La piel de elefante

Rajoy se defiende de la moción de censura minimizando la corrupción y la sentencia de Gürtel, frente a Sánchez, que le pidió que dimita en el arranque del debate

Foto: El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, durante su intervención ante el pleno del Congreso. (EFE)
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, durante su intervención ante el pleno del Congreso. (EFE)

Es la corrupción la que amenaza la larga carrera política de Mariano Rajoy. No es la prima de riesgo, es la acumulación de una sentencia demoledora, los casos abiertos y pendientes de juicio, la actitud del PP ante cada uno de los escándalos, la larga lista de imputados y la apariencia de complicidad y ocultamiento lo que nos ha traído a un día que amaneció con apariencia de histórico.

Pero para Rajoy eso solo es “una exageración retórica” y “un cuadro siniestro” que no se corresponde con la realidad, según ha explicado en la tribuna para hacer frente desde el inicio a la censura y para dejar claro que no se rinde. Que sus 30 años en política tienen explicación y le han convertido en un rival correoso y que no está dispuesto a abandonar, ni dimitir. ¿Quién pensó que aceptaría irse sin pelear? La “piel de elefante” que le atribuyó Merkel, desplegada en el Congreso para venirse arriba en plena adversidad, aunque haya sonado en ocasiones a testamento político.

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“Dimita hoy aquí y salga por voluntad propia”, le ha dicho Pedro Sánchez en un giro extraño, porque la moción ya estaba en marcha y daba la impresión de miedo al fracaso en su órdago político. Así sonó, aunque su intención fuera dar apariencia de oferta de salida digna. Se lo ha pedido media docena de veces sin obtener respuesta en un largo duelo a garrotazos en el que se mezclaron los argumentos políticos con duros y desgarrados intercambios personales.

El socialista es también un resistente de 'piel de elefante', tras haber superado una investidura fallida, una caída en su partido, una renuncia a su escaño, unas primarias aparentemente adversas y otras dificultades notables, que también habrían hecho renunciar a otros.

La corrupción es lo que nos ha traído al día en que arranca el debate de la cuarta moción de censura de la democracia, el único que se inicia con opciones reales de salir adelante para llegar a un escenario político e institucional nuevo. Pero para Rajoy, la sentencia de Gürtel que ha detonado la política española no afecta al PP, solo se refiere a dos ayuntamientos y por hechos de hace 15 años. “En el PP ha habido corruptos, pero el PP no es corrupto", ha resumido Rajoy.

La corrupción ha sido el asunto que ha monopolizado casi por completo los discursos del socialista José Luis Ábalos y de Pedro Sánchez, aspirante a ser el séptimo presidente del Gobierno de la historia constitucional. Y también las respuestas de Rajoy, para quien la moción solo es “una cacerolada”, es “atropellada y atrabiliaria”, "un chantaje que se resume en o corrupción o yo" y "como tirar bruscamente del freno del metro en plena marcha".

“Higiene democrática”, responsabilidades políticas, “merma de la fe en el Estado de derecho” y "daño a las instituciones” son algunas de las expresiones utilizadas por Sánchez en la presentación deslavazada de su moción.

Rajoy ha vivido en La Moncloa pendiente de la prima de riesgo y el déficit, pensando que lo que llama recuperación le sería reconocido como mérito por los españoles y que lo importante es lo que digan las agencias de 'rating', a las que ha mencionado expresamente en su primera intervención. Ha vivido también convencido de que su pelea contra el dragón del separatismo era suficiente para verse en letras de oro en la historia de España. Pero es la corrupción lo que puede sacarle de La Moncloa o, al menos, lo que le ha llevado al límite, al borde del abismo.

Los presidentes viven su primer mandato pendientes de los periódicos y el segundo de los libros de historia, pero se le olvidó lo esencial. Se le olvidó que el descrédito y la corrupción la miden los españoles y no las agencias de valores o de inversión y, por eso, un partido nuevo como Ciudadanos le disputa sus espacio electoral. “Presentan una moción de censura cuando las cosas van bien”, ha dicho Rajoy en su defensa, como si no pasara nada o como si lo que pasa no fuera importante o suficiente para acabar con él.

En este día histórico, primero han entrado los ministros al hemiciclo, mostrando en la cara la gravedad de la situación y el riesgo cierto de que sus cargos tengan las horas contadas. De todos ellos, están reprobados el de Justicia, el de Interior, la de Sanidad y el de Hacienda, y ahora el propio presidente está en trance de reprobación, es decir, de moción de censura. Incluso aunque se salvara de esta, engordando su leyenda de resistente, habrá constatado su soledad parlamentaria, pero en el arranque del debate ha desplegado toda su artillería pesada. Todas las artes parlamentarias, que incluyen la recopilación de frases de sus rivales que pueda usar en su beneficio y para ridiculizar a Sánchez. Porque a todos los argumentos políticos hay que añadir las sensaciones personales de los dos y la vuelta al momento en el que no se soportaban, tras un breve periodo de entendimiento sobre Cataluña.

Rajoy no puede evitar ni reprimir que se le aprecie la sensación humana de creer que quien venga detrás va a romper todo, y más aún si es tras una moción de censura. Como si su último servicio fuera intentar desmontar a quien venga detrás o empezar a ejercer como líder de la oposición.

Rajoy ha creído estos días que su batalla en Cataluña le salvaba, que Sánchez no podría apoyarse en partidos independentistas para llegar a La Moncloa. “Pedro Sánchez es un hombre de Estado si apoya, pero si presenta la moción de censura deja de serlo”, le ha dicho Ábalos en el arranque del debate, en una intervención con tono de conversación de cafetería. Es la corrupción la que ha reunido a partidos muy diferentes, con grandes discrepancias entre ellos, pero coincidentes. Y la que, según la encuesta de El Confidencial, hace que la mayoría de españoles acepten el apoyo de partidos independentistas a una moción para que Rajoy salga de La Moncloa.

No obstante, el líder socialista ha presentado al PSOE como "partido de Estado" y ha ofrecido "un Gobierno socialista, paritario, cumplidor de la estabilidad presupuestaria y que hará cumplir la Constitución, comprometido con el diálogo con todas las fuerzas parlamentarias y todos los gobiernos autonómicos", con referencia expresa a "restablecer puentes" con el nuevo Govern de Cataluña. Pero sin concretar fecha para una convocatoria electoral.

Ha hablado de reformas legales concretas, como la de la ley mordaza o Ley de Seguridad Ciudadana, pero esa modificación está en trámite parlamentario desde hace más de un año por falta de acuerdo entre los grupos, y un eventual cambio de Gobierno no modifica la configuración de las mayorías del Congreso. Y para atraer al PNV se ha comprometido a mantener los Presupuestos de 2018, contra los que su grupo votó hace una semana, que están en el Senado y que contienen los acuerdos entre Rajoy y los nacionaistas vascos. Un Presupuesto que, según expresión de Rajoy, "se tendrán que comer con patatas".

Tanto debate y tantos tratados sobre el fin del bipartidismo y el ocaso de los partidos tradicionales, y volvemos a la casilla en la que un partido nacionalista como el PNV tiene en su mano el color del Gobierno y el futuro de España. Así ha ocurrido casi siempre en los 40 años de historia constitucional, con la única excepción de los periodos de mayorías absolutas.

El patio del Congreso

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