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Se buscan salvapatrias

Acabo de leer Victus, de Albert Sánchez Piñol, un escritor catalán. Según la contraportada, es “una novela histórica que narra la guerra de sucesión española, un

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    Acabo de leer Victus, de Albert Sánchez Piñol, un escritor catalán. Según la contraportada, es “una novela histórica que narra la guerra de sucesión española, un conflicto que puede considerarse como la primera de las contiendas mundiales y que termina el 11 de septiembre de 1714 con el apocalíptico asalto a Barcelona”.

    Si lo que pone el libro es cierto, lo de “apocalíptico” me parece muy suave: fue algo terrible.

    El autor dice que para escribirlo se ha basado “en las convenciones habituales de la novela histórica, que estipulan atenerse a los datos constatados al mismo tiempo que se tolera la ficción en el apartado privado”. O sea, que si dice que eso sucedió en 1714, fue en 1714. Si dice que una chica que pasaba por allí era morena y con rizos puede ser morena y sin rizos, o, simplemente, no ser.

    Por tanto, me he creído todo lo que escribe Albert. Así, me he enterado de que Villarroel fue un general castellano que se batió el cobre por Barcelona defendiéndola del ataque borbónico. “Figura inmensa, que defendió la capital catalana con lágrimas en los ojos”.

    En la actualidad, el 11 de septiembre los partidos catalanes acuden al monumento a Casanova que hay en Barcelona para hacer una ofrenda de flores.

    Hasta ahora, a mí Casanova me caía muy bien, porque era de un pueblo cercano a San Quirico y cuando voy a misa al hospital-residencia de ese pueblo veo un monumento en el que está muy majo, agarrando una banderica.

    Luego me enteré de que la banderica no era un trapo cualquiera. Era el pendón de santa Eulàlia, patrona de Barcelona.

    Al final del sitio de Barcelona, que duró 14 meses, que se dice pronto, Villarroel quiso hacer un intento desesperado y ordenó dos ataques. Uno mandado por él mismo y otro por el jefe de Gobierno, Rafael Casanova, con la bandera de santa Eulàlia.

    Lo que pasa es que el autor dice -y si lo dice, debe de ser verdad, por lo de los datos históricos que ha señalado al principio- que Casanova era un personaje más trágico que deplorable y que al cabo de poco rato, volvió herido en una pierna. El protagonista afirma que le pareció una heridita de lo más leve y que, cuando llegó al hospital, su médico ya estaba redactando un certificado de defunción para que Casanova pudiera fugarse.

    ¡Ay, madre, otro engaño más! ¡Si ya no puede fiarse uno ni de Casanova! ¡Si hasta la Real Sociedad está acusada de dopaje! Pero, ¡¿en qué país vivimos?!

    ¿Y qué hacen todos esos señores llevándole flores a don Rafael, si se escapó a todo correr dejando en el hospital su certificado de defunción, que no fue válido hasta 29 años más tarde?

    Vuelvo a Villarroel que, por lo menos, tiene una calle muy maja en Barcelona, cerca de la calle Casanova. No tiene monumento, me parece.

    No hago más que oír que, en estos momentos, hay un peligro: que en España aparezca un salvapatrias.

    ¡Pero si lo que precisamente necesitamos es un salvapatrias! Mejor, varios, cuatro o cinco. No más.

    Deben reunir las siguientes condiciones:

    Que tengan 50-60 años. En estos momentos no los quiero más jóvenes ni, por supuesto, más viejos, porque los viejos ya no estamos en condiciones de tener que ir a la oficina todos los días a las 9 y salir a las tantas. Que tengan la vida resuelta. Que no pertenezcan a ningún partido político. Que no sean militares, banqueros o sindicalistas. Que no hayan trabajado nunca en Goldman Sachs o similares. Que su marido o su mujer no sean políticos. Que no necesiten el sueldo que no van a cobrar, ni en blanco ni en negro ni en bolsos Louis Vuitton, aunque me juren que están comprados en el top manta. Que no necesiten el puesto para conseguir contactos. Que por su carrera profesional y humana los tengan, y de nivel. Que sean personas que se puedan ganar perfectamente la vida cuando dejen el puesto, sin esperar a que a uno le nombren presidente de la Empresa Nacional de Fabricación de Varillas de Paraguas, S.A. (ENFAVASA) y a otro, consejero de la Sociedad Española de Novelas Pornográficas, S.A. (SOESNOPORSA). No he puesto que sean honrados, porque la honradez es una asignatura obligatoria, no opcional.

    Me encantaría que esos salvapatrias, porque como son eso no les quiero llamar de otra manera, firmasen un contrato comprometiéndose a estar 4 años gobernando España, mientras los partidos, los jueces, los parlamentarios, los… y los… arreglaban sus cosas, expulsaban violentamente a los corruptos, los presuntos corruptos y los quizá corruptos. Y, por favor, que no pierdan el tiempo ni gasten dinero escribiendo un código ético de comportamiento, porque el corrupto, presunto corrupto y quizá corrupto se lo salta con una gran elegancia. Incluso participa en su elaboración.

    Y como es tan urgente, hasta estoy dispuesto a perdonarles que no hablen inglés, porque ahora me interesa que se fijen en lo esencial. Y lo esencial es lo de la regeneración moral, o la revolución civil, o la decencia, como lo queráis llamar.

    Me sobran muchos de los que están ahora en puestos de gobierno. Muchos. Y de oposición. Muchos. En la Administración Central y en las autonomías. Como la catalana me cae más cerca, veo que también aquí hay muchos Casanovas que enarbolan el pendón sin darse cuenta de que los pendones son ellos.

    P.S.

    1. Lo de los salvapatrias es un invento viejísimo. En las carreras  de Fórmula 1, el safety car hace ese papel. No pretende ganar la carrera, no da muchas vueltas. Sólo las necesarias para que los que han organizado el lío se deslíen. Y luego se va. Eso es lo que quiero yo. Si a alguien le molesta lo de  salvapatrias, lo llamo safety car y ya está.

    2. No viene a cuento, pero lo digo. En todos los momentos apurados, tristes, complicados, hay un ramalazo cómico. Lo he visto hoy: el premio Gaudí a la mejor película en lengua catalana se lo han dado a una película muda.

    3. Varias naciones del mundo se están disputando el premio. Dicen que es muda, pero en su idioma. Y que lo del catalán no está tan claro.

    ¡Ay, Señor!

    Desde San Quirico
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