"Ahir independència, avui prudència"

El eslogan convergente al que tantas veces se ha referido Francesc de Carreras para sintetizar la estrategia nacionalista a lo largo de la democracia resulta ya inaplicable

Foto: Estelada durante una protesta. (Reuters)
Estelada durante una protesta. (Reuters)

La independencia de Cataluña estaba a tocar (al alcance de los dedos), se nos anunciaba hace escasos meses desde la dirección del 'procés'. Y se tocó, vaya si se tocó. Lo que pasa es que se tocó muy poco. Ocho segundos para ser exactos —el tiempo que transcurrió entre la proclamación de la república catalana y su suspensión provisional—, pero no se le puede reprochar a Puigdemont que no cumpliera con lo prometido. Es cierto que cumplió de cualquier manera, con profundas inconsistencias (en las anteriores elecciones autonómicas, Junts pel Sí manifestó profusamente que la pantalla del referéndum había quedado superada) y considerable desaliño formal (vulnerando 25 de los 34 artículos de su propia ley de referéndum recién aprobada, que se dice pronto), pero finalmente llevó a cabo su promesa.

Luego pasó lo que pasó, que es cosa de sobra conocida por todos, y el escenario en el que hemos terminado desembocando si por algo se caracteriza es por su notable confusión. Al cuarteado bloque independentista no solo le compete la responsabilidad de formar gobierno sino que, con ello, se le abre la posibilidad de rediseñar los objetivos para los próximos cuatro años, pero sí diría que a sus representantes tanto la responsabilidad como la posibilidad mencionadas les tienen por completo paralizados.

Todavía esgrimen, para disimular cara a la galería y ganar tiempo, viejas argumentaciones, como la de que cualquier cosa que no sea investir al número uno de la lista independentista más votada constituye un ataque en toda regla a la democracia, cuando en las anteriores autonómicas el candidato real a la presidencia de la Generalitat, Artur Mas, iba de número cuatro por Barcelona, y se vio finalmente sustituido, tras las insoportables presiones de la CUP, por alguien que había ido de número tres por Girona. En realidad este sobrevenido legitimismo aritmético (aunque su obsesión por el número invita a calificarlo más bien de pitagórico) apenas consigue esconder las profundas contradicciones que atraviesan a dicho bloque.

Contradicciones que se hacen evidentes cuando ya no cabe seguir apelando al pasado, como todavía se puede hacer para justificar una determinada candidatura a la presidencia de la Generalitat, sino que se trata de diseñar un futuro, por inmediato que sea. Quienes piensen, como Carles Puigdemont y sus fieles, que él es el 'president' de la república catalana es de suponer que dibujarán unos planes encaminados a su efectiva implementación (por utilizar una palabra muy de su gusto). Quienes, en cambio, atribuyan a aquella proclamación de independencia un valor puramente simbólico, en la estela de las declaraciones de los acusados que han ido desfilando ante el juez Llarena, tienen pendiente explicarle a la ciudadanía catalana qué piensan que hay que hacer una vez recuperada la normalidad anterior a la aplicación del 155.

No tiene visos de que la primera opción se vaya a imponer en la fase en la que estamos. De hecho, la amenaza de acudir de nuevo a las urnas por parte de los partidarios de Puigdemont tiene algo de paradójica aceptación de la derrota política en la batalla que se está librando en el seno del independentismo por el control del futuro Govern. Respecto de la segunda opción, apenas conocemos otra cosa que una declaración de intenciones. O, mejor dicho, de actitudes. Y lo digo en plural porque parecen ser dos las que guiarían la acción política futura de este sector: el posibilismo y el reformismo.

La independencia, por efímera que resultara, ha pasado a ser cosa del ayer, y no queda otra que cambiar de eslogan

El eslogan convergente "avui paciència, demà independència" [hoy paciencia, mañana independencia], al que tantas veces se ha referido Francesc de Carreras para sintetizar la estrategia nacionalista a lo largo de la democracia, resulta ya inaplicable. La independencia, por efímera que resultara, ha pasado a ser cosa del ayer, y no queda otra que cambiar de eslogan. No creo que el que se les está sugiriendo a los independentistas como título del presente artículo les resulte atractivo, pero probablemente describa el cambio de talante que no les va a quedar más remedio que asumir. Que ello no tiene que implicar la renuncia a sus objetivos últimos parece obvio: nunca estuvo en cuestión la legitimidad de los mismos, sino los procedimientos utilizados para alcanzarlos. Solo los muy fanatizados no se dan cuenta de la flagrante contradicción que supone realizar las afirmaciones independentistas más exaltadas en un plató de televisión o en una emisora de radio y a continuación pretender convencer a los mismos ciudadanos que les están escuchando de que Cataluña vive en un estado de excepción sin la menor libertad de expresión.

Eso sí, sería de agradecer que, por lo menos quienes desde las mismas filas del independentismo más moderado ('exconvergent', para entendernos) anduvieron repitiendo por lo bajo hasta el último instante que esto "no iba en serio" y que de lo que en último término se trataba era de negociar en las mejores condiciones con Madrid, asumieran las consecuencias de sus flagrantes equivocaciones. ¿Cómo no podía ser tomado en serio hoy en día un ilegal intento de secesión en un Estado europeo? ¿Cómo se pudo pensar que el pertinaz incumplimiento de las leyes no acarrearía consecuencia penal alguna? ¿A quién se le ocurrió la brillante idea de que simplemente reiterando que los independentistas son "gente de paz" y están en contra de la violencia se quedaba a salvo de cualquier sanción o castigo, como si no hubiera más delitos que los que incluyen violencia física?

Probablemente lo que nos reserve el futuro inmediato sea mucho ruido soberanista por parte del bloque en el Govern

Dejémoslo aquí por hoy. No sin antes añadir una última cosa. Fuimos advertidos por el poeta, hace ya tiempo, de que la vida va en serio. Sin embargo, algunos parecen no haberse enterado y, a la vista del empecinamiento acreditado precisamente por parte de aquellos que más motivos para la autocrítica han acumulado (el "soviet carlista", por utilizar la feliz expresión de Joan Coscubiela), no creo que quepa esperar una reflexión profunda acerca de la irresponsable aventura emprendida en 2012 y de su insufrible ligereza. Probablemente lo que nos reserve el futuro inmediato sea mucho ruido soberanista por parte del bloque en el Govern con el objeto de mantener cohesionadas a sus bases (con Ada Colau siempre al fondo, haciendo los coros) y pocas nueces efectivamente secesionistas (porque las consecuencias penales de las acciones ha quedado certificado que no son una broma).

Está claro que los independentistas han cometido muchos errores a lo largo de todo este tiempo. Pero tal vez el más importante de todos sea el de no haber leído a Jaime Gil de Biedma y su poema 'No volveré a ser joven' cuando tocaba. De haberlo hecho, se hubieran ahorrado muchos disgustos. Pero, claro, no era de los suyos.

Filósofo de Guardia
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