No es polarización, es democracia

A día de hoy, la política española es un remanso de paz comparada con lo que ocurre en América

Foto: El vicepresidente segundo y ministro de Derechos Sociales y Agenda 2030, Pablo Iglesias. (EFE)
El vicepresidente segundo y ministro de Derechos Sociales y Agenda 2030, Pablo Iglesias. (EFE)

Los que se quejan de que España está polarizada deberían pasar una temporada en los Estados Unidos. En nuestra historia moderna, hemos tenido momentos de polarización extrema, con una Guerra Civil hace tan solo ocho décadas. Pero a día de hoy, la política española es un remanso de paz comparada con lo que ocurre en América.

A raíz del brutal asesinato de George Floyd, el foco se ha puesto en la división racial, pero la división americana va mucho más allá de la raza. Un país dividido por la mitad, con dos partidos que, en vez de definirse por sus ideas políticas, se definen por su identidad cultural. Cada parte vive en una realidad distinta, construida a su propia medida por sus medios de comunicación, la América de la Fox y la de 'The New York Times'. Los políticos de cada lado no aspiran solo a ganar, sino que quieren silenciar al oponente y por eso le niegan la legitimidad democrática: a Trump le acusan de haber robado las elecciones con la ayuda de los rusos, y de Obama cuestionaban su ciudadanía americana.

Cuando uno ve cómo las gastan en la política americana, es inevitable pensar que nuestros políticos son unos blandos. Hace una semana, en pleno levantamiento racial, cientos de personas (no una docena, como le ha ocurrido a Pablo Iglesias) se manifestaron delante de la casa del alcalde de Mineápolis. El alcalde no se escondió y salió de su casa para hablar con ellos. Como no se comprometió a retirar los fondos públicos a la policía, que es lo que le pedían los cientos de manifestantes, le gritaron y abuchearon. A pesar de ello, el alcalde se quedó casi una hora contestando en directo a las preguntas de la prensa. Qué distinto de lo que ocurre en España, donde los políticos huyen sistemáticamente de la prensa y de la calle.

A raíz del brutal asesinato de George Floyd, el foco se ha puesto en la división racial, pero la división americana va mucho más allá de la raza


Ese miedo a la calle, la prensa y a tener que rendir cuentas es lo que está detrás de las falsas acusaciones de polarización en España, un país ‘despolarizado’ casi por definición, pues hay seis partidos nacionales y muchos más de ámbito autonómico. Cuando los políticos están acostumbrados al ordeno y mando, a ningunear al Parlamento, a gobernar por decreto y a no pisar la calle, toda legítima crítica democrática les acaba pareciendo polarización. Pero la crítica, la disensión y el desacuerdo son parte fundamental del funcionamiento del sistema democrático. Cuanto más está en juego el futuro del país, más críticas y disensiones tiene que haber. Y por supuesto, más cuentas debería rendir el Gobierno.

La falta de aceptación de la crítica y el control democrático ha llegado a tal punto que ahora al Gobierno le ha entrado complejo de víctima. Los ministros y ministras denuncian un ambiente de ‘acoso al Gobierno’, que según ellos, "no existe en ningún otro país" y piden que se "rebaje la crispación". Hasta han convencido a un partido de la oposición, Ciudadanos (que se supone que es liberal y que, por tanto, debería llevar la dialéctica y la disensión en su ADN), para que pida una ‘tregua política’ de medio año, como si se pudiera poner en estado de coma temporal la democracia.

Tras decenas de miles de muertos, con uno de los confinamientos más duros de Europa y habiendo tenido que abrir la economía como consecuencia del pánico económico, pero sin haber logrado poner antes en marcha una sistema serio y amplio de test y rastreos (a pesar de haber tenido el país durante meses en estado de alarma con todas las competencias y medios de producción del país a su alcance), sería increíble que no hubiese críticas fuertes al Gobierno. Eso solo ocurriría en un país aborregado bajo el mando de un dictador, pero España es un país de ciudadanos libres en un sistema democrático.

La semana pasada, en pleno ataque de victimismo, el ministro Illa dijo que "el Gobierno lo ha dado todo, lo que tenía y no tenía, para derrotar el virus". Quizás ahí, y no en la polarización, es donde radica el quid de lo que ellos perciben como acoso y crispación: en que ‘el todo’ de este Gobierno no es lo suficientemente bueno para la situación en que se encuentra ahora España.

Cuando los políticos están acostumbrados al ordeno y mando y a no pisar la calle, toda legítima crítica les acaba pareciendo polarización

Afortunadamente, a pesar de esos intentos por acallar las críticas, algo se está moviendo por fin en nuestro país. Una tendencia tímida, casi tentativa, pero que poco a poco se está abriendo paso: los mandos de la Guardia Civil que dimiten, los presentadores que dejan de seguir el servilismo de sus cadenas, la fiscal que alerta sobre el peligro que corren los límites democráticos, los medios de comunicación que deciden no participar en ruedas de prensa en señal de protesta, los miembros de la Abogacía del Estado que denuncian presiones políticas, el personal de televisión pública que denuncia los abusos informativos, los funcionarios que denuncian ante la Justicia los nombramientos de altos cargos a dedo… Antes solo se salían del guion los que no tenían nada que perder. Ahora, quizá movidos por ese terrible virus que nos ha hecho a todos tomar conciencia de nuestra responsabilidad social más allá de nuestro bienestar personal, se empiezan a salir del guion también los que son conscientes de que pueden perderlo todo simplemente por manifestar su discrepancia.

Da lo mismo que estemos de acuerdo o no con los que discrepan. La democracia española solo será real cuando todos dejemos de tener miedo de discrepar abiertamente. En vez de intentar ahogar las manifestaciones de discrepancia con falsas acusaciones de polarización, lo que hay que hacer es protegerlas y reconocer su enorme valor para la salud del sistema democrático.

En versión liberal
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