Quién acompaña a quién

Quien juega a caballo ganador, quien nunca se ve desautorizada ante sus votantes, es la CUP. Ningún acontecimiento que pueda tener lugar en la realidad consigue desautorizarla

Foto: Carles Puigdemont y Anna Gabriel. (Reuters)
Carles Puigdemont y Anna Gabriel. (Reuters)

En Cataluña hay dos formas de plantear lo mismo que, a estas alturas, solo se diferencian en los detalles. Una primera forma es la representada por la CUP y que este grupo ha explicado de forma clara y –si no se ofenden los pedagogos– pedagógica en su famoso vídeo del mambo. Se trata de que la furgoneta del 'procés' se despeñe para que por fin pueda dar comienzo la fiesta de la independencia (el mambo en cuestión). El lamentable estado en el que vaya a quedar la furgoneta es para los cuperos algo de todo punto irrelevante. Algún director de diario digital afín a estas tesis ha declarado celebrar la huida de Cataluña de tantas empresas, calificándolas de mafiosas, de idéntico modo que ha habido dirigentes de la formación que no han pestañeado lo más mínimo cuando se les ha planteado la posibilidad de que se pudiera producir un corralito en Cataluña.

La otra forma de plantear el 'procés' compartía con la primera la voluntad de tensionar la situación al máximo, solo que en su caso la expectativa se limitaba a llegar en las mejores condiciones a una hipotética negociación con el Estado español. Alguien podrá pensar que este diseño caducó hace ya tiempo pero, por sorprendente que parezca, es el que hasta hace bien poco continuaban manifestando en privado algunos destacados políticos del bloque soberanista (sobre todo los procedentes de la antigua Convergència) y en el que, desde luego, confiaban un sector importante de sus votantes. En todo caso, era este segundo un diseño que creía jugar sobre seguro en cualquier supuesto: si el 'procés' no alcanzaba la publicitada meta de la independencia se obtenían sustanciosos beneficios de la negociación (por ejemplo, en materia de financiación o de blindaje de competencias), y si se alcanzaba, mejor todavía, porque una Cataluña independiente mejoraría su situación actual y se convertiría, según las palabras textuales del astuto impulsor de todo esto, en la Dinamarca del Mediterráneo.

(Reuters)
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Es probable que tanto el primero como el segundo sector piensen su relación con el otro bajo la misma clave, esa que antaño se solía nombrar con la expresión "compañero de viaje", expresión amable que en su versión más desagradable también puede hacerse equivaler a la de "tonto útil". En todo caso, sea cual sea la versión por la que se opte, lo que importa aclarar en situaciones de este tipo es cuál de los dos miembros de la alianza ocupa el lugar del tonto o, en la versión suave, quién acompaña a quién en el viaje. Este asunto no debería plantearse en términos subjetivos, o de mera apreciación personal (si así se dirimiera la cosa, por definición siempre atribuiríamos la condición de tonto al otro). Tal vez un planteamiento más objetivo pasaría por dilucidar cuál de los sectores aliados consigue imponer sus objetivos y sus estrategias. Dilucidado esto, al otro sector le correspondería, ineludiblemente, el papel subalterno.

Si dibujamos así las cosas, parece claro que quien de verdad juega a caballo ganador –esto es, quien nunca se ve desautorizada ante sus propios votantes– es la CUP, en la medida en que a ella nada la deja en falso, ningún acontecimiento que pueda tener lugar en la realidad, por catastrófico que sea, consigue desautorizarla, como señalábamos al principio. Lo opuesto, claramente, a lo que le sucede al bloque de Junts pel Sí, como queda patente a la vista de sus reacciones ante esos mismos sucesos que traen al pairo a la CUP. Y es que tales sucesos (sobre todo, la fuga de grandes bancos y empresas, con todos los efectos económicos que ello comporta) suponen una auténtica carga en profundidad a los planteamientos de aquel bloque. Porque, en efecto, uno de los motores más efectivos del 'procés' había sido el extendido convencimiento de que la permanencia en España era la causa de todos los males de los catalanes, convencimiento del que se desprendía, como fruta argumentativa madura, la necesidad de un Estado propio. Pero si lo que se augura es que, de producirse la independencia, la situación real de los catalanes se deterioraría de manera notable, ¿en nombre de qué querer empeorar?, ¿qué atractivo puede tener en tales condiciones ser independientes?

Las reacciones de los portavoces del Junts pel Sí al verse desautorizados por la realidad han resultado tan penosas como reveladoras

Las reacciones de los portavoces del Junts pel Sí al verse desautorizados por la realidad han resultado tan penosas como reveladoras. La de Ferran Bel, diputado del nuevo PDeCAT en el Congreso de los Diputados, bordeó lo pintoresco. Vino a decir que no había que preocuparse por los efectos económicos de la independencia porque, dado que España no la reconocería, no entraría en vigor y, por tanto, Cataluña no quedaría fuera del paraguas del Banco Central Europeo. O, si prefieren formular con otras palabras el mensaje que lanzó a sus electores: no se preocupen porque cuando declaremos la independencia en realidad no seremos efectivamente independientes, por lo que no hay nada que temer. Con franqueza, se me hace muy cuesta arriba pensar que a alguien que de veras anhele la independencia le pueda resultar tranquilizador un mensaje así.

Pero más importante, por reveladora, ha sido la reacción del máximo responsable de Economía de la Generalitat, Oriol Junqueras. Me refiero a sus declaraciones restando importancia a la fuga de las dos entidades bancarias catalanas más importantes con el argumento de que irse, irse, no se habían ido porque habían decidido permanecer en los Países Catalanes. O aquellas otras en las que afirmaba que la salida de empresas tenía carácter meramente temporal. O aquellas, en fin, en las que atribuía la decisión de abandonar Cataluña por parte de bancos y empresas a las cargas policiales del 1 de octubre. Que estos disparatados comentarios correspondan al 'vicepresident' del Govern para asuntos económicos debería resultar severamente alarmante para la ciudadanía catalana. Porque resultan reveladoras, en efecto, del nivel de nuestros responsables políticos, nivel que técnicamente algunos gustan de describir a través del llamado principio de incompetencia de Peter, pero que también tiene una versión en nuestro acerbo popular en aquel refrán que reza "si quieres saber quién es Juanillo, dale un carguillo".

El vicepresidente del Govern, Oriol Junqueras. (EFE)
El vicepresidente del Govern, Oriol Junqueras. (EFE)

Aunque la cosa no queda aquí. Todas esas declaraciones también resultan reveladoras de que este bloque lo había fiado todo a un solo plan y, ahora que el mismo ha fallado de manera ostensible (por añadidura, el portazo de Europa resulta imposible por completo de maquillar), no acaban de saber a qué carta quedarse. Y lo peor de todo –si es que la situación puede empeorar todavía más– es que están escenificando sus dudas y sus contradicciones en la plaza pública, a la vista de todos, sin que a fecha de hoy pueda descartarse que asuman ya explícitamente el papel de tontos útiles y dejen la situación en manos de la CUP y su estrategia de agitación callejera. Entenderán ahora mejor, tal vez, el título del presente texto.

Dejémoslo en este punto. Hace pocas semanas escribía en estas mismas páginas virtuales mi pesimista diagnóstico acerca de que esto no se acabaría nunca. Ahora completaría, de forma un tanto ruda, aquel diagnóstico añadiendo una consideración de conjunto. Estaba cantado: la suma de la certificada incompetencia de Artur Mas como dirigente y de la insignificancia política de Carles Puigdemont (no en vano designado por el primero para sustituirle) era imposible que diera lugar a nada bueno.

Filósofo de Guardia
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