Pedro Sánchez debe plantear una cuestión de confianza

Existen dos precedentes en nuestra historia política: Suárez la solicitó en septiembre de 1980; en abril de 1990 lo hizo González, apenas cuatro meses después de la sesión de investidura

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)
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La cuestión de confianza se regula de forma concisa en el art. 112 de la Constitución: “El presidente del Gobierno, previa deliberación del Consejo de Ministros, puede plantear ante el Congreso de los Diputados la cuestión de confianza sobre su programa o sobre una declaración de política general. La confianza se entenderá otorgada cuando vote a favor de la misma la mayoría simple de los diputados”.

Existen dos precedentes en nuestra historia política reciente: Adolfo Suárez la solicitó en septiembre de 1980; en abril de 1990 lo hizo Felipe González, por cierto, apenas cuatro meses después de la sesión de investidura que lo había elegido presidente del Gobierno para un nuevo mandato.

La cuestión de confianza es el instrumento parlamentario adecuado en dos casos: cuando existen dudas sobre la mayoría que sostiene al Gobierno (confianza 'sobre su programa'), o cuando un imprevisto político, social o económico altera de forma brusca el rumbo de la legislatura, alejándola hacia un camino muy diferente del que se dibujaba al principio de la misma. La cuestión de confianza que planteó Felipe González obedecía al primer motivo, después de la anulación de los resultados electorales en varias circunscripciones. En el caso de Adolfo Suárez, fue una mezcla de los dos motivos: por un lado, las divisiones internas dentro de su propia formación política, UCD, al hilo del impulso al Estado de las autonomías, y por otro, la grave crisis económica que entonces golpeaba nuestro país.

Esta situación no puede prolongarse durante el resto de la legislatura, especialmente en un contexto tan complicado como el que nos aguarda

En la situación actual, se dan todas estas circunstancias, incluso de forma amplificada: la España de hoy (todavía más la de mañana) se parece en muy poco a la del pasado 8 de enero, cuando Pedro Sánchez logró sacar adelante su investidura. A la emergencia sanitaria vivida en los últimos meses, que podría reaparecer en cualquier momento, hay que sumar el impacto sobre nuestra economía, sobre el empleo y las cuentas públicas. Sufriremos una caída del PIB de entre el 10 y el 15%, el porcentaje de desempleados podría superar el 20% (e incrementarse hasta el 35% incluyendo los trabajadores afectados por un ERTE), provocando un agujero sobre nuestras cuentas públicas de dos dígitos, cuya consolidación no será en ningún caso ni rápida ni fácil. Si entre 2008 y 2011 fuimos pasando etapas durante la crisis de forma secuencial (restricción del crédito, caída de la actividad, incremento del desempleo, deterioro de las carteras crediticias y finalmente crisis soberana), lo más previsible es que todas estas etapas ocurran ahora de forma acelerada, en apenas unos pocos meses.

Como indicaba el gobernador del Banco de España la semana pasada, la respuesta a la crisis del coronavirus inevitablemente pasa por un acuerdo para varias legislaturas, que preserve algunas partidas como el gasto sanitario, de educación e I+D, mientras se manda una señal inequívoca, un acuerdo político de amplio espectro, sobre el camino de la consolidación fiscal a medio plazo, y la sostenibilidad de nuestras cuentas públicas.

También concurre ahora el segundo de los motivos que justifica una cuestión de confianza: las dudas sobre la mayoría que sostiene al Gobierno. La investidura de Sánchez recibió el voto afirmativo de 167 diputados frente a 165 votos en contra y 18 abstenciones. Algunas de las formaciones que entonces apoyaron el Gobierno han dejado de hacerlo. Las cabriolas del Gobierno para sacar adelante la extensión del estado de alarma evidencian su extremo raquitismo. Incluso en una situación como la actual, una de las peores crisis imaginables, el Gobierno no cuenta con una mayoría sólida para sacar adelante su 'programa'.

Ya sabemos que el 'modus operandi' de este Gobierno es salvar cada votación como si se tratase de un 'match-ball', y no le importa saltar según le convenga del apoyo del PP o de Ciudadanos al de ERC o Bildu. Pero es obvio que esta situación no puede prolongarse durante el resto de la legislatura, especialmente en un contexto tan complicado como el que nos aguarda. Sánchez ya ha engañado a todos sus socios en algún momento, e incluso a alguno de ellos durante todo el tiempo. Lo que no puede es confiar, según la célebre expresión que normalmente se atribuye a Lincoln, en “engañar a todo el mundo todo el tiempo”.

Sánchez parece querer explorar (ya sea por necesidad o por convicción) una mayoría alternativa a la que le dio apoyo durante la investidura: en las últimas semanas, ha flirteado con la que formaría con Ciudadanos y el PNV (los partidos que le han permitido sacar adelante las dos últimas extensiones del decreto de alarma); su socio de Gobierno, en cambio, parece apostar por la mayoría 'super Frankenstein' que formarían con ERC y Bildu. El rocambolesco episodio vivido la semana pasada a cuenta del acuerdo firmado por Bildu solo se explica porque los socialistas, histéricos por encontrar apoyos a la extensión de la alarma, se dejaron arrastrar por Podemos, que persigue sin disimulo 'blanquear' políticamente a Bildu para sustituir al PNV en la mayoría que apoya al Gobierno.

No son estas dos las únicas fórmulas de Gobierno que existen. También podría el presidente explorar otras. Algún día resolveremos el jeroglífico político español que proscribe cualquier colaboración entre los grandes partidos, al mismo tiempo que tolera las combinaciones más dantescas.

Tengo demasiada admiración por Alfredo Pérez Rubalcaba, el último de los viejos colosos de la política española, como para abusar de su memoria. Pero estos días circula un vídeo de 2016 en el que Rubalcaba contaba, en una entrevista en televisión, que su mayor temor a un Gobierno Frankenstein era que, al sentarse a negociar con ERC y Bildu, el PSOE acabase pareciéndose a estos partidos, antes que al contrario. Así se lo había trasladado a Pedro Sánchez, antes de que este le retirase la palabra. Tal vez en mitad de esta carrera frenética que no conduce a ninguna parte, llegue el momento de que Pedro Sánchez recupere el resuello para prestar atención a aquellas palabras que entonces no quiso escuchar. Que, sin triquiñuelas ni titubeos, decida con quién quiere gobernar, y qué quiere hacer con su Gobierno.

Para ello, una vez finalice el estado de alarma, debería solicitar la confianza de la Cámara, que es al fin y al cabo de la confianza de todos los españoles. De lo contrario, quizá su alocada carrera por sobrevivir se lleve por delante varias de nuestras instituciones, a sus ministros y a sus votantes. Pero no se engañen: esta historia solo tiene un final posible. 'El jugador', de Dostoievski, no describe uno sino casi todos los tipos de jugadores que existen. Está Alekséi Ivánovich, el atormentado protagonista. Está el general ruso, que apuesta todo a convertirse en heredero. Está la anciana que se juega su fortuna antes de que se la queden sus herederos. En realidad, las historias tristes también se parecen entre sí. Porque cuando se juega siempre a la ruleta, solo se puede acabar de una forma: solo y arruinado.

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