Esto lo arreglaba yo enseguida

El peligro más preocupante que se cierne sobre Cataluña y, por extensión, sobre España es la cronificación del conflicto. Y eso se resuelve con mucha paciencia y un proyecto de futuro

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto al presidente de la Generalitat, Quim Torra. (Reuters)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto al presidente de la Generalitat, Quim Torra. (Reuters)

Uno de los incuestionables éxitos del independentismo catalán ha sido el de contagiarle a la política española su gusto por las jornadas históricas o, en su defecto, por las fechas trascendentales. Ocurrió durante la semana que ahora termina, en la que estuvimos en un sinvivir, pendientes de lo que pudiera ocurrir en Barcelona el viernes, con ocasión de la celebración allí del Consejo de Ministros. Alrededor de lo que terminara por pasar ese día en las calles de la ciudad parecía dilucidarse el futuro inmediato de España, hasta el punto de que no faltaron analistas que hicieron depender la aplicación del 155 y la inmediata convocatoria de elecciones generales del grado de control sobre los manifestantes más exaltados que demostraran los Mossos d´Esquadra.

Enseguida (esto es, desde el comunicado conjunto entre los dos gobiernos tras el encuentro del jueves por la noche) se pudo comprobar que los augurios más catastrofistas no se iban a cumplir. Pero fue el modo en que iba informando TV3 del transcurso de la jornada del viernes el que proporcionó la clave del ten-con-ten al que parecía haberse llegado, no solo entre gobiernos, sino, tal vez sobre todo a los efectos de lo que pretendo plantear, en el seno del independentismo. Porque la televisión pública catalana parecía tener el mayor interés en transmitir un doble mensaje. Por un lado, el de que nada podía hacer doblar la cerviz al tozudo y orgulloso pueblo catalán en el empeño en manifestar su rechazo a la insolente y provocadora presencia del gobierno de España: de ahí la constante y detallada información de los diversos puntos de Cataluña en que se estaban produciendo incidentes, por menores que fueran. En definitiva, se trataba de dejar claro que la consigna “els carrers seran sempre nostres” continuaba en vigor. Pero, de otro, esto debía hacerse sin dejar en evidencia (al menos excesiva) ni al president ni a su govern, que necesitaban transmitir, no solo a Madrid para evitar males mayores (tipo 155 o Ley de Seguridad Ciudadana), sino también a un sector de los suyos preocupado por los anuncios más tremendistas, que la situación no se le había ido irreversiblemente de las manos.

Enredarse ahora en intentar aquilatar con precisión el grado de importancia de los incidentes del viernes probablemente constituya un camino de escaso recorrido. Parece claro que, finalmente y por fortuna, a pesar de unos problemas de orden público que no cabe desdeñar, la sangre no llegó al río, hasta el punto de que el propio independentismo radical ha terminado por asumir que, sobre todo comparando el resultado con sus propias expectativas, la jornada se saldó para ellos con un fracaso. De mayor interés será en todo caso intentar plantear una consideración que tome una cierta distancia, por mínima que sea, respecto a lo sucedido. La distancia suficiente como para poder abordar la pregunta que ahora de veras importa: ¿qué lecciones extraer de lo que ha pasado?, ¿se impone alguna conclusión práctica por encima de otras?

Los que suelen venir de casa con la lección extraída ya sabemos lo que dirán, que no es algo distinto a lo que llevan repitiendo desde hace tiempo. No quisiera incurrir en el fácil error de caricaturizarlos, quede claro. Es cierto que si se hace una lectura apresurada y un tanto superficial de lo que llevamos de procés en sus diversas variantes se corre el peligro de concluir que con el independentismo no hay nada que hacer, no cabe trato alguno. Quienes así opinan suelen mantener que las diversas estrategias blandas ensayadas hasta ahora han desembocado todas ellas en sonoros fracaso. Pensemos, nos dicen estos mismos, en la estrategia pusilánime de Mariano Rajoy. Incapaz de intervenir en Cataluña a pesar de las flagrantes vulneraciones de la legalidad de primeros de septiembre del pasado año, e incluso habiéndole enviado a Carles Puigdemont unas cartas (según Felipe González más propias de Gila que de un presidente de Gobierno) en las que le preguntaba al president si realmente había proclamado o no la república, acabó aplicando un 155 de muy baja intensidad (tan baja, que de los consellers para abajo no dimitió ni un solo cargo, lo que da una idea de la ferocidad de la represión).

