Independentismo versus reformismo (no hay otra)

El ciudadano catalán de mediana edad ha perdido la cuenta del número de ocasiones en las que ha podido contemplar en su televisor la misma escena

Foto: Artur Mas y varios diputados aplauden tras el Pleno extraordinario en que se aprobó la Ley de Consultas. (Efe)
Artur Mas y varios diputados aplauden tras el Pleno extraordinario en que se aprobó la Ley de Consultas. (Efe)

El ciudadano catalán de mediana edad ha perdido la cuenta del número de ocasiones en las que ha podido contemplar en la pantalla de su televisor prácticamente la misma escena: tras una sesión en el Parlament de Cataluña, la casi entera totalidad de diputados (siempre había algún grupo que, irreductible, se empeñaba en dar la nota) aplaudían, puestos en pie, el resultado de alguna votación. Por su parte, el que fuera en aquel momento president de la Generalitat y sus consellers se sumaban a las palmas, convirtiendo el hemiciclo en una gran fiesta de aplausos mutuos, mientras la voz en off del periodista encargado de cubrir la información parlamentaria le hacía saber a la audiencia, a menudo con un nudo en la garganta por la emoción, lo histórico del momento que se estaba retransmitiendo. ¿Qué tenían en común las diversas situaciones que se celebraban con tanto entusiasmo? ¿Qué las convertía, indefectiblemente, en episodios para ser recordados por la posteridad? Casi siempre lo mismo: con uno u otro matiz, “la profundización en el autogobierno”.

Como era de prever -entre otras cosas, porque estaba anunciado, lo que convertía la previsión en profecía en vías de autocumplirse-, el año 2014 en Cataluña ha resultado pródigo en escenas de este tipo. No podía ser de otra manera desde el momento en el que se acordó definirlo como “el año del tricentenario” y, por si ello fuera poco, se anunció, en diciembre de 2013, que a principios de este pasado noviembre se celebraría, por fin, la tan anhelada consulta. Como consecuencia, todo lo que ha ido ocurriendo en el transcurso de 2014 ha ido orientado en una misma dirección, la de convertir el 9-N en un gran acto de afirmación independentista.

Del 9-N vale la pena destacar no solo las trapacerías de Mas para evitar la intervención del Estado, sino también la notable torpeza política de Rajoy, incapaz de hacer frente al envite soberanista

Los pasos intermedios, como la solicitud del Parlament de Cataluña para que se transfiriera a la Generalitat la competencia para convocar un referéndumsobre el futuro político de Cataluña”, presentada ante el Congreso de los Diputados a principios de abril, no buscaban otra cosa, como algún deslenguado político independentista no se ha privado de reconocer, que acumular razones (o, mejor dicho, agravios) para llegar en mejores condiciones (esto es, con la ciudadanía catalana irritada al máximo con el Gobierno central) a la fecha de la consulta.

Pero el caso es que el 9-N ya ha pasado y, al margen de la ausencia de efectos legales que ha tenido la “jornada de participación democrática”, tanto la jornada misma como el nuevo escenario que, tras ella, ha quedado abierto, merecen alguna reflexión. De la jornada en cuanto tal probablemente valga la pena destacar no solo las trapacerías y astucias de vuelo gallináceo por parte de Artur Mas para evitar la intervención del Estado, sino también la notable torpeza política de Mariano Rajoy, incapaz de hacer frente de la manera que fuera al envite soberanista. Lo cual ha terminado por hacer patente algo que muchos se resistían a pensar, y es que no existe por parte del Gobierno del PP ni plan ni propuesta política alguna orientada a resolver el problema que se encuentra planteado en Cataluña en estos momentos. De hecho, las declaraciones que, semanas después de la jornada de marras, ha ido haciendo el propio presidente del Ejecutivo no han hecho otra cosa que reiterar lo ya sabido: en su  cabeza no parece haber más horizonte que el de cumplir y hacer cumplir la ley.

No se trata, claro está, de reprocharle tan impecables propósitos a Rajoy, sino de llamar la atención sobre el hecho de que los mismos, campanudamente proclamados en cuanto se le brinda la menor ocasión, constituyen el mínimo que cabe esperar no ya de él, sino de cualquier gobernante (a fin de cuentas, hacer lo contrario lo convertiría en un delincuente). Pero, exagerando solo un poco la formulación, resultaría inimaginable que el programa de actuación de un presidente del Gobierno se limitara al texto que juró o prometió cuando tomó posesión del cargo. Pues bien, en cierto sentido eso es lo que está ocurriendo en este momento. Mariano Rajoy, probablemente atenazado por sus propias contradicciones políticas, no es capaz de articular una mínima respuesta (que no vaya más allá de sus proverbiales banalidades “de sentido común”) no ya a los problemas que padece el país, sino incluso a las propuestas de distinto signo que le han ido presentando prácticamente todas las fuerzas políticas para intentar sacar a España de la vía muerta en la que se halla.

No existe por parte del Gobierno del PP ni plan ni propuesta política alguna orientada a resolver el problema de CataluñaEn cuanto a Artur Mas, si tuviéramos que describirlo echando mano del lenguaje de las crónicas futbolísticas, diríamos que cada día se parece más a esos entrenadores de los que se suele decir que “no saben leer los partidos”. Tras sus equivocadas lecturas de la Diada de 2012 o del resultado de las posteriores elecciones autonómicas, ahora parece haber quedado atrapado en su efímero éxito del 9-N (entendiendo, generosamente, que lo ocurrido fuera un éxito para él). Con una contumacia en el error digna de mejor causa, ha interpretado que adelantarse por un momento en el marcador (esto es, en la particular competición que se trae con Oriol Junqueras por el liderazgo del bloque soberanista) equivale no ya a haber ganado el partido, sino la liga entera.

