No merecían este horror
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Fernando Garea

El patio del Congreso

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No merecían este horror

Detrás de las frías cifras, está la historia de una generación que sufrió la Guerra Civil, que se sacrificó y que logró un Estado de bienestar que ahora les da la espalda

Foto: EFE.
EFE.

MI madre nos contaba a mi hermano y a mí, cuando éramos niños, cómo durante los años de asedio a Madrid y luego tras la Guerra Civil debían echarse a la calle cada día a ver qué encontraban para poder comer. Casi nunca había nada y nunca había con qué pagarlo. Y así vivieron.

Estos días me ha venido a la cabeza este recuerdo de infancia. Ya sé que si ahora no hay harina en los supermercados es porque a todo el mundo le ha dado por hacer bizcochos y emular a los cocineros de la televisión y que no hay comparación posible con aquella hambre que pasaron. Ya sé que el nivel de pobreza y sufrimiento de entonces no tiene nada que ver con lo de ahora. Pero me ha venido a la cabeza ese recuerdo por el tiempo que hay que pasar en la cola del supermercado para entrar y encontrar algunas estanterías vacías y la forma tan distinta en que nos coge esa situación tan impensable hace nada.

Y, sobre todo, me ha venido a la cabeza el recuerdo cuando veo que esta enfermedad, que esta crisis, es especialmente injusta con las personas que, como mi madre, vivieron aquello. Sufrieron aquello, pasaron hambre, siguieron adelante y se sacrificaron para que los de mi generación fuéramos universitarios, para que nuestros hijos vivieran como nunca se ha vivido, en términos generales.

Los que le debemos tanto a esa generación tenemos que hacer algo por ellos, que merecen nuestra atención y nuestro homenaje

Esta pandemia es especialmente cruel con ellos, no lo merecían. Nadie lo merecía, pero ellos menos que nadie. Ese Estado de bienestar que tanto les debe les da la espalda.

Este blog es sobre política y nunca ha sido para hablar de temas personales. Pero he creído que la situación de mi madre (y de todos los de su generación) es política, porque es precisamente lo que está pasando de verdad mientras otros estamos ocupados en lo que dicen los políticos y estos, en ocasiones, están solo preocupados de lo que diremos de ellos.

Es política lo que le ocurre a mi madre encerrada en su casa de Usera, intentando resignarse a no salir cada día a dar un paseo por la calle con su bastón. O no saber si su vecino, al que conoce desde hace más 60 años, está bien después de que le llevaran a un hospital de la sierra de Madrid, donde está solo y con todos los síntomas del coronavirus, pero sin tener certeza sobre si lo tiene porque no le han podido hacer la prueba.

Foto: Foto: Efe/Mariscal.

O que no pueda abrazar a sus hijos y sus nietos, como les ocurre estos días a otros muchos ancianos. Habíamos conseguido, gracias a su esfuerzo, un sistema de protección que casi les garantizaba pensiones y cuidados, y ahora están así.

Es política que sus amigas de su edad estén en residencias, aisladas y sin poder recibir visitas. O que haya miles de ancianos muertos en esas residencias sin que haya un gran escándalo. O que se les postergue en los hospitales. También la angustia de sus familiares, que no pueden ver a sus mayores y ni siquiera tener noticias de ellos.

Y a los que mueren ni siquiera se les puede despedir, ni hacerles el entierro que ellos (previsores) han pagado durante décadas, apartando de su dinero (escaso) una parte para, cuando llegara el momento, no ser una carga para nosotros. Ellos, que empezaron sus vidas sabiendo de fosas comunes, de entierros clandestinos y de desaparecidos.

Foto: La Fiscalía investiga la muerte de 18 ancianos en la residencia Montehermoso. (EFE)

Y es política, aunque sea un tema muy personal, la certeza de que los que debemos tanto a esa generación tenemos que hacer algo por ellos, que merecen nuestra atención y nuestro homenaje. Que no merecen esto después de lo que han vivido, desde los tiempos terroríficos de la Guerra Civil y todo lo de después. Que no nos insensibilicemos porque lleguemos al pico de muertos o porque la curva de muertos empiece a declinar.

Como es política, es necesario que todos seamos conscientes de que no son cifras. Empezando por los políticos, que deben saber que no hablan de cifras, de estrategias o de futuros votos sino de las personas gracias a las cuales ellos pueden ejercer sus cargos. Y que sepan (que sepamos) que a mi madre y a las demás madres no les importa nada si es competencia del Gobierno, de la comunidad o del ayuntamiento.

Que en sus debates hablen de mi madre y de otras muchas madres, porque gracias a ellos todos podemos vivir el confinamiento infinitamente mejor de lo que ellos empezaron sus vidas.

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