Tres historias y media de las que nunca habrías oído hablar

En un mundo dominado por el fútbol, las Olimpiadas nos recuerdan que existen miles de atletas que en muchos casos ni siquiera llegan a final de mes

Foto: La gimnasta estadounidense Simone Biles. (Reuters)
La gimnasta estadounidense Simone Biles. (Reuters)

Esta es la gran virtud de unos Juegos Olímpicos... En un mundo dominado por un deporte en el que el dinero lo es casi todo, las Olimpiadas nos recuerdan que existen miles de atletas que en muchos casos ni siquiera llegan a final de mes con los escasos recursos de los que disponen y que, a pesar de ello, son un ejemplo de sacrificio y superación para el resto de la humanidad. Cualquier niño y, por supuesto, casi todos los adultos, conocen la vida y milagros de Cristiano Ronaldo, Messi, Torres... Pero desconocen los nombres de esos cientos de atletas y deportistas que de verdad se dejan la piel entrenando sin otro objetivo más importante en su vida que el de lograr un oro olímpico.

Esos deportistas no viajan en Aston Martin, ni tienen casas de ensueño, ni pasan sus vacaciones en yates de lujo rodeados de modelos despampanantes... Con eso no pretendo desvirtuar el trabajo de futbolistas que, obviamente, tienen unas cualidades excepcionales para estar ahí, y seguramente tampoco ellos son los responsables de haber convertido un deporte en un negocio en el que se mueven cientos de miles de millones, sino que en eso tienen mucho que ver las propias televisiones y los clubes de fútbol que han permitido desvirtuar así el deporte. Pero lo cierto es que el fútbol, como espectáculo de masas, ha conseguido que el resto de deportes permanezca en un segundo plano, e incluso en un tercero, de atracción del espectador.

De ahí, insisto, la virtud de los Juegos Olímpicos. Sin ellos no conoceríamos la historia de Simone Biles, la pequeña gimnasta norteamericana que con sus 1,45 metros de altura se ha elevado por encima de otras de la talla de Nadia Comaneci... Biles no lo tuvo fácil... Hija de padres drogadictos, fue rescatada por su abuelo de un entorno familiar demoledor, y a los seis años empezó a aficionarse por un deporte en el que muy pocos le auguraban un futuro precisamente por su tamaño. Y ahí está, aspirando a cinco medallas de oro de las que ya lleva dos. Ha dado su nombre a un ejercicio de suelo y promete ofrecer momentos increíbles.

El fútbol, como espectáculo de masas, ha conseguido que el resto de deportes permanezca en un segundo plano de atracción del espectador

Como los promete la etíope Almaz Ayana, que ha roto la barrera de los 30 minutos en un 10.000 y ha bajado en más de 14 segundos el anterior récord del mundo, establecido en 1993 por la atleta china Wang Junxia. Ayana, a sus 24 años, es otro ejemplo de superación personal y su futuro todavía está por escribir teniendo en cuenta los tiempos que hace en las pruebas en las que es favorita, 5.000 y 3.000.

Pero sin duda, el nombre que todos hemos querido aprendernos sin conseguirlo es el de Maialen Chourraut, nuestra segunda medalla de oro. Esta piragüista vasca que viaja a todas partes acompañada de su hija Ane, nos ha enseñado que es posible ganar un oro en unas olimpiadas siendo una mujer normal que debe conciliar su afición con la vida familiar y profesional, porque solo de bajar ríos en kayak no se vive.

Y Mireia, por supuesto... Es verdad que a nuestra mejor atleta olímpica ya la conoce casi todo el mundo, pero eso no resta un ápice a su mérito, a la forma en que se ha superado a sí misma y se ha enfrentado a sus dolencias para lograr su máxima aspiración. ¿Quién no ha vibrado viendo, en diferido, esa carrera de 200 mariposa en la que parecía volar sobre el agua? Mireia es la expresión de todo lo que debe ser un atleta: esfuerzo, sacrificio, humildad, constancia, superación, disciplina... No digo que eso no exista en el fútbol, pero se sobrelleva de otra manera cuando la cuenta corriente del banco tiene tantos ceros que se convierte en un insulto.

Dos Palabras
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