Racionar el depósito de credibilidad para tiempos de crisis
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Fernando Garea

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Racionar el depósito de credibilidad para tiempos de crisis

Sánchez ha optado por apoyar sus decisiones politicas en los expertos y ha evitado mientras ha podido ser quien anuncia las medidas restrictivas y de control

placeholder Foto: Pedro Sánchez, en su comparecencia del jueves en La Moncloa. (EFE)
Pedro Sánchez, en su comparecencia del jueves en La Moncloa. (EFE)

Ninguna crisis es exactamente igual que otra anterior, pero cada una sirve para sacar enseñanzas sobre cómo abordar las futuras. Especialmente, en la forma en la que un Gobierno actúa ante sus ciudadanos, jugándose su liderazgo o arriesgándose a venirse abajo.

Hay ejemplos recientes en España como el de José María Aznar en el 11-M. Además de las mentiras de esos días, existe el convencimiento de que si esa misma mañana de los atentados Aznar hubiera llamado a La Moncloa para comparecer juntos al entonces candidato de a oposición, José Luis Rodríguez Zapatero, igual la historia reciente de España hubiera sido de otra forma muy distinta. Hubiera hecho copartícipe a la oposición de la gestión de la crisis.

Pedro Sánchez no tiene previsto reunirse hasta el lunes con el líder de la oposición, Pablo Casado, y hasta este sábado con los presidentes autonómicos

Mariano Rajoy pasó a la historia de las gestiones (malas) de las crisis con la frase de los “hilitos de plastelina” que salían del pecio del Prestige en noviembre de 2002. Recuperada aquella frase, el entonces vicepresidente del Gobierno atribuía la expresión a “los técnicos”.

El jueves, Sánchez atribuyó las decisiones no tomadas, como la prohibición de la manifestación del 8-M, a “los expertos”. “Siempre hemos tomado las medidas en función de lo que nos ha dicho la ciencia, los expertos”, dijo cuando se le pide autocrítica por decisiones políticas de las que sólo responde el líder y nos los técnicos que sólo aconsejan.

Con las mismas aportaciones de la ciencia y los expertos, gobiernos como el italiano, el belga, el portugués y otros han tomado medidas más drásticas.

Hasta este viernes, otra de las características del mensaje del presidente del Gobierno y su estrategia de comunicación es que él se reserva para las (relativas) buenas noticias y deja para otros las malas. Aunque ha advertido en sus dos ruedas de prensa de las dificultades que vendrán, Sánchez no anuncia cierres de colegios ni medidas restrictivas, sí anuncia las que adopta el Gobierno para paliar la situación o para ayudar a los afectados.

Las restrictivas se han hecho hasta hoy en España vía comunicado o por el ministro de Sanidad. Por cierto, que con una coincidencia en el tiempo sin precedentes en la comparecencia del ministro en la sede del ministerio y mientras de la presidenta de la Comunidad de Madrid y el consejero en dependencias autonómicas para anunciar lo mismo: el cierre de colegios.

En Italia, el primer ministro, Giusseppe Conte, comparece para anunciar medidas duras y restrictivas; el francés Emmanuel Macron comunica a sus ciudadanos el cierre de colegios y universidades y en Portugal el presidente António Costa anuncia el estado de alerta. Aquí, hasta este viernes, se ha resistido a hacerlo el presidente del Gobierno. Hasta que no hay más remedio que hacerlo él mismo y después de que el Gobierno vasco declare la emergencia sanitaria y abra la puerta a confinar a la población.

Otro factor diferencial es que Sánchez ha limitado sus comparecencias desde el principio de la crisis y sólo las ha hecho esta semana, mientras que Isabel Díaz Ayuso ha optado por multiplicar su presencia pública en actos y entrevistas en medios. También lo ha hecho con eficacia el alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeida.

A Sánchez le asesora Iván Redondo y a Díaz Ayuso le asesora Miguel Ángel Rodríguez. El primero sólo gestionó la crisis en Extremadura de su entonces jefe, José Antonio Monago, cuando se publicaron facturas de sus viajes y Rodríguez gestionó algunas con Aznar en La Moncloa entre 1996 y 1998.

De todos los casos anteriores y del actual se aprende también que si un presidente del Gobierno malgasta su credibilidad, aunque sea en asuntos aparentemente inocuos, si la hemeroteca es su peor enemigo, cuando llegue el momento de la crisis su depósito de credibilidad estará tan vacío que no le dará para gestionar la situación con éxito. Conviene racionar la credibilidad para tiempos de crisis.

Le pasó a Aznar cuando llegó a 2004 con la acumulación de las crisis del Prestige, de la Guerra de Irak o del 11-M; a Zapatero con la crisis económica negada y a Rajoy con la de los casos de corrupción. Ahora le toca a Sánchez.

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