No solo el estado de alarma: en las guerras se necesita un mando único

¿Es oportuno criticar al Gobierno en tiempos de guerra? Con matices, sí lo es. No solo es un ejercicio democrático saludable; también puede serlo para mejorar la gestión de la crisis

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en rueda de prensa. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en rueda de prensa. (EFE)

¿Es oportuno criticar al Gobierno en tiempos de guerra? Con varios matices, en mi opinión, sí lo es. No solo es un ejercicio saludable desde el punto de vista democrático; también puede serlo para mejorar la gestión de la propia crisis.

No me refiero, claro está, a la crítica ojeriza, al “zasca” facilón e inútil (que en ningún caso es recomendable, mucho menos en tiempos convulsos). Durante una crisis, son normales las declaraciones contradictorias, que las medidas cambien y se adapten a las circunstancias. En el contexto actual, todos tenemos que subir el listón varios metros: los responsables políticos, en la toma de decisiones. Los que opinamos sobre las mismas, sobre el escrutinio que practicamos.

Dicho lo cual, el cierre de filas inopinado, el silencio bovino, es igualmente contraproducente. Los Gobiernos reaccionan ante las críticas y, a veces, solo la presión de eso que antes se llamaba la opinión pública (sea lo que sea en la actualidad) puede obligarlos a modificar su rumbo. El Reino Unido cambió de Gobierno en mitad de la segunda Guerra Mundial, sustituyendo al timorato Neville Chamberlain (que había conducido con pulso tembloroso los primeros ocho meses de la guerra), por el enérgico Winston Churchill. De no mediar este cambio, seguramente el resultado de la contienda hubiese sido muy distinto. Y, en el extremo contrario del espectro, está el cierre de filas en EEUU con el presidente Bush tras los atentados del 11 de septiembre. Aquel sepulcral silencio facilitó el camino de mentiras que condujo, años más tarde, a la invasión y guerra de Irak.

La línea que separa la crítica oportuna y legítima de la mezquina y aprovechada, por supuesto, es muy delgada. En nuestro país, por ejemplo, dos mitades casi irreconciliables de la población valoran de manera diametralmente opuesta la respuesta de la oposición durante los días críticos que siguieron a los atentados del 11M en 2004. Hay que andar con tiento, pero sin parálisis. España es el segundo país de la UE con más casos: es inevitable preguntarse si la diferente reacción de las autoridades españoles (más tardía y menos drástica que la mayoría de países europeos) es una de las explicaciones.

A estas alturas, es poco discutible que mantener la manifestación del pasado 8M fue un colosal error, debido a los centenares de casos de contagio que ya entonces se amontonaban en los hospitales madrileños. Dicho lo cual, es precisamente este tema sobre el que debemos pasar página más rápido; mejor dicho, demorar la exigencia de responsabilidades políticas (¿quién decidió mantener la convocatoria? ¿según qué recomendaciones?) hasta que haya amainado la tormenta. A estas alturas, poco se puede hacer para deshacer aquel masivo entuerto. Tiempo habrá, eso sí, para que estas preguntas básicas no se queden sin respuesta.

Lo importante ahora es centrarse en dos aspectos: en la propia gestión de la crisis sanitaria y en los efectos económicos de la misma. Esta es, en mi opinión, el campo de la crítica constructiva. Y en los dos casos, en mi opinión, el Gobierno se está quedando corto.

No me parece una exageración comparar la situación de crisis que vivimos con un escenario bélico. La acumulación de enfermos, el desabastecimiento de materiales, las restricciones del personal sanitario, el pánico en la población, son todas situaciones más propias de un período de guerra. Y, en este sentido, si la descentralización de nuestro sistema sanitario ha sido una bendición durante las últimas décadas, permitiendo un nivel de calidad y eficiencia muy superior al de otros países, en tiempos bélicos se convierte en un severo lastre: necesitamos una cadena de mando única y jerarquizada, no 17 comunidades autónomas adoptando medidas desordenadas al grito de “sálvese quien pueda”.

En los próximos días habrá que tomar decisiones difíciles, como el cierre de regiones, el traslado de enfermos a hospitales situados en otras comunidades autónomas, o el racionamiento del material disponible según la evolución de la enfermedad por regiones. Solo un mando único puede tomar estas decisiones de forma coordinada. De lo contrario, pueden repetirse situaciones como las vividas en los últimos días, cuando tras el cierre educativo en Madrid muchos estudiantes madrileños volvieron a sus lugares de origen, con el resultado exactamente contrario al perseguido.

La declaración del estado de alarma anunciada por el presidente del Gobierno debe implicar que el Gobierno central asuma el mando y centralice la adopción de las medidas pertinentes en el ámbito de la salud, la seguridad ciudadana, y el orden público. En los próximos días será necesaria la adopción de medidas restrictivas de derechos individuales y de la libertad de empresa nunca vistos en nuestras sociedades: el aislamiento domiciliario de la población o la intervención de plantas industriales para la fabricación de materiales médicos. Solo de una manera centralizada pueden adoptarse todas estas medidas. Hoy mejor que mañana. Ya si es posible.

El segundo aspecto donde, en mi opinión, el Gobierno se está quedando corto, es en la respuesta económica a la crisis. No podemos infravalorar el impacto económico de tener a la población encerrada en sus casas durante semanas (quién sabe si meses). En algunos sectores (como el turismo) las cancelaciones están siendo salvajes, y el mismo efecto lo veremos en los próximos días en sectores como la restauración o el transporte. La prioridad debe ser el mantenimiento del empleo para evitar una catastrófica depresión económica. La regla de oro de la respuesta pública a los shocks económicos adversos, se conoce como las “tres T”: oportuno, temporal y dirigido (“timely, temporary and targeted”). Nuestra situación fiscal es mucho peor que en 2008; a pesar de ello, la flexibilización de las reglas fiscales en la UE nos permitirá utilizar una bala en la respuesta económica a la crisis del coronavirus. Es fundamental no malgastar esta bala, porque solo tendremos una. El mantenimiento del empleo durante el próximo mes es fundamental: el Gobierno debe valorar cualquier medida que se dirija a este objetivo, incluso las más drásticas, como asumir las cotizaciones sociales de las empresas durante este periodo.

El apocamiento del Gobierno durante las últimas semanas no debe ser motivo de contienda política. Pero tampoco de complacencia pasiva. Vivimos una de las horas más oscuras que nos tocará vivir en varias generaciones. La alarma exige lo mejor de todos: empezando por nuestros responsables políticos.

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