. No se aboga solamente por una mayor intervención de la actividad económica, sino un paso más: por dirigir los sectores de actividad hacia un lugar determinado. Por elegir las tecnologías llamadas a sustituir a los combustibles fósiles. Por ejemplo, decretando la prohibición de los vehículos de combustión interna, y su sustitución por vehículos eléctricos. O decidiendo si el transporte aéreo es socialmente admisible o no. O la composición deseable del 'mix' eléctrico del futuro.

Déjenme dar mi opinión: tal vez la corrección sea insuficiente para alcanzar los objetivos de reducción de emisiones. Seguramente es inevitable que en las próximas décadas asistamos a un mayor intervencionismo en la inmensa mayoría de las actividades económicas, desde el sector eléctrico o la edificación hasta el transporte por carretera. Pero seamos claros: no existe una sola experiencia de dirigismo económico que haya tenido éxito en la historia. Mucho menos puede serlo la gigantesca empresa de transformar de arriba abajo el sistema productivo de la economía mundial.

Cargadores de coches eléctricos en Zamora. (EFE)
Cargadores de coches eléctricos en Zamora. (EFE)

¿Qué tiene que ver todo esto con la salida de Jordi Sevilla de la presidencia de Red Eléctrica? Pues seguramente casi todo. A Sevilla, ideológicamente, cabría situarlo en alguna zona intermedia entre el primer grupo (corrección) y el segundo (intervención). Ribera, en cambio, pertenece seguramente al tercero (dirigismo). Y Red Eléctrica es una empresa sistémica en este pulso, una pieza fundamental en la transición energética. Realiza dos actividades capitales en el sistema eléctrico: la operación del sistema, y la planificación y el desarrollo de las redes de alta tensión. Una concepción dirigista necesita a Red Eléctrica como instrumento necesario para llevar adelante sus planes. Y, en cambio, una concepción distinta sabe que preservar la autonomía empresarial de Red Eléctrica tiene una importancia que va mucho más allá del pulso entre dos ejecutivos. No puedo sino lamentar que Jordi Sevilla no lo haya conseguido.

Es una mala noticia que el presidente de Red Eléctrica cambie cada vez que lo hace el color del Gobierno. Pero todavía es peor que esta vez lo haga sin que lo haya hecho el color del Gobierno. Los dos anteriores presidentes de Red Eléctrica estuvieron en el cargo ocho y seis años respectivamente. No es un asunto menor que esta vez cambie al cabo de año y medio.

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