Venir para quedarse: bien está. Pero quedarse, ¿para qué exactamente?

Nada que objetar a que algunos proclamen que han venido para quedarse. Siempre que ese quedarse no pretenda referirse a quedarse a perpetuidad en determinados lugares

Foto: La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, y el exdiputado del Parlament catalán, Xavier Domènech. (EFE)
La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, y el exdiputado del Parlament catalán, Xavier Domènech. (EFE)

"Cuando ya nada se espera personalmente exaltante…"

Gabriel Celaya

Por más que se formule con aire solemne y con el gesto de quien está llevando a cabo una declaración de trascendencia histórica para la posteridad, afirmar que una nueva generación ha venido para quedarse es algo tan trivialmente verdadero como decir que las generaciones mayores están destinadas a abandonar el escenario. En realidad, nunca dejamos de saberlo. Tan evidente es la cosa que le induce a uno a sospechar que tal vez si tanto se solemniza una tamaña trivialidad es porque cumple la función de escamotear algo más importante.

En efecto, anunciar como buena nueva lo que objetivamente es mera ley de vida tiene muy escaso recorrido argumentativo. Entre otras cosas porque supone una severa confusión de planos, dando por descontado que cualquier relevo, por inevitable que sea, implica una mejora. Pero una cosa es asumir dicho relevo y otra sancionarlo como bueno por el simple hecho de que se produzca. Se trata de dos momentos heterogéneos en su naturaleza, a los que procede considerar de manera diferenciada. Eso significa que tan injustificable desde el punto de vista lógico es el arcaico (y arcaizante) "cualquier tiempo pasado fue mejor" como el exaltado elogio de lo nuevo únicamente por su condición de tal, a la manera del poeta catalán J. V. Foix (ya saben: "m'exalta el nou i m'enamora el vell"). El juicio que deba merecer una generación y su época no se desprenden de su ubicación respecto a la precedente o a la posterior, sino del análisis de lo que realmente lleve a cabo o, en su defecto y como mínimo, de las ideas que tenga respecto a lo que habría que hacer.

Tan injustificable es el arcaico "cualquier tiempo pasado fue mejor" como el exaltado elogio de lo nuevo únicamente por su condición de tal

Pero para que no parezca que estas afirmaciones transcurren en un plano excesivamente abstracto, casi de filosofía especulativa de la historia, valdrá la pena que aterricemos sobre un ejemplo concreto que nos permita ilustrar y poner a prueba lo dicho. Cuando Xavier Domènech decidió hacer públicos los motivos que le habían llevado a abandonar la política, uno de los que esgrimió fue el de que había que dar paso a "nuevas personas" con "ideas de refresco". A poco que se analicen con un mínimo de atención, constituyen unas declaraciones ciertamente sorprendentes en su literalidad. Será suficiente con rebobinar solo un poco para entender la sorpresa.

Los diputados de la fuerza política a la que el Sr. Domènech pertenecía irrumpieron por vez primera en el Congreso de los Diputados el 13 de enero de 2016, y sus declaraciones de despedida de la política corresponden al 6 de septiembre de 2018, esto es, algo más de dos y medio después. Dos años y medio largos que, según parece, ha bastado no solo para que el exportavoz de En Comú Podem necesite ser relevado, sino para que se imponga refrescar las ideas de dicha formación política. La pregunta que se desprende a partir de aquí resulta poco menos que inevitable: ¿tan pronto se recalentaron las ideas que tenían?

Año y medio largo ha bastado no solo para que Domènech necesite ser relevado, sino para que se imponga refrescar las ideas de dicha formación

Sin embargo, hay que reconocer que tales declaraciones no dieron lugar a comentario alguno, ni causaron mayor perplejidad, probablemente porque no fueron analizadas con la lógica política tradicional, sino con la lógica con la que en nuestros días tiende a interpretarse cualquier actividad pública, que es la lógica del espectáculo. Y ya se ha dicho en alguna ocasión que dicha lógica, que ha podido comportar notables ventajas para algunas fuerzas políticas surgidas al calor de los medios, como la de proporcionar una notable visibilidad que ofreció unos réditos electorales indudables, también presenta notables inconvenientes, el más importante de los cuales probablemente sea la vertiginosa temporalidad que introduce en todo cuanto toca.

En el caso de la televisión —sin duda, el medio favorito de algunos— esto resulta particularmente claro. Porque uno de los tópicos más arraigados en relación con los efectos que ella provoca es el de que quema a gran velocidad. O, si se prefiere, devora rostros y mensajes con insaciable glotonería. Que dicha lógica ha terminado por empaparlo todo lo prueba la ligereza con la que hoy se dictamina que, pongamos por caso en Cataluña, hay que proceder a un relevo generalizado de líderes como primer paso para escapar del callejón sin salida en el que se encuentra la situación política allí.