Buen ejemplo de dicha torpeza la constituye la enrevesada propuesta de lista única que, al rebufo del resultado del 9-N,  presentó hace escasas semanas y en la que, una vez más, colocaba las determinaciones en el lugar que no corresponde. Así, por un lado daba por supuesto que la foto-finish del día después (10-N), donde por primera vez en bastante tiempo sobrepasaba por medio cuerpo a su directo rival republicano, era ya irreversible, pese a que si algo caracteriza a la política en estos tiempos es precisamente su extrema volatilidad. Pero, por otro, entendía que su propuesta electoral, en el caso de ser rechazada, no generaba efectos ni consecuencias, cuando -a la vista está- ha contribuido decisivamente a generar una dinámica que escapa a su control, esto es, ella sí irreversible.

En efecto, abierto el melón del debate electoral, la cosa no tiene vuelta atrás. No solo porque resulte difícil (por no decir inverosímil) imaginar a Mas llevando a cabo a lo largo del año y pico que le quedaría por delante -si apurara la legislatura- aquello que no ha sabido hacer en los dos años que lleva al frente de la Generalitat, esto es, gobernar. Más grave aún es lo que el envite de su lista de país (sin partidos pero... encabezada por él mismo) ha dejado en evidencia, y que resulta demoledor para su imagen pública. En síntesis, Mas no puede permitirse el lujo de perder, en tanto que Junqueras, en cambio, sí puede porque, con toda seguridad, mejorará su anterior resultado electoral, llevando a su partido a cotas de representación nunca antes alcanzadas en democracia.

Tres de cada cuatro catalanes ya no ven útil la actual Constitución, de la misma manera que también son más los que prefieren su reforma a la alternativa independentistaEl líder de CiU, en cambio, se juega protagonizar un ridículo político de descomunales proporciones (equivalente a ver a Moisés destituido por el pueblo de Israel), provocando con ello una catástrofe sin precedentes en su partido y, por extensión, en el nacionalismo y en el centro-derecha catalán en su conjunto. De ahí la propuesta de Oriol Junqueras (humillante hasta el bochorno para el president, en la medida en que se le ofrece como un dadivoso premio de consolación para un político acabado) de permitirle permanecer en el cargo dieciocho meses más, el tiempo necesario, según las cuentas del republicano, para alcanzar la independencia.

Tanto Artur Mas como Mariano Rajoy han dejado escapar demasiadas ocasiones para enderezar el rumbo de su particular navegación y, llegados a estas alturas, ya no les queda margen para rectificar. La pelea de uno es, en exclusiva, por la hegemonía del bloque independentista (en algún momento decidió desentenderse por completo de los catalanes no independentistas, como acredita el desdén con el que trata a esos dos tercios de ciudadanos que no manifestaron el menor interés en su simulacro de consulta o -para que nadie pueda reprocharme que me apropio indebidamente de la abstención- a esa mayoría que, como acabamos de saber por la encuesta del propio CEO catalán, rechazaría la independencia). La del otro, por el control de su partido y del centro-derecha en España.

El líder de CiU se juega protagonizar un ridículo político de descomunales proporciones, provocando una catástrofe sin precedentes en su partido y, por extensión, en el nacionalismo y en el centro-derecha catalánEn cualquier caso, no se atisba en ninguno de ellos altura de miras, ni se aproximan remotamente a la categoría de políticos con visión de Estado, ni, por si las expresiones anteriores le parecen a alguien demasiado cargadas de vieja retórica, resultan capaces siquiera de buscar con una mínima generosidad un marco común de convivencia para todos.

Es precisamente eso lo que explica su cortedad de miras. Volviendo al símil futbolístico, ambos se parecen a esos futbolistas poco dotados que aún no han aprendido la elemental lección de que quien juega con los ojos clavados en el balón, sin levantar la mirada para evaluar la situación en otras zonas del campo, acaba malbaratando todas las jugadas en las que interviene. En definitiva, es ese tacticismo miope el lo que les ha impedido, tanto a uno como a otro, ver algo que siempre estuvo a la vista de todo el mundo y que, en algún momento, podía haber constituido su tabla de salvación política. Me refiero al respaldo que ofrecen amplios sectores de la ciudadanía, tanto de Cataluña como del resto de España, para que se emprendan profundas reformas políticas.

El pasado 6 de diciembre, el diario La Vanguardia traía en portada el siguiente titular: “Tres de cada cuatro catalanes quiere cambiar la Constitución”. El dato -en sintonía con otros que, días antes, había publicado El Mundo- interpela de manera directa a ambos presidentes. En efecto, tres de cada cuatro catalanes ya no ven útil la actual Carta Magna, de la misma manera que también son más los que prefieren su reforma a la alternativa independentista. Así las cosas, la pregunta del millón  es, en el fondo, bien sencilla: ¿alguien se va a hacer cargo de una vez por todas de lo que desea tanta gentenbsp;

Filósofo de Guardia

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