A veces, el pasado no acaba nunca de pasar

Rajoy, perseguido por los casos de corrupción que seguirán golpeándole en los próximos años. Solo un líder nuevo puede sacar al PP de su estado de descomposición

Foto: Mariano Rajoy, el miércoles en el pleno del Congreso. (Reuters)
Mariano Rajoy, el miércoles en el pleno del Congreso. (Reuters)

Juan Tallón describe en su reciente novela 'Salvaje oeste' a un imaginario presidente del Gobierno tan poco discutido por los suyos como que se cuenta de él esta anécdota: “Una sola frase del presidente o del que en ese momento hable por el presidente parece que lo cure todo. Tengamos presente aquel cardenal que participaba en un fenomenal banquete de carne cuando, de pronto, uno de los comensales, horrorizado, recordó que era vigilia. Entonces el cardenal, impartiendo la bendición a los manjares, dijo: 'Yo declaro todo esto pescado'. Y los invitados aplaudieron y comieron”.

Algo parecido le ha ocurrido a Mariano Rajoy en estos años. Ha hecho creer a todos que la carne era pescado, que la corrupción estaba superada y que él, además, estaba al margen de todo. Primero dijo que era una cacería contra el PP, luego vino lo de “ese señor por el que usted me pregunta” y el “todo es falso salvo alguna cosa”, y acabó declarando en un juicio, aunque fuera como testigo y con formato cargado de privilegios.

Y ahora un tribunal le dice que el partido que gobierna España y que recauda y gestiona los impuestos de los españoles tenía una caja B y se benefició de dinero procedente de comisiones ilegales. Sobre todo, ese tribunal dice que la versión de los dirigentes del PP que declararon, incluido el presidente del Gobierno, “no aparece como suficientemente verosímil”.

A eso hay que sumar que en breve se iniciará otro juicio por los llamados papeles de Bárcenas, en los que, entre otras cosas, aparecen anotaciones de dirigentes del PP que presuntamente cobraron en sobres y en negro. Entre ellos, hay un tal “M. Rajoy”. Hay un Bárcenas, el que recibió el aliento del presidente del Gobierno cuando ya se sabía que tenía una cuenta en Suiza, que podría aportar datos comprometedores tras ver condenada a su mujer.

Todo eso pasó en tiempos de José María Aznar, crítico ahora con la situación difícil del PP, pero que sigue sin reparar en que igual a él le corresponde alguna responsabilidad por lo que ahora arruina al PP.

A veces, el pasado no acaba nunca de pasar

En esos tiempos, Rajoy estaba allí, como ha estado siempre en la historia del PP. También ha estado más recientemente cuando no se ha afrontado esa corrupción y se ha intentado eludir la responsabilidad. Desde los discos duros destruidos a la expulsión de la causa como acusación por parte del juez Pablo Ruz (reivindicado ahora) porque, en realidad, según el magistrado, estaba obstaculizando la investigación.

También fue él quien nombró su portavoz parlamentario y mano derecha a Eduardo Zaplana, ahora encarcelado. Fue él quien elogió a Jaume Matas, hoy varias veces condenado; el que promocionó al acusado Ignacio González; el que confió a Francisco Granados el contrapeso frente a Esperanza Aguirre; el que defendió a Francisco Camps, a Cristina Cifuentes, a José Manuel Soria y a tantos otros.

Rajoy hizo creer que la responsabilidad política quedaba zanjada por la victoria electoral, pero no. Ese pasado le perseguirá y se le hará presente, porque no es cierto que esos juicios sean procesos a una etapa pasada, porque aún no ha pasado.

Intercambio de SMS entre Rajoy y Bárcenas.
Intercambio de SMS entre Rajoy y Bárcenas.

Ahora intenta hacer creer que esta condena no afecta al actual Gobierno. Y habrá quien le querrá creer.

La casualidad ha querido que la implacable y demoledora sentencia se conozca el día después de que Rajoy ha recibido oxígeno en la votación de Presupuestos para continuar dos años más. Seguirá en La Moncloa solo por estar, porque no tiene opción de aplicar proyecto alguno. No tiene garantizada estabilidad, pero sí tiene asegurado que vivirá semanas de sobresalto porque hay más procesos por corrupción, con sus arrepentidos, sus declaraciones, sus juicios y sus sentencias, hasta completar dos años de penitencia hasta las urnas. Se supone que para entonces habrá otro candidato del PP, ajeno a esto, si es que hay algún aspirante que no haya creído que la carne en realidad era pescado, como hizo creer su líder. Esa es su única opción para salvar al partido.

Tiene garantizado que nadie dirá nada en el PP, porque todos han cerrado los ojos y han comido carne como si fuera pescado y sin rechistar.

Tiene la ventaja de que esa votación de Presupuestos hace difícil una mayoría alternativa para completar una moción de censura, y tiene a su favor que partidos como Ciudadanos prefieren ver al PP desangrándose durante más tiempo para darle el golpe de gracia en unas elecciones.

Y la desgraciada ventaja de que tiene entre manos la gestión de la grave crisis institucional de Cataluña, que requiere estabilidad, sosiego y, sobre todo, credibilidad y legitimidad. El PSOE, de hecho, se escuda en esto para explicar que Pedro Sánchez no haya presentado hasta ahora la moción de censura que valoró presentar en febrero. Aunque le presión de su entorno es muy fuerte y, probablemente, no pueda resistirse, porque empieza a ser inevitable.

En todo caso, como escribe Luis Landero en 'El balcón en invierno': “A veces, el pasado no acaba nunca de pasar”.

El patio del Congreso

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