Los nuevos nobles del Rey Juan Carlos

Antonio Fontán, Paloma O´Shea y Margarita Salas son los tres nuevos nobles que, en pleno 2008, han pasado a engrosar el elenco de títulos nobiliarios españoles.

Antonio Fontán, Paloma O´Shea y Margarita Salas son los tres nuevos nobles que, en pleno 2008, han pasado a engrosar el elenco de títulos nobiliarios españoles. Junto a ellos figura un hombre bajito, encorvado y de abundante pelambrera, cuyo parecido con Giulio Andreotti es, para desgracia del grupo que preside y del sector de medios de comunicación español, únicamente físico.

Se trata de Javier Godó, cuyo condado S.M el Rey acaba de adornar con la Grandeza de España. Algunos ingenuos del madrileño barrio de Salamanca creerán ahora que el diario catalán que fundara su abuelo Ramón va a volver a llamarse La Vanguardia española, pero están muy equivocados. En realidad, el conde de Godó soñaba con un marquesado, porque, en las cenas de gala o en casa de Pitita Ridruejo, un marqués siempre pasa por delante de un conde, salvo que el conde esgrima la Grandeza de España. Y es que ser Grande equivale a ser primo del Rey.

Con estos nombramientos, el Monarca recuerda a Zapatero que un presidente hecho de merengue y nata montada no puede alterar las costumbres de la España monárquica, una Nación que, por mucho que se empeñe Leire, Carme y alguna más, no sería lo que es sin crucifijos ni Grandes de España.

De entre los títulos nobiliarios que Don Juan Carlos acaba de conceder, el marquesado de Guadalcanal con el que ha distinguido al insigne Antonio Fontán es probablemente el que más dosis de mérito lleva en su carta ejecutoria. Don Antonio, modelo de humanista cristiano y político moderado, es el Canalejas de nuestro tiempo, el hombre que enarboló la bandera del krausismo apelando a la razón y la armonía, pilares ambas de la democracia, y que tanto trabajó porque los españoles de su época supieran convivir en paz -en lugar de malvivir- con la libertad y la tradición, sin necesidad de que ambas anduvieran siempre enfrentadas.

El marquesado de Guadalcanal premia los servicios prestados a España por un hombre sencillo pero grande, originario del pueblo sevillano del mismo nombre. Margarita Salas, marquesa de Canero y Paloma O´Shea, la santa de Emilio Botín, marquesa de O´Shea, son las otras dos mujeres que han entrado en el elenco de la nobleza por méritos propios.

La primera, por su dedicación a la investigación; la segunda, a cuenta de la promoción de las artes y la música, tarea a la que ha dedicado su vida, ocupación que choca frontalmente con la pasión por el dinero a la que vive entregado su marido y a la que se entregaron también sus antepasados los O´Shea –Enrique y Guillermo–, ilustres financieros del entorno madrileño de los Rothschild y de la Reina Isabel II, tatarabuela del Rey Juan Carlos.

Pero como “la envidia es flaca, porque muerde pero no come”, según decía Gandhi, muchos empresarios, financieros y hombres de lustre y distinción se habrán sentido frustrados al no figurar entre los elegidos de Su Majestad para entrar en la posteridad pudiendo antes lavar sus malas famas o el origen de sus fortunas con una coronita de mentiras, ungidos con la bendición real que casi siempre conduce al reconocimiento social.

Algunos ilustres fallecidos recientes (fundador de grupo lácteo castellano; emperador de los medios de comunicación hispanos, entre otros), tomaron la barca de Caronte sin haber paladeado el título al que aspiraban y al que se creían merecedores tras no pocos guiños con la Casa de la Flor de Lis. Cosas de la vanidad. La primera vez que un indio se colocó una pluma sobre su cabeza fue sencillamente para diferenciarse de los demás. Es lo que tienen hoy los títulos nobiliarios. Plumas que lucen los elegidos y procuran a quien las lleva una cierta aureola de misterio y distinción, que nada tiene que ver con el dinero. Por eso se cotizan casi tanto como los títulos de la Deuda.

El Confidente
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