El paraíso puede esperar

Puigdemont mantiene la amenaza de independencia, consigue ser acusado de traidor por independentistas y tampoco logra apaciguar la acción del Estado contra el independentismo

Foto: El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont (d), recibe el aplauso de los miembros del Govern tras su comparecencia. (EFE)
El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont (d), recibe el aplauso de los miembros del Govern tras su comparecencia. (EFE)

Subes a la atracción convencido de que vencerás el miedo, aupado por los aplausos y vítores. Avanzas con paso firme y sin duda alguna de que terminarás tirándote, porque es lo mejor para todos, porque el paraíso está al otro lado.

Vas subiendo y rompiendo todo lo que encuentras a tu paso. No queda tras de ti ni una pieza entera de la cristalería. Y crecen los vítores y todos te siguen porque tras ese salto que ya está próximo hallarás la felicidad, y así lo creen muchos catalanes de buena fe.

Cuando llega el momento de la verdad, cuando has dejado todas las instituciones tocadas y manchadas, cuando has tensionado a la sociedad, cuando muchos que te han seguido han arriesgado su vida y su patrimonio y cuando has movilizado en tu contra la lenta pero poderosa maquinaria del dinero, entonces dices en el Parlament que te vas a pensar durante un tiempo si te tiras, aunque luego firmas una declaración sin valor. Engañas a todos, hasta a tí mismo.

Por un lado, das por veraces los datos de un referéndum que no lo fue, entre otras cosas por la dura y errónea gestión del Gobierno de Mariano Rajoy el 1 de octubre, y por otra incumples hasta tu propia ley, que prevé declarar la independencia a los dos días. O el resultado es válido y es obligado cumplir los plazos o no lo es y tampoco sirve para avanzar hacia la independencia. Y sin intervención del Parlament en una votación, como dice su propia ley.

Puigdemont: """Hay un antes y un después del 1 de octubre"""

Provocas la mayor movilización ciudadana que se haya producido en Europa, con personas de buena voluntad asumiendo riesgos, y, finalmente, suspendes durante semanas y de forma indeterminada la declaración en lo que parece un gesto para negociar. Agitas y aúnas el nacionalismo, el soberanismo y el independentismo, y terminas dando fuelle al nacionalismo español y despiertas una ultraderecha dormida.

Agitas y aúnas el nacionalismo, el soberanismo y el independentismo, y terminas dando fuelle al nacionalismo español y a una ultraderecha dormida

Apelas a la ilusión en el sentido de “esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo” y la conviertes en ilusión en la acepción de “representación sin verdadera realidad causada por engaño de los sentidos” para los que creen que "ahora o nunca" y que esperan una declaración formal.

Y terminas con lo que Miquel Iceta ha llamado “la suspensión de lo que no existe”.

Por un lado consigues que los que te han seguido camino de la independencia te llamen “traidor” porque les has negado la tierra prometida en el último momento, y por otro tienes enfrente a toda Europa y al Estado, fortalecido tras su exhibición de fuerza. Engordas un tigre que puede engullirte e intentas satisfacerles con una declaración extraparlamentaria.

¿Qué necesidad hay de hacer este viaje?

Pides que el Estado negocie y lo único que puedes ofrecer es mantener la suspensión de la independencia, una vez que ya has demostrado que no es posible tirarte al otro lado como prometiste.

Has conseguido transgredir leyes y normas, de forma que, con la simple aplicación de la sentencia que condenó a Artur Mas y sin el gesto que hizo la Fiscalía de no aplicar el delito de malversación, es muy probable una condena con pena de cárcel.

Eso, básicamente, ha logrado Carles Puigdemont hasta el día de hoy, pero aún puede ir más lejos.

¿Ahora qué? ¿Quién pega los pedacitos?

Puede mantenerse la ilusión como espejismo y es posible que en semanas sí se produzca el salto si no hay diálogo, negociación o acuerdo. Que se convierta en algo concreto y peligroso el mero compromiso que han firmado los diputados, pero que aún no se ha votado ni aprobado y que contradice su discurso en el Parlament y que parece hecho para tranquilizar a la CUP. O que tenga que haber elecciones catalanas por ruptura de los acuerdos en el Parlament.

También dependerá de si Rajoy quiere vencer o si quiere solucionar el problema. La victoria está en la continuidad en su política con Cataluña y la solución se encuentra en el diálogo, por complicado que parezca. Por un lado el Gobierno niega validez a la declaración de independencia y por otra toma medidas extremas y extraordinarias que pueden llegar al 155 de la Constitución.

Los callejones sin salida no existen, porque la salida está siempre en volver sobre tus pasos y salir por donde entraste. Eso sí, a ver quién gestiona la desilusión de los ciudadanos, y, en todo caso, la atracción será una montaña rusa llena de sobresaltos.

Al menos no hay ninguna decisión irreversible. El primer paso sería cómo restablecer la legalidad y la normalidad y eso tampoco parece fácil, porque no está claro dónde estamos.

El patio del Congreso

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