El problema es que el grueso de los que deberían ser relevados lleva poco tiempo en lugares de responsabilidad (mencionábamos hace un momento el caso de Xavier Domènech), lo que ratifica nuestra sospecha de que lo que en realidad ha habido ha sido, más que desgaste político propiamente dicho, fatiga mediática respecto de tales personajes.

Nada queda de aquellas consignas de hace bien poco que parecían constituir la especificidad discursiva de algunos de los recién llegados

Y lo que vale para las personas vale para las ideas, siempre amenazadas de la necesidad de ser refrescadas. También los mensajes caducan vertiginosamente, y nada queda de aquellas consignas de hace bien poco que parecían constituir la especificidad discursiva de algunos de los recién llegados. Así cabe preguntarse qué se ha hecho de la célebre categoría de casta, que tanto rendimiento polémico les proporcionaba en los debates televisivos de fin de semana en un pasado reciente. De momento ha dejado de ser utilizada por aquellos a los que la palabra antes no se les caía de la boca, aunque tampoco hay que descartar que alguien decida reeditarla con algún matiz.

Por ejemplo, el de distinguir, ahora que también ellos están dentro, entre una casta buena y una casta mala, utilizando como criterio el de que la segunda parasita las instituciones, mientras que la primera no. De hecho, parecía abonarse implícitamente a este planteamiento el propio Pablo Iglesias cuando, en el debate de la moción de censura que significó la salida de Mariano Rajoy del Gobierno, terminó una de sus intervenciones afirmando, ante el proverbial entusiasmo de los suyos puestos en pie, que en efecto iban a gestionar los presupuestos heredados del Partido Popular, pero que al menos no los iban a gestionar unos corruptos.

El problema, llegados a este punto, ya no es tanto el frenético ritmo con el que se abandona lo que hasta ayer mismo se sostenía, sino los criterios con los que dicho abandono se lleva a cabo. O, por formularlo desde otro ángulo, la cuestión auténticamente relevante es la de quién determina y con qué criterios que determinadas ideas han envejecido. Una cosa parece clara: los criterios, cuando se asume una determinada lógica, ya no tienen que ver con su eficacia explicativa (con su valor gnoseológico, si lo prefieren) sino con su rentabilidad mediática, con la posibilidad que ofrecen de generar mensajes publicísticos de impacto pero que, precisamente por ello, tienen fecha de caducidad (en el momento en el que la reiteración amortigua el impacto hasta hacer que languidezca).

Obviamente en el pecado de asumir tales planteamientos encuentran también su propia penitencia tanto las personas como, por así decirlo, las ideas. En este último plano, ya nada parece digno de ser pensado, convertidas las ideas y los argumentos en mero combustible para la agitación. Ni siquiera es que se pretendan superar los anteriores planteamientos con otros presuntamente nuevos; es peor: es que se olvidan sin más, como si carecieran del menor valor en sí mismos. De ahí el fenómeno que un observador atento y con un poco de memoria (especie en extinción, ciertamente) puede constatar en nuestros días, y es la facilidad con la que regresan las viejas melodías discursivas, con la única diferencia de ser interpretadas ahora por otras voces y con los arreglos cambiados. No importa: el voraz cibercronos en el que vivimos hace que sean pocos los que se percaten de la circunstancia.

El problema no es tanto el frenético ritmo con el que se abandona lo que hasta ayer se sostenía, sino los criterios con los que dicho abandono se lleva a cabo

La penitencia en el plano personal también comienza a ser notoria. De hecho, ya hay juguetes rotos en parlamentos e instituciones de gobierno de este país. Cualquier ciudadano perspicaz puede verlos, fugazmente, por televisión. Se les reconoce porque deambulan sin prisa por los pasillos del Congreso o se quedan absortos, pensando en no se sabe qué, en su escaño. Son personas que, habiendo nacido veinte, veinticinco o treinta años más tarde, tienen a día de hoy menos futuro político que el mismísimo Mariano Rajoy. Se pasó su momento, les abrasaron los medios, cayeron en desgracia y no parece quedar de ellos más que la ceniza de su pasado.

Pero eso, siendo de lamentar en el plano de lo humano, tal vez no sea lo más preocupante. Lo más preocupante es que dicha ausencia de futuro político en sentido fuerte no excluye, por lo que estamos empezando a ver, que puedan seguir viviendo de la actividad política hasta su edad de jubilación. Nada que objetar, pues, regresando al principio, a que algunos proclamen que han venido para quedarse. Siempre que ese quedarse no pretenda referirse a quedarse a perpetuidad en determinados lugares, a convertir lo que debería ser un simple medio (la dedicación a lo público) en un fin en sí mismo o, peor aún, en una forma de vida.

Filósofo de Guardia

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