¿Odio al turista? ¡Venga ya, si estamos encantados!

Nadie con dos dedos de frente quiere que el turismo desapareza de España, aunque es preciso un debate sobre si es necesario poner ciertos límites y normas a un fenómeno masivo

Foto: Grupo de turistas en la zona monumental del Park Güell de Barcelona. (EFE)
Grupo de turistas en la zona monumental del Park Güell de Barcelona. (EFE)
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España ha sido siempre un destino turístico importante. Es verdad que tampoco hace tanto tiempo que descubrimos que esa combinación de sol, playas abundantes y una gastronomía que nada tiene que envidiar a la de cualquier otro país de nuestro entorno podía ser un reclamo para que los extranjeros vinieran a pasar sus vacaciones a nuestro país. Eso y la inestimable colaboración de Alfredo Landa y José Luis López Vázquez persiguiendo suecas en bikini hicieron posible que aquel país que poco a poco se recuperaba de los daños de una guerra se convirtiera de pronto en el paraíso del turismo.

Es verdad, también, que durante décadas el turismo se concentró en las zonas de playa y, especialmente, en el levante español, pero nadie puede poner en duda que ha sido nuestra gallina de los huevos de oro. Ha habido épocas mejores y otras peores, pero nunca han faltado turistas en nuestra playas y, desde hace unos años, tampoco en el interior. España es un país con una oferta extraordinaria de cultura, gastronomía, paisaje y climatología que hace que aunque el turismo se concentre especialmente en los meses de verano, al final acabe siendo un destino atractivo durante todo el año.

Y nunca había habido un problema con eso… Al contrario, supone una de nuestras principales fuentes de ingresos. De hecho, probablemente sea nuestra primera industria nacional, y lo que hace también que España sea un país con un potente sector servicios. El turismo ha traído divisas y trabajo y, salvo algunos hechos aislados, sobre todo en el País Vasco en tiempos en los que el terrorismo estaba presente, eso que ahora llamamos turismofobia ni se nos pasaba por la cabeza. ¡Que barbaridad! Eso sería como tirar piedras contra nuestro propio tejado.

Y, de pronto, sin comerlo ni beberlo, y a cuenta de unas cuantas acciones violentas de los borrokas de la CUP –ese grupo de energúmenos llamado Arran–, nos hemos metido de lleno en el debate en torno a qué tipo de turismo queremos. ¿Qué ha pasado? Pues básicamente que una combinación de factores que ahora no viene a cuento enumerar ha hecho que este año nuestro país se haya convertido en el primer destino turístico del mundo. A lo mejor exagero, pero si no es así, le falta poco.

El turismo ha traído divisas y trabajo y, salvo algunos hechos aislados, eso que ahora llamamos turismofobia ni se nos pasaba por la cabeza

Los años de la crisis también afectaron al sector, que vio como mermaban de manera muy significativa sus ingresos, pero este año de nuevo nuestras playas se han puesto imposibles y hay gente por todas partes. No hay un rincón de España en el que no haya un turista. Incluso regiones que seguían siendo como un refugio para quienes huyen de las masificaciones, como Galicia o Asturias, este verano están abarrotadas de gente.

Esto no tiene nada que ver con la violencia de los borrokas de Arran, cuyo único objetivo es dañar la imagen de España como destino turístico, y nada más. Es un debate más profundo. La salida de la crisis ha traído consigo, además, mucha picaresca que, amparada por las redes sociales y los nuevos negocios en internet, se ha extendido también por casi todos los destinos turísticos. Me refiero, ya lo saben, a los alquileres vacacionales. Hay mucha gente que lo hace porque lo necesita para vivir, pero otros muchos han encontrado una forma de hacer negocio, y encima burlar a la implacable Hacienda.

El debate sobre qué turismo queremos es sano y está bien que se produzca, porque, si España va a seguir siendo un destino masivo, probablemente sea necesario poner ciertos límites y establecer ciertas normas. Pero eso no puede ser la consecuencia de la acción violenta de un pequeño grupo de radicales, sino la de un debate sereno y que implique a todas las administraciones afectadas por este fenómeno. Pero, sin duda, nadie con dos dedos de frente –y eso es la inmensa mayoría–​ quiere que el turismo desaparezca de nuestro país. Al contrario, nos encanta…

Dos Palabras

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