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Fuese y no hubo nada
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José Luis González Quirós

Dramatis Personae

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Fuese y no hubo nada

Hace unas décadas casi todos los españoles que habían ido a la escuela, que no eran todos, recordaban el final del espléndido soneto cervantino dedicado al túmulo del rey Felipe II en Sevilla. El soneto puede leerse de muchas maneras, pero empieza descri

Hace unas décadas casi todos los españoles que habían ido a la escuela, que no eran todos, recordaban el final del espléndido soneto cervantino dedicado al túmulo del rey Felipe II en Sevilla. El soneto puede leerse de muchas maneras, pero empieza describiendo ese ánimo exultante que tantas veces experimentamos ante las glorias propias, ante nuestra supuesta grandeza -“Porque ¿a quién no sorprende y maravilla / esta máquina insigne, esta riqueza?”-, pero, luego, el poema toma un sesgo que podemos considerar irónico, cervantino, al fin y al cabo, porque el motivo de tanto alborozo es, como diríamos hoy, un montaje, una arquitectura efímera, una campaña. El segundo terceto dibuja una escena en que se insinúa una polémica, una honda divergencia, con ruido de sables, incluso, pero Cervantes remata el edifico describiendo la retirada del posible discrepante con dos versos inmortales: “Caló el chapeo, requirió la espada, / miró al soslayo, fuese y no hubo nada”. Es un retrato oblicuo de nuestra condición paciente y pasiva, lo que puede considerase sabio estoicismo, pero también cobarde sumisión, la complacencia común en que aquí nunca pasa nada, como no sea que alguien se empeñe en lo contrario.

Recuperada al tráfico ferroviario una vía de línea convencional en santiagoDel Prestige a la curva de Grandeira

Mariano rajoy durante su comparecencia (efe)

Un verano con aire retro

En la imperiosa necesidad política de descansar unas semanas, para poder repetir los argumentos sin que suenen tanto a gastados, los políticos han encontrado un refugio berroqueño, en Gibraltar, y otro, algo menos eficaz, en el lejano Caribe, nada menos que un crimen político. Gibraltar español es, sin duda, un tema festivalero y agosteño, y para que no suene todo a improvisación, la Royal Navy se ha apresurado a cedernos parte de su flota como atrezo de las incesantes maldades de la pérfida Albión, perpetradas esta vez con hormigón, lo que le suena ahora al español medio como el empleo de un material horrible que si nos ha llevado a la ruina cuando se ha empleado con profusión en los solares, se apresta ahora a arruinarnos el fondo marino, y ya hemos visto lo sensibles que son algunos españoles con las cosas que acaecen bajo las olas. Nos quejamos de un Rajoy evanescente e irresoluto y resulta que le ha puesto las peras al cuarto al señor Cameron, que apenas puede conciliar el sueño, según la prensa más adicta, y mejor informada. Eso se llama carácter, y ya era hora tras las blanduras de Moratinos.

El caso Payá-Carromero no debiera servir para serpiente de verano, pero algunos oscuros designios lo han hecho reaparecer en semejante secarral. En su momento, ya se redujo a nada y menos que nada con el infatigable trabajo de Exteriores, pero ahora amenaza con una segunda vida también bastante corta, y es pena que así se administre. Aquí no tenemos un metro uniforme para medir los conflictos y las cuestiones, todo depende del modo en que puedan conducirse mejor hacia la nada, y eso siempre resulta fácil en verano, como siempre desde que Fraga convirtió los chapuzones en una industria.

Cándido Méndez, secretario general de UGT.Lo que vale una pancarta

Siempre he admirado la pulcritudy el concierto con que se manifiestan las disciplinadas huestes sindicales a nada que se adivina una amenaza sobre el horizonte. Ahora parece haberse descubierto una de las claves de tanta eficacia pancartera, del orden y la efectividad semiótica de los eslóganes y de la profusa cartelería reivindicativa. Resulta que, presuntamente, parte de los recursos destinados a la formación de los parados se habría destinado a la confección de pancartas y otras artes del discurso sindical. Puede que haya quien se escandalice, pero yo aconsejaría considerar todo esto como parte de un proceso integral de tratamiento del paro que sólo los miopes pueden intentar combatir a base de horas de estudio y de aplicación intelectual. ¿Puede negarse el efecto fulminante de una buena manifestación sobre las aviesas intenciones de los especuladores y los banqueros, de toda clase de golfos y bandidos apandadores? ¿O no? Dense, pues, por bien empleados los fondos formativos invertidos en propaganda sindical porque, además, no han pasado, que se sepa, por Suiza.

Hace unas décadas casi todos los españoles que habían ido a la escuela, que no eran todos, recordaban el final del espléndido soneto cervantino dedicado al túmulo del rey Felipe II en Sevilla. El soneto puede leerse de muchas maneras, pero empieza describiendo ese ánimo exultante que tantas veces experimentamos ante las glorias propias, ante nuestra supuesta grandeza -“Porque ¿a quién no sorprende y maravilla / esta máquina insigne, esta riqueza?”-, pero, luego, el poema toma un sesgo que podemos considerar irónico, cervantino, al fin y al cabo, porque el motivo de tanto alborozo es, como diríamos hoy, un montaje, una arquitectura efímera, una campaña. El segundo terceto dibuja una escena en que se insinúa una polémica, una honda divergencia, con ruido de sables, incluso, pero Cervantes remata el edifico describiendo la retirada del posible discrepante con dos versos inmortales: “Caló el chapeo, requirió la espada, / miró al soslayo, fuese y no hubo nada”. Es un retrato oblicuo de nuestra condición paciente y pasiva, lo que puede considerase sabio estoicismo, pero también cobarde sumisión, la complacencia común en que aquí nunca pasa nada, como no sea que alguien se empeñe en lo contrario.

Sindicatos Ángel Carromero Mariano Rajoy