Los cque reclamaban el acercamiento de los presos a Cataluña pasaron a reclamar, al día siguiente de su traslado, que se retirara el delito de rebelión

Por descontado que quienes esto afirman son también muy críticos (más, si cabe) con planteamientos dialogantes y desinflamadores. Señalan para justificar su crítica que todos los gestos destinados a apaciguar al independentismo por parte de Madrid quedan inmediatamente amortizados, como si de deuda pendiente se tratara, sin obtener de los mismos la menor rentabilidad política, cuanto menos en forma de una cierta distensión ambiental. Así, continúan razonando, los mismos independentistas que reclamaban el acercamiento de los presos a Cataluña como prueba de la buena voluntad del gobierno central, pasaron a reclamar, al día siguiente de su traslado a cárceles catalanas, que la abogacía del Estado retirara el delito de rebelión, lo que, recién obtenido, dio paso a nuevas exigencias, y así sucesivamente. Nada de ello les ha impedido, por abreviar el relato y llegar de golpe a la actualidad, que pudieran tildar de colonizador a ese gobierno que había tenido todos los gestos les habían solicitado o que propusieran la vía eslovena como el camino más adecuado hacia la autodeterminación.

Es grande la tentación de ceder a semejante tipo de lecturas, que suelen desembocar de manera inexorable en la exigencia de estrategias duras. Pero para que tales lecturas resultaran realmente satisfactorias quienes las sostienen deberían responder antes a una simple pregunta: ¿Cuál es su plan para el día después de la represión? (incluso por legítima y justificada que pudiera llegar a estar). ¿O acaso la perspectiva es la de mantenerla sine die? Pero, en tal caso, ¿cabe considerar semejante planteamiento como una efectiva solución o como una simple respuesta para contentar a los afines? Porque, de momento, el contenido de ese proyecto, proclamado hace escasos días por la esforzada Dolors Montserrat desde la tribuna del Congreso de los Diputados, de desactivar al independentismo catalán a base de ofrecerle “un proyecto atractivo de España”, se diría que constituye el secreto mejor guardado de la derecha de este país.

El presidente de la Generalitat, Quim Torra, junto a Pedro Sánchez. (EFE)
El presidente de la Generalitat, Quim Torra, junto a Pedro Sánchez. (EFE)

Regresemos al principio para ir terminando. El problema nunca fue el viernes pasado, ni lo será ningún otro viernes que pueda aparecer en el horizonte (que aparecerá, no lo duden: de momento los soberanistas ya han anunciado un ciclo de movilizaciones y no cabe olvidar el juicio a los líderes independentista que aguarda a la vuelta de la esquina). El peligro más preocupante que se cierne sobre Cataluña y, por extensión, sobre España es la cronificación del conflicto. Y la cronificación no se resuelve con un manotazo legislativo (que siempre será una variante de la castiza y achulada sentencia de barra de bar "esto lo arreglaba yo enseguida", glosada en su momento por Rafael Sánchez Ferlosio) sino con mucha paciencia y un proyecto de futuro claro que ofrecer como alternativa al independentismo. Tal vez no haya otra manera de que quienes todavía aguardan la llegada del Mesías de la independencia se hagan a la idea de que la misma nunca se producirá. Pero para que ello ocurra también hará falta alguna otra cosa.

A qué ocultarlo: ni la mayor dosis de paciencia garantiza nada. La necesaria secularización del independentismo, la imprescindible conversión de lo que ahora parece más un credo teológico que un discurso político propiamente dicho exige que sus dirigentes recuperen la credibilidad perdida en estos años de desatada incompetencia política por su parte. Para alcanzar dicho objetivo deberían empezar por hacer lo que tanto reclaman a sus adversarios. Porque no deja de tener su cuajo que aquellos a quienes tantas veces les han temblado las piernas y en ningún momento se han atrevido a decirle a los suyos que los habían estado engañando de la manera más descarada reclamen ahora al constitucionalismo coraje y determinación. El motivo de su persistente miedo ofrece pocas dudas: les asusta la posibilidad de que la mitad de la ciudadanía catalana que les ha estado apoyando pueda perder la fe en ellos. Pero en ocasiones es imprescindible perder la fe para entrar en razón.

Filósofo de Guardia